viernes, 29 de abril de 2011

Ser analfabeto

Ser analfabeto, como es mi caso, tiene, al menos que yo conozca, dos indudables ventajas. La primera, y, por ende, la más trascendental, es que puedes llegar a ser político sin ningún tipo de problema añadido. Ahora bien, preséntate para acceder a cualquier plaza de las que surgen (escasamente, pero alguna aparece) en el denominado mercado laboral y lo mínimo que te solicitan es el graduado escolar. Y como en ambas disyuntivas me he visto inmerso a lo largo de mi existencia, hablo –escribo– con amplio conocimiento de causa.
Cuando participé en política y formé parte del ayuntamiento de Los Realejos en la corporación surgida en las elecciones de 1983, nadie me requirió un certificado de aptitud. Daban, por lo visto, como superado el examen de ingreso al comprobar que había sido directivo fundador de la pionera Asociación de Madres, Padres y Amigos de Alumnos de la Escuela Graduada Mixta Toscal-Longuera. Qué atrevimiento entonces con la denominación. Pero funcionó. Vaya que funcionó. Y qué manera de colaborar de la gente, qué implicación. Un día, cuando se escriba la historia de los inicios de los movimientos asociativos en la década de los setenta del pasado siglo, más de un pasota de los de ahora se sorprenderá.
Debió valer de aval el que el hecho mentado en el párrafo anterior sirvió para que fundáramos la Federación ‘Godínez’, de la que tuve el inmenso honor y no inferior placer de ser su primer presidente. Pero, insisto, entré en el ayuntamiento realejero, en el de la Plaza de la Unión, y nadie me preguntó si sabía escribir, si había leído un libro alguna vez o si contaba con los dedos. Repito, nadie. Tengo la impresión de que al vernos con tanta ilusión, ganas, tesón y deseos de hacer cosas porque estimábamos que era conveniente hacerlas, nadie se cuestionó nada, ni nos puso pegas ni trabas.
De ahí el que hace unos días yo proclamara abiertamente el renacer de la ilusión. Y como los tiempos han cambiado, debemos añadir la buena nueva de que la gente está mucho más preparada y dispuesta a que la experiencia aporte el resto. Para que funcione el viejo adagio de burro cargado busca camino, es menester ubicar compromisos sobre sus espaldas e indicarles el inicio de la senda. El resto vendrá por añadidura.
Para la faceta profesional, ni te cuento la de diplomas, certificados y papeles con titulitis varias hay desparramadas en un estante de un viejo armario en casa. En las paredes con las típicas encuadernaciones, ni uno. ¿Para qué? Si al final nos conocemos todos. Creo pensar que la mayoría pertenecemos a este colectivo que he intentado describir. Hacia fuera, trabajo, trabajo y trabajo. El resto, más que en documentos que a unos pocos gusta exhibir, debe estar como sello adherido en el carácter de cada cual. Y es la gran diferencia con esa minoría de la que forman parte un selecto grupo de políticos que con muchos portes, que no modales, han trepado, que no escalado, hasta cotas supremas de responsabilidad, sin haberla tenido jamás, y ostentan, ostentan, ostentan, pero no nos representan.
Pero te comenté que eran dos las ventajas del analfabetismo. Disimúlalo, si te place, con el calificativo de funcional. Por si la lectura de las líneas precedentes te ha corroído la conciencia y quieres o deseas acompañarme en el periplo. La otra (te reitero que es mi caso) es estar anotado como tal en el censo electoral. Jamás te corresponderá ser miembro de una mesa. Y eso que habrá dieciocho mil sesiones plenarias extraordinarias para sortear quiénes se ocuparán de tales honores a lo largo de tu vida útil (para votar). Y por mucho que salga tu apellido, te saltarán cuando observen la etiqueta incrustada. Que no es un hándicap, ni mucho menos. Es un privilegio. Ante el que no hay que inmutarse lo más mínimo. Al contrario, orgulloso de la coyuntura. Al igual que le comunicaron a la que quería emitir su voto y le dijeron que era imposible pues no la encontraban en las listas. Pues búsquenme en las tontas, le respondió ingenuamente.
Así es, y no le demos más vueltas. Quizás venga todo esto a cuento y como consecuencia del repaso a las candidaturas, ya definitivas, para estos próximos comicios de mayo. Hay ejemplos que rayan la temeridad. Debe ser porque la ignorancia es sumamente atrevida. Y si la osadía no tiene límites, los portadores de la misma, los osados, son, como su propio nombre indica audaces, intrépidos, arrojados, pero, asimismo, temerarios, imprudentes e insolentes. Y los ayuntamientos (sigue tú hacia lo alto), manga por hombro.
Hasta después.