miércoles, 24 de agosto de 2011

Pedir peras al olmo

“Nos produce sonrojo y cierto enojo… Como sabemos los portuenses, el Taoro fue un hotel emblemático durante casi un siglo y escuela de los mejores profesionales hosteleros y hoteleros…”. Sí, textual, de ahí el entrecomillado. Y no es que no esté de acuerdo con las dos frases en cuestión –que probablemente sí–, sino que tras leer en reiteradas ocasiones al amigo Salvador, portuense de pro y profundo conocedor de los entresijos de la profesión periodística amén de la realidad de la otrora joya de la corona en el sector turístico (incluyan, si les place, a Isidoro Sánchez), me ‘maravilla’ el que se erijan en lo que no son (portuenses y periodistas) los advenedizos de turno. Pero como en esta faceta profesional (el periodismo) es, quizá, donde el intrusismo adquiere los tintes más alarmantes, ajo y agua (eso a joderse y aguantarse). En cualquiera de sus vertientes. Y los ejemplos no necesitan ser detallados. Machaco lo de la abuela (si la pobre levantara la cabeza me daba dos buenos cogotazos): ‘lo que está a la vista no requiere espejuelos’.
Tanto es así que, aparte de los ejemplares retratados en el párrafo precedente, hace unos días acudió a una emisora local, para ser entrevistada, la alcaldesa de San Juan de la Rambla. Y tuvo la ‘infeliz’ ocurrencia de venir acompañada por dos personas que cometieron, a su vez, el tremendo delito de observar con detenimiento las instalaciones del medio radiofónico. Puede que en el noble afán de poder disponer en un futuro de unos estudios en aquella población. ¿Atisban ustedes algún tipo de pecado en todo ello? Pues sí, porque a otro resentido, que tiene de periodista lo que yo de Rouco Varela, que, y aprovechándose de su puesto de ‘enchufado’, la puso (a la señora Velázquez) de vuelta y media (y ahora que ya no está, sigue machacando en hierro frío, al estilo de sus buenos maestros cerrajeros), junto a otros ‘doctores honoris causa’ por la Universidad de Washington (después María Jiménez, y en la actualidad Punta Brava), no debe parecerle correcto semejante osadía.
Desde septiembre de 2000 hasta junio de 2004, el responsable de estas líneas, y ‘dueño’ de Pepillo y Juanillo, estuvo colaborando semanalmente con la emisora radiofónica supuestamente espiada (cuídate alcalde, que lo mismo te acusan por permitir desvelar secretos tecnológicos de altísima peligrosidad). