sábado, 14 de mayo de 2011

Los lamentos, siempre después

Un buen amigo murciano, ahora residiendo en Bullas (a unos 60 km. de Lorca), me comunica que durante el segundo seísmo en su casa se movía todo con una pasmosa flexibilidad, y que una de las tantas réplicas, a las 22,45, fue asimismo sentida de manera bien notoria.
Ayer viernes me puse a dar un repaso a la prensa murciana (aunque también nos vale la de otros lugares) y uno se percata de que seguimos cayendo en los mismos errores. No aprendemos. Y mira que ha habido desgracias en el mundo como para, de una vez por todas, poner los remedios que están a nuestro alcance. Me vienen a la memoria refranes como ‘a conejo ido, palos a la madriguera’ o ‘a burro muerto, cebada al rabo’.
Es bien conocido que la zona presenta una alta actividad sísmica, se sabe a la perfección las características geológicas de la falla Alhama de Murcia, existe un historial de los movimientos habidos, y, sin embargo, nuestra innata tendencia a olvidar al poco tiempo los acontecimientos, incluso catastróficos, nos conducen, inevitablemente, a tropezar en la piedra de siempre. Ocurre en Canarias con la dichosa manía de construir edificios y calles en los cauces de los barrancos, y observamos que en otras zonas no se quedan atrás  a la hora de cometer desaguisados. Aparte de este triste episodio que nos concita, lo comprobamos cada vez que llueve algo más de la cuenta en diferentes partes. Bueno, el ejemplo más ilustrativo para nosotros los realejeros puede ser la ‘desembocadura’ del callejón de Los Cuartos.
No es normal, pero tampoco extraño (ya ocurrió en Mula hace unos años), el que un segundo terremoto supere en intensidad a uno que le precede. Como tampoco que con este ‘valor’ de la escala de Richter se produzcan tantos desperfectos, pero la cercanía del epicentro y su escasa profundidad fueron detonantes que coadyuvaron a que la tragedia se incrementase.
En La Verdad, el profesor de Geodinámica Externa de la Universidad Politécnica de Cartagena, Tomás Rodríguez Estrella, señala que el hospital “no se debió construir ahí”. Con todos mis respetos que como autoridad académica y entendido en la materia me merece: ¿ahora lo dice? ¿No le parece ya un poco tarde? Y es que, casi siempre, las declaraciones a posteriori solo vienen a complicar los asuntos. Un edificio que va a albergar un considerable número de personas, requiere unos estrictos condicionantes, entre los que la seguridad deberá constituir un elemento fundamental.
Francisco Camino, exdecano del Colegio de Arquitectos, nos indica en La Opinión que “será necesario revisar la normativa. No tiene sentido construir en el siglo XXI este tipo de acabados”. Piénsese que fueron volados, alicatados y otros ‘adornos’ no estructurales los que provocaron mayores daños y desgracias. Pero, y perdón por mi tozudez, ¿quién (o quiénes) valora los posibles riesgos, aprueba los proyectos, concede las licencias de obra, se encarga de revisar las construcciones, firma la conclusión de la edificación y concede los permisos o cédulas de habitabilidad?
En el mismo periódico, Carlos Fernández, ingeniero de caminos y experto en seguridad sísmica, declara: “Si fuésemos serios en la aplicación de las inspecciones técnicas de los edificios y nuestros municipios lo exigieran, podríamos llegar a una situación similar a la de los vehículos, y desde luego una vivienda es algo de mucho mayor valor”.
Puede que al periodista, agobiado por la situación, se le haya escapado el baifo. Y no haya preguntado lo que tenía que preguntar (bueno, eso ocurre en todas partes; periodistas, lo que se dice periodistas…). Es probable que el experto no haya calibrado el alcance de sus palabras. Pero uno, que cuenta con la ventaja de la distancia y la tranquilidad de no haber vivido la situación, cuestiona muchos aspectos:
Dar por hecho que no somos serios en la concesión de licencias y en las posteriores inspecciones, y reconocer que los ayuntamientos (municipios) no están exigiendo que se cumplan los requisitos que ellos mismos estipulan en sus acuerdos, es de tal gravedad que merece mucho más que un simple comentario en una entrada de un blog que con toda probabilidad el único murciano que va a leer será mi buen amigo Gregorio, mencionado al inicio de este parecer. Porque si lo decimos unos cuantos paisanos en el bar de la esquina mientras nos echamos una cervecita, vale (y no vale). Que lo diga el politiquillo de turno, y más ahora en plena efervescencia de la campaña electoral, como no dan más de sí (dan más de no), pues vale (y no vale). Cuidado, aun así no son justificables ninguna de estas dos posturas anteriores. Pero que lo suelte, y ahí ha quedado escrito, un técnico cuyo papel en la sociedad es dar seguridad (y tranquilidad) a los ciudadanos, manda trillos.
No creo que estemos con estas perlas aportando granos de arena para mejorar las condiciones de habitabilidad de las poblaciones. Más bien damos la impresión de querer cerrarnos los ojos y que cada cual siga (des)haciendo lo que le venga en gana.
Sea como fuere, vaya mi consideración y afecto al pueblo murciano, en general (el de Lorca, en particular), en estos momentos graves y cargados de dificultad.
Y acabo acordándome de que por Caravaca de la Cruz también está Mari (y la tropa), de quien me había olvidado. O sea, lo mismo me lee alguno más. Un abrazo para todos.