lunes, 18 de julio de 2011

El principio del fin

Hace unos años tuve una distendida charla con unos amigos en una isla que no era Tenerife. El tema principal de la conversación fue el peligro que supone los apoltronamientos políticos, el eternizarse en los cargos. Sostenían ellos que había casos paradigmáticos en los que no habría chubasco alguno que los tumbara. Uno, más escéptico, señalaba que siempre habría causas por las que, más tarde o más temprano (o más temprano que tarde), los tronos se derrumbarían, que imperios poderosos –y ahí está la Historia para ratificarlo– desaparecieron de la faz de la Tierra. La acción de socavar se va produciendo, de manera inexorable, sin que los propios interesados se percaten –además, suelen ser los últimos en advertirlo porque su endiosamiento no se lo permite–, y los cimientos van cediendo hasta el desplome total.
Recordaba yo en aquel entonces –algo que casi siempre repito– lo de “más alto subió la palma, y al suelo bajó a barrer”. Expresión que, por cierto, me hizo un buen día plasmarla en una décima que ya fue publicada, y que transcribo para ilustrar el presente artículo:
Una palmera orgullosa
miraba desde bien alto,
cómo barría el asfalto
una escobita hacendosa.
Vino una brisa ventosa
que al suelo la fue arrojando,
y al irse desgajando
se dijo en su fuero interno:
ya me voy para el infierno
por estármelas echando.
Utilizo aquí el gerundio ‘echando’ como sinónimo de arrogancia, petulancia, en suma, de ir de currito por la vida. Y es que este particular puede ser observado con bastante nitidez en determinados políticos que creen estar por arriba del bien y del mal. No pongo ejemplos porque tú, estimado ojeador, lees la prensa y escuchas y ves lo mismo o más que yo. Creen, incluso, sentirse legitimados por los votos ciudadanos, con los que se atreven a tapar sus vergüenzas. Su ética, su particular versión de la gestión desde la atalaya de una poltrona fabricada a su imagen y semejanza, parece eximirles de cuantas acciones acometan. En ellas incluyo, obviamente, las denominadas de índole personal. Porque sigo sosteniendo que la ejemplaridad en el ejercicio de sus funciones no puede –ni debe– limitarse a la esfera en la que ostenta el cargo público. He puesto, reiteradamente, el  símil de la figura del maestro, del que ‘exijo’ sea un permanente espejo para sus alumnos.
A estas alturas puede que estés retratando a la perfección las estampas de más de un conocido. Que para mayor desgracia y escarnio públicos, cuando la muestra de la evidencia alcanza la prueba del algodón, nos deleitan con argumentos tan sibilinos que producen asco, repugnancia, aversión, antipatía, aborrecimiento, cuando no vómito.
Pero ahí siguen. No solo se agarran como los moluscos marinos que viven encerrados en una concha y adheridos a las rocas de las costas, sino que alardean de sus conductas indecorosas. Yo soy yo, y aquí nos hay circunstancias que valgan. El verbo dimitir no existe en su particular diccionario. Son –suelen ser– los clásicos políticos populistas, cuyas acciones siempre van encaminadas al intento de saciar estómagos, con lo que creen tener cubiertas las expectativas electorales futuras, sin darse cuenta de que llegará el día, inexorablemente, en el que una simple neurona podrá más que una necesidad fisiológica. Y si quieres pensar en aquello de “no solo de pan…”, perfecto.
Ya te lo dije antes, pon tú la fotografía que pueda ilustrar este comentario. No creo que vayas a tener graves dificultades para hallar diferentes alternativas. Me da lo mismo que sean valencianas o gomeras. Tal para cual.
Como motu proprio nadie arranca la caña, los partidos deberían ser mucho más diligentes a la hora de cortar por lo sano. Pero no lo hacen. Lo mismo tienen miedo a quedarse sin quien pague una mísera cuota. Se quieren, se aprecian, se estiman y se encubren. Así de claros, limpios y diáfanos. Amén de coherentes.
Si quieres, mañana te lo silbo. A pesar de todo, feliz inicio de semana. Sigan descansando.