miércoles, 20 de abril de 2011

Realejos de ayer mismo (3)

Y vaya en esta tercera entrega un reconocimiento especial a la figura de don Guillermo Camacho.
En el ya mentado periódico Falange correspondiente al 21 de junio de 1944, página 3, hallamos un extenso comentario de Néstor Álamo al libro Hacienda de los Príncipes, de Guillermo Camacho y Pérez-Galdós. Las casualidades de la vida han hecho posible que un servidor viva hoy en una urbanización denominada Los Príncipes, y que en el año 1987 me correspondiera ejercer de anfitrión cuando se le puso a una calle de este municipio el nombre de la figura que aquí se menta y tan ligada a este pueblo. Por su interés va su íntegra reproducción:
“Este libro que tengo entre las manos, ni está escrito ahora ni se ha publicado en Gran Canaria. Hace dos o tres años, su autor tuvo la gentileza de permitirme la lectura del original. Me agradó sobremanera; había en aquellas cuartillas una probidad tan serena, un tan recatado y limpio acento, que comprendí al instante lo preciso que se hacia publicarlo, y aunque su texto no rozara más asuntos que los atinentes a la Hacienda famosa de los Adelantados de Canarias; allá, en la tierra fértil de los bellísimos Realejos.
Las cosas no vinieron bien y un buen día Guillermo Camacho rescató su manuscrito. Ahora, el Instituto de Estudios Canarios de La Laguna nos lo ofrece en su serie de publicaciones. [Guillermo Camacho y Pérez-Galdós. "La Hacienda de los Príncipes". Consejo Superior de Investigaciones Científicas en la Universidad de La Laguna. Monografías. Sección 1. Ciencias Históricas y Geográficas. Vol. VI. (Sec. I, Nº 2) Tirada de 500 ejemplares numerados]
El libro encierra otras calidades. Es, en primer término, un alarde documental de primera mano. Poca cosa sabida hay en sus páginas. Para lograr este éxito de originalidad indiscutible, el autor pone a contribución el Archivo de la Hacienda, que hoy posee –en unión de esta– su familia. Hoja a hoja, con quieta seguridad, los viejos papeles han destilado su esencia en las cuartillas, gracias a la pacientísima, asentada labor investigadora de su dueño, que contribuyendo a la cultura regional salva así sus propias existencias de cualquier quiebra posible.
Guillermo Camacho distribuye su trabajo en asuntos o capítulos. Algunos tan importantes como el dedicado al Realejo de Abajo, que acaso no tenga importancia para una inteligencia extraña y "universal", pero que encierra para nosotros todo el encanto inexpresable de lo propio y sentido.
¿Ruralismo? ¿Estrechez de visión? ¿Mezquindad?... No lo sé. Pero la emoción íntima, ahogadora que experimenté contemplando a Teror y su cuenco de montañas –la "Escudilla de la Virgen"–, desde el misérrimo pajar de San Matías, entre el silbo agónico de sus viejos pinos solitarios, no la he sentido ante ningún paisaje extrainsular, y conste que he visto unos cuantos.
Toda la evolución de la Hacienda y sus contornos se historia con morosidad gozosa. Cada piedra confía su secreto al historiógrafo y las largas hileras de pleitos y trapisondas entreabren lo compacto de su intríngulis frente al tacto atinado del investigador. Desde esas gallinas "sui-generis" que Luis "el Canario" ha de tributar cada año por la gracia de un solar hasta las notas del final del XIX en que se asiste como a la liquidación de un cosmos oxidado y herrumbroso, todo está allí.
Gracias a esta diligente labor investigadora podemos alzar hoy en el recuerdo a ese delicioso ''Genio del Realejo", vestido de follaje y coronado de rosas, en una loa que se representa en la Ermita de la Cruz. Y a la Reina de Escocia, frágilmente enamorada, subir como María Estuardo, Reina Católica e inmortal, las gradas del patíbulo, arrastrando en el drama su traje de corte y arrastrando su pena como un chorro de sostenidas lágrimas...
Yo, la verdad, no puedo imaginarme, en nuestro siglo XVIII, una escena pareja, no ya en Guía o Fontanales, sino en la ciudad mismísima del Real de Las Palmas...
El drama se alzó en los salones de la "Casa de la Parra", y don José Cívico y Porto fué su autor.
Guillermo Camacho no hace "literatura". Es decir orilla toda garambaina repipiada y el repipiado floripondio y se ciñe al asunto con severa austeridad. Gracias a esto –¡tan poco, y tanto!– su libro será de esos que quedan. Dentro de un siglo lo leerán las gentes con fruición análoga a esta que siento ahora al traspasar la correcta sucesión de sus páginas y tras la lectura, llena de esparcimientos preñados de sugerencias, apunta en el recuerdo no la gloria de don Benito, grande y discutida sino la gracia socarrona que fluye de entre las líneas del Diario inmortal de aquel clérigo decidido que fué don Domingo Pérez Macías, capellán de la expedición canaria en la memorable francesada, tío del autor de los "Episodios", –inmarcesibles por españoles–, ya que, como reza el dicho, fué "de los Pérez de Valsequillo", a cuya cantera pertenece, por igual vía, el autor este de "La Hacienda de los Príncipes".
Todo esto el lector sensible lo va adensando en el espíritu en su viaje por estas páginas frescas, sencillas, que historian las vicisitudes de la propiedad famosa con una gentil y clara gracia. Y ahora viene a mi consciencia el efluvio sin calificaciones de la FIORETTI incomparables.
