sábado, 9 de julio de 2011

La lucha canaria

En alguna ocasión les he comentado que un servidor practicó la lucha canaria cuando joven. Muy poco, eso sí. Se cansó rápido de alcanzar talegazos.
En el otro blog vengo incluyendo unas reflexiones de la posible relación entre turismo y folclore, aspecto este último al que también he dedicado unos cuantos abriles.
Como la curiosidad hizo caer en mis manos el artículo periodístico que te reproduzco a continuación, me llamó la atención (aparte de su lejana fecha) que también alude a una posible generación perdida. El articulista se refiere a la que obvió el deporte vernáculo para entretenerse en otras distracciones foráneas. Idéntico planteamiento al que expongo en Pepillo y Juanillo (II) cuando aludo a la que quiso acaparar todo lo que venía de fuera, con la aparición del turismo de masas, y se olvidó de lo tradicional. Que pudo ser la mía, por ejemplo.
Otros aspectos significativos, si a bien estiman leerlo seguidamente, pueden ser la tan comentada, y actual, derogación de las corridas de toros en Cataluña, y, fundamentalmente, el acendrado mensaje del autor que guarda semejanza con la línea editorial de un medio impreso tinerfeño. Quisiera pensar que todavía no ha tenido acceso al mismo. Y como este blog llega a donde llega, que lo siga ignorando. De lo contrario, a la pejiguera de Canaria y del traicionero Paulino habría que añadir lo de que prefirieron despeñarse desde las imponentes alturas de los riscos de la abrupta isla á sufrir el yugo de sus enemigos. ¿Bordado, no?
Apareció publicado en Diario de Tenerife (tienen su primera página en una de las ilustraciones), 14 de septiembre de 1897, páginas 2 y 3, y llevaba por título: La lucha canaria. Y este era su contenido literal (de ahí lo de las tildes raras):
“Entre los gratísimos recuerdos de nuestra tierra ocupa preferente lugar el de las animadas y peculiares fiestas conocidas con el nombre de luchas, que se celebraban periódicamente en ciudades y aldeas: ó bien en demostración de público regocijo por algún venturoso acontecimiento, ó el día del patrono del pueblo.
Aquella liza en la que el espectador demostraba su entusiasmo de manera digna y mesurada, sin que jamás llegara á ofenderse al amor propio del vencido; aquellos atléticos muchachos que salían al terrero orgullosos de su fama justamente adquirida por su habilidad; aquellos bandos que discutían con la vehemencia propia de nuestro carácter, pero siempre contenidos en los límites de la cortesía impuesta por las leyes del varonil espectáculo; las cualidades en los luchadores de uno y otro partido, los del Norte en contra de los del Sur, los de la Montaña en contra de los del Llano; aquellos comentarios que duraban días y semanas, allá en la era, á la sombra de la retama, ó en los días festivos, á la salida de la misa, y á la caída de la tarde, bajo la verde higuera de sabroso fruto, más dulce que la miel de la caña, á la vera de la blanca casita, entre los requiebros á las mozas frescotas y coloradas como las amapolas, que tomaban parte muy principal en la discusión alentando á los tumbados para la revancha: todo eso constituía un cuadro tradicional, genuinamente canario, originado de los días dichosos en que el pueblo guanche, arrogante y viril, se solazaba en la loma del agreste valle, teniendo por docel la azulada bóveda del purísimo cielo de Tenerife, por tribunas las enormes piedras con que defendieron su independencia y por espectadores los pastores de toda la comarca, dando á los aires en señal de alegría los sonidos de sus rústicas flautas, y presidiendo el noble juego los Menceyes y los venerables ancianos que prefirieron despeñarse desde las imponentes alturas de los riscos de la abrupta isla á sufrir el yugo de sus enemigos.
¡Hermoso espectáculo éste de las luchas canarias!
Allí no hay sangre que enrojece el circo, allí no va á morir nadie, el vencido tiende su callosa mano al vencedor y le estrecha entre sus brazos en señal de que no guarda en su pecho generoso ningún rencor.
Los combates de los gladiadores romanos armados de la rodela y del retiari, cual se representan en las pinturas y en los relieves de algunos sepulcros de Pompeya, eran la orgia de un pueblo envilecido, ebrio de sangre, gritando hasta enronquecer, como aullidos de hambrientas fieras el consabido ¡pollice verso! ¡pollice verso! cuando el vencido, revolcándose en la humeante sangre que empapaba la caldeada arena, imploraba gracia, jamás concedida por los espectadores.
La lucha canaria es torneo donde se admiran las fuerzas y se aprecia la agilidad de los movimientos, y la asombrosa flexibilidad de los músculos de acero de una gente vigorosa, sobria como los árabes del desierto, trepadores de montañas como los paciegos, é infatigables para los más rudos trabajos.
Cuando aun suenan en los oidos del vencedor afortunado las halagadoras enhorabuenas y los plácemes de amigos y adversarios que reconocen lealmente su superioridad, sin envanecerse por el triunfo, vuelve satisfecho y tranquilo á su labor cotidiana, empuñando la azada y el arado, tornando alegre al obscurecer, al tranquilo hogar, idilio de su vida, donde lo esperan para restaurar sus fuerzas el sabroso pescado de que le provee el rudo marinero de la vecina costa, y las olorosas cocidas patatas, dignas por lo bien sazonadas de la mesa de un magnate.
No nos explicamos, cómo siendo canarios los organizadores de los festejos últimamente celebrados en Santa Cruz, de Tenerife, fué relegado á lamentable olvido el espectáculo verdaderamente provincial.
Las luchas fueron en todos tiempos un estímulo para los ejercicios físicos, luchadores fueron sin duda aquellos valerosos campesinos que empuñaron las armas y los palos en el pasado siglo para defender su patria amenazada, y luchadores serán –si la fiesta popular se fomentase por las clases directoras– los que en el porvenir protegerán sus hogares de los desmanes de los extraños, peleando en los desfiladeros de las alturas con el potente empuje de sus nervudos brazos.
¿Pero será que la presente generación ha perdido el gusto por la fiesta canaria?
¿Será que, obedeciendo á esta funesta ley que nos arrastra al enervamiento moral y físico, vá desapareciendo aquella raza vigorosa de luchadores?
¿O será –triste es decirlo– que ha prevalecido la afición á las sangrientas corridas de toros?
No lo creemos, nos cuesta trabajo siquiera suponer que un pueblo como el de Tenerife, de superior cultura al de otras provincias, en el que la mujer cristiana tanta influencia ejerce en el hogar, haya preferido á su antigua diversión, la mal llamada fiesta nacional, de la que, –pese á mi querido amigo el brillante escritor Luis Carmena– abominan no pocos españoles.
Deseamos por respeto á la tradición que vuelvan las luchas á ocupar lugar predilecto en nuestros regocijos, y que las corridas de toros tan impremeditadamente introducidas en Tenerife, no consigan despertar la afición de nuestros paisanos, cuyas morigeradas costumbres se avienen mal con tales escenas.
Pero si así no fuese, si por desgracia arraigasen, entonces, pronto se notarán  las consecuencias perniciosas; la estadística criminal aumentará considerablemente, la rufianesca navaja dirimirá las contiendas del repugnante flamenquismo, plaga social debida á la influencia letal del toreo, y se enriquecerá con nuevas palabrotas, él ya largo vocabulario de nuestros deshonestos improperios”.
Lo firmaba un tal Juan de Anaga, en Madrid, Agosto de 1897.
Espero que te haya llamado la atención tanto como a mí. Bueno, con el presente tengo para hoy y mañana. Por lo tanto, hasta el lunes.