miércoles, 4 de mayo de 2011

La Gomera en el recuerdo (25)

Y la entrega segunda de esta excursión por la isla de La Gomera aparece en Eco del Comercio, 20 de abril de 1864, año XIV, número 1215, página 1. Y es del tenor literal siguiente:
“Las operaciones de embarque y desembarque en la Villa de la Gomera, pudieran mirarse con alguna resignación, y sufrir con la misma las penalidades y perjuicios que ofrecen si solo se tratara del sexo fuerte y de bultos; por que el primero nació para sufrir y los segundos, si padecen, no sienten dejando á sus dueños este trabajo si contienen materias que pueda inutilizarlas el agua; pero fijándonos en la traslación de una [ilegible] en aquellos momentos esta pobre criatura, la víctima de infinidad de causas á cual mas violenta: porque el miedo, el temor que es innato en ella, y que, francamente en esta ocasión le concedemos el mas amplio derecho para tenerlo, mucho mas si está la mar un poco picada; el verse en brazos de un hombre estraño, por mas honrado y comedido que sea; el pensar en la triste figura que irá haciendo á presencia de los qué la miran, lo cual entra por mucho en la mujer, porque la presunción y la coquetería van con ella á la sepultura; el aturdimiento del mareo, si es que desembarca, y si va para abordo el mal estar que siempre se apodera en esos momentos, ya por el disgusto de dejar su familia, su casa, su pais, etc., ya porque si, es propensa al mareo, todo esto reunido, y algo mas que omitimos, trabaja maravillosamente su impresionable organizacion, y tenemos que cuando está en los brazos de su conductor, se la vé pálida como la muerte, los ojos hundidos, y la vista desparramada, queriendo atender al peligro, al mismo tiempo que á evitar el mal efecto que su triste figura produce en la concurrencia. En tal estado, es mas bien la imagen de la muerte que la de una criatura con vida, la que se nos presenta á la vista.
Mucho habia que decirse, si hubiera de consignarse todos los accidentes adversos qué trae consigo el no existir un muellecito en esta Villa, puerto principal de la Isla, como lo son en Tenerife, el de Santa Cruz; en Canaria, el de Las Palmas; en la Palma, el de Santa Cruz; en Lanzarote, el de Arrecife y en Fuerteventura, Puerto de Cabras; pues es sabido, que las operaciones de entidad tanto de importación como de exportación que se hacen en cada Isla, se verifican por estos puntos por su reconocida bondad sobre los demás y otras circunstancias que no pueden olvidarse; pero sería interminable nuestra relación, y aun muy pesada para nuestros lectores, que, con su buen juicio, habrán ya formado el mas amplio [ilegible] a las molestias personales que dejamos espuestas.
No se les ocultará tampoco los graves males que tal sistema de embarco y desembarco trae á estos habitantes, en sus intereses materiales; sin embargo no nos es dado dispensarnos de apuntar algunos de ellos.
Desde luego se deja ver que en la Gomera no puede entrar ni salir ningún bulto de tales dimensiones ó peso que cuatro hombres no puedan con él fácilmente á menos que no sea subceptible de arrojarse al agua ó á la playa varando el bote. Todo lo que esceda á una caja de azúcar impone la necesidad imperiosa de varar el bote y nunca hay una gran seguridad de que no resulte avería. Y si bien el comercio de la Isla es reducido ¿quién no comprende que no lo ha de ser tanto para dejar de necesitar la introducción con frecuencia de algunos bultos que de ninguna manera pueden ver con indiferencia echar á tierra del modo que queda apuntado? Además, todo lo que la Gomera produce y se esporta, así como todo lo que necesita para su consumo y se quiere hacer traer á ella, lleva consigo una carga sumamente pesada, por mas que á primera vista se juzgue insignificante. Ese ímprobo trabajo de los marineros; el riesgo poco o mucho que corren; la menos vida de sus vestuarios; la repugnancia que sienten al tener que cargar á otro de sus semejantes; y en fin, el tener que arrojarse al agua, haya frío, ó se encuentren indispuestos tiene que influir por necesidad en los precios de los fletes. Que esto es una cosa insignificante, es lo primero que ocurre, como antes dijimos; pero es un error creer que en el mercado, no influye el menor gasto sobre los que otros concurrentes han tenido que hacer. Atascado se vé el vendedor que quiere sacar del consumidor los mayores gastos que él haya tenido que hacer, respecto del compañero que espende igual efecto, siquiera sea una vagatela ese sobre costo: y es seguro que sus frutos permanecerán [ilegible] mientras no desaparezcan los de su competidor: por otra parte, es preciso conceder que hay un fondo de razón incontestable de parte del propietario o negociante que no se decide á espender sus frutos, tal vez mejores que los de su compañero con menores utilidades que él. Y esta lucha en el propietario de la cosa vendible, esta detención en la venta, ¿puede calcularse las funestas consecuencias que le puede traer? Bastan minutos, muchas veces, para lamentar con sobrado fundamento la indecision en un negocio; y como todo es relativo en este mundo, tratándose del comercio, de los propietarios, de los consumidores y de todo en la Gomera, es preciso confesar que lo mas ligero afecta en mucho. Aquí todo es reducido, todo es pequeño; á fuerza de grandes economías, á merced de privaciones, y solo con un régimen de vida ejemplar, es que pueden sostenerse las familias mejores acomodadas. Salimos garantes, respecto de toda la Isla, de esta triste verdad. Y cuál es la causa? ¿acaso proviene solo de la pobreza del terreno, de la naturaleza del pais? No. y mil veces no. Es innegable que erizada de montañas la Isla y todas muy escarpadas, apenas en los reducidos fondos de los barrancos que aquellas forman, es que el hombre puede ver fruto de su trabajo; es incuestionable que por lo general se observa abandono y poco amor al trabajo dejando con esta de obtenerse mas resultado dé la tierra; pero también lo es que eso poco cultivado, puede competir en feracidad con la mejor tierra, no ya de la Provincia, sino de todo el mundo. El fabuloso costo que trae á los propietarios la traslación de sus frutos al mercado, efecto de los intransitables caminos, si es que este nombre merecen todos los de la Isla, y de los subidos fletes, ha de reputarse como parte muy grande de la pobreza de la Isla. No tardará la prueba de lo qué acabamos de decir.
Pero, volviendo al embarcadero de la Villa, que por hoy es de [ilegible] ¿júzgase que es imposible su remedio, ó sumamente costoso, por lo menos? Pues nada de eso: A la par que facilísima es muy insignificante la entidad pecuniaria de la obra.
En nuestro próximo artículo, tenemos esperanza de probarlo”.
Curiosos (voy a no meterme en calificativos de mayor enjundia) los detalles del desembarco de las ‘pasajeras’ y de los conflictos que supone el traslado de mercancías, algo que aún en la actualidad supone costes añadidos en las mal denominadas islas menores. Hasta la próxima.
Nota aclaratoria: algún doblez en el original ha dejado ciertas líneas de la plana completamente borrosas, por lo que es materialmente imposible su lectura; de ahí lo de [ilegible] que mentamos.