Está el volumen pulcro, limpiamente editado, en la vieja imprenta lagunera de Curbelo. Así Tenerife continúa sosteniendo su alta línea de siempre en el terreno tipográfico. Aunque por Canaria vayamos ya aprendiendo, y se hagan cosas que no desmerecen de las hechas en las hasta hace poco inigualadas prensas tinerfeñas. Ahí están las "Ediciones Gabinete Literario" y esas otras que Juan Manuel Trujillo gobierna con buen tino; y el "Maví" reciente de Vicente Mujica, y otras más en trance de alumbramiento, entre las que tendrá lugar primero un volumen en que Simón Benítez, recoge sus conferencias del Museo sobre Geografía Canaria...
Esto, con ser mucho, no lo es todo. Hace falta, a más de saber publicar libros, saber leerlos, y saber también –¡ay!– comprarlos.
¿Se andará este camino? Creo que sí. Sería tremendo ver que no hemos adelantado una pulgada desde aquellos tiempos en que Gil de Arribato, gran cínico, pergeñó el prólogo, saladísimo, exacto como una puñalada que puso al frente de sus inolvidables “Crónicas de la Ciudad y de la Noche”.
Por ahora, lector, buen amigo, alégrate de que la historiografía canaria se haya enriquecido con una obra de la calidad de esta en que Guillermo Camacho y Pérez-Galdós nos da la flor de su Archivo particular. Aguardemos a que nuestros poseedores de protocolos familiares se decidan no a hacer lo mismo, si no a darnos los índices someros de sus existencias, ya que así contribuirán a la cultura del medio y a asegurarse, para un futuro incierto, la filiación pública de sus existencias”.
En la ya mencionada (ver anteriores entradas) Revista de Historia Canaria (1 de julio de 1944) encontramos otro comentario a la obra de don Guillermo Camacho, firmado por don Elías Serra Rafols, y que, igualmente, transcribimos:
Puede considerarse este estudio del Sr. Camacho como un buen modelo de monografía histórica local, que abarca en todos sus aspectos el devenir de un pequeño rincón de la isla. Es verdad que se basa, casi exclusivamente, en un solo depósito documental, el archivo particular de la hacienda que en el Realejo se reservó para sí el Adelantado conquistador y que, a través de todas las vicisitudes de los tiempos y de sus dueños siempre ausentes, llegó hasta nuestros días casi íntegra y formando un sólo cuerpo, mientras los demás fundos de Alonso de Lugo venían a disolverse ya desde fines del siglo XVI, merced a la autorización real conseguida precisamente por la Princesa de Asculi que ha dado nombre tradicional a esta finca. Pero nacido y desarrollado el pueblo mismo del Realejo de Abajo al calor de la finca señorial, no es extraño que en la documentación de ella se haya conservado reflejo de la vida misma de la entidad de población contigua. Es este un aspecto de indudable interés del trabajo que nos ocupa; pero no el único ni el de mayor alcance. La historia económica de la isla no contaba, según nuestro conocimiento de lo publicado, con ninguna serie de datos coordinados que la reflejasen en su evolución como aparece en esa historia de una hacienda tipo. Sin duda es ya conocida la sucesión de la caña, la vid, la tunera, etc., como fuentes principales de riqueza, pero faltan datos concretos en que podamos apreciar exactamente la importancia relativa y la sustitución paulatina o brusca de estos cultivos. Algo de todo esto hallamos en este libro y más quisiéramos hallar, pues aunque las cuentas de los administradores no se conservan sino con grandes lagunas, no dudamos que de ellas se podrían extraer series de datos de producción total y precio unitario de ella en diversos años, que serían de un interés que seguramente ha escapado al autor que no ha intentado formarlas. Aun así los datos sueltos que da deben ser a menudo los únicos publicados hasta hoy: cotización del día de riego de invierno y de verano en 1642 y 1665, precio del mosto en tales fechas, producción total de vino en la hacienda, etc. De no menor interés general son datos de orden bien distinto: las primeras reformas que dieron cierto confort y que aspiraron a hacer grata la estancia en las casas principales de la hacienda y sus contornos, incluso aquellas instalaciones que hoy nos parecen más elementales, fueron debidas a los arrendatarios ingleses que la ocuparon nueve años, desde 1762, y aún produjeron el disgusto del administrador que las estimaba gasto caprichoso. ¿Será lícito generalizar y pensar que las "necesarias" y las ventanas con vidrieras fueron introducidas en ese tiempo como peligrosos extranjerismos? ¿Qué eran esas "ventanas de montante", corrientes entonces en el país?
Un libro que hace desear más datos parejos a los que ya contiene, que sugiere nuevos problemas, es un libro que penetra en lo íntimo de nuestro pasado y que levanta una punta siquiera del velo que nos lo oculta. Y todavía no faltan en él cuadros y tipos vivos, a través de los cuales creemos atisbar por momentos una sociedad que fué; el terrible pleito de D. Alejandro Orea con D. Baltasar Peraza y sus pintorescas incidencias, las pantagruélicas visitas de los indispensables factores ingleses, los arropes y membrilladas de D. Nicolás López, el drama romántico representado en la sala de le Hacienda por D. José Cívico...
En fin, cerraremos esta nota laudatoria con un reparo: ha sido un error no desarrollar las abreviaturas, que a menudo dejan ininteligibles los pasajes copiados de los documentos.
Continuaremos en la próxima.