sábado, 25 de junio de 2011

Ya tenemos la parejita

Nosotros, los abuelos, a saber, mi mujer y yo. Los hijos, uno cada uno. Los otros abuelos, uno también. Expliquémonos:
Debía llegar en julio, pero se fue de parranda a las fiestas de San Juan de la Rambla y pareció gustarle el bullicio. Porque decidió asomarse y comprobar más de cerca qué era eso de las hogueras, el solsticio de verano y los baños de las cabras. Hasta creyó percibir una alegría especial en el ambiente festivo y festero. Olores y sabores. Confusión polícroma. Estallido de sensaciones.
Parece que fue ayer aquel 7 de febrero de 2008. Cuando desde el Hospital Universitario de Canarias recibimos una llamada mañanera en la que se nos comunica que Emma quería hacer acto de presencia. Hija y yerno abrían así el capítulo dedicado a los nietos. Ese periodo, eso dicen, en el que inicias la etapa de consentir todo aquello que como padre pensaste que no era lo más adecuado. Y la primera tanda de visitantes estuvo comandada por mi hijo y mi nuera, quienes, dos meses después, comienzan otra aventura, cuyo primer fruto ve ahora la luz. En justa correspondencia, allí se hallaban los que ya pueden considerarse padres veteranos. Y es que cuarenta meses supone una considerable trayectoria.
Ya está Leo con nosotros. La familia tiene, pues, un nuevo miembro. Al que el abuelo deberá, inexcusablemente, dedicarle unas décimas. De las que haré a ustedes partícipes en este mismo vehículo; ahí, donde bien saben, en el rincón de las letras menudas. Déjenme el tiempito de rigor, el que mandan los cánones. Porque quiero y deseo –queremos y deseamos– que mi –nuestra– satisfacción sea compartida. Que no siempre deberán ser los políticos quienes ocupen el protagonismo de los comentarios de este Pepillo y Juanillo. Y aunque no dado a las autocomplacencias, esta vez, lo siento, la ocasión lo merece y lo requiere. Y mucho.
Estamos, en consecuencia, debidamente compensados. Emma y Leo, Leo y Emma (nombres cortitos, que no les causarán demasiadas dificultades en ese futuro inmediato cuando tengan que escribirlos), son ahora nuestra pareja. Como la tuvimos en la década de los setenta del pasado siglo. Y la tenemos, claro. En esta duplicidad rememoraremos pasajes de antaño, seguro. En los que ocupará lugar destacado el asunto de los parecidos. Como en toda familia que se precie.
Cuando los años de este siglo XXI se suceden a ritmo vertiginoso (si fue hace apenas unas horas la llegada del mítico 2000), pero por evidentes razones de madurez (di edad, sin rubor alguno) con mucho más tiempo disponible, abordaremos la enésima singladura. Y sin bastón, abuelito. Síntoma de que los tiempos han cambiado. Afortunadamente.
Mi mujer y yo estamos contentos. Pepa y Meme, primerizos en estas lides, no lo pueden disimular. Ni falta que hace. Raúl, el padre de la criatura, que no suele exteriorizar sentimientos (dicen que se parece al padre), sonríe, a carcajadas, para dentro. Mayra sigue con el mismo apetito y eso constituye un excelente termómetro. “Abuela Cachón” tiene un biznieto. Mi hija y marido, un sobrino. Y el consabido consejo al resto de la familia: vayan todos ubicándose y adhiéranse el calificativo que crean conveniente y oportuno.
A todos ustedes, estimados ojeadores de este blog, mil excusas por haber incumplido la norma periodística de convertir en protagonista a quien no debe serlo. Pero no vean lo aliviado que me siento después de haber cometido semejante pecado. Es una de las ocasiones en las que haces tuyo con verdadero deleite el que las reglas se inventan para ser incumplidas.
Bienvenido, Leo. Felicidades, papis. ¡Ah!, guárdenle estas líneas para cuando tenga la oportunidad de ir descifrando mensajes escritos. Espero que no me haga un análisis demasiado severo. Que estos maestros de lengua…
25 de junio, otra fecha a enmarcar.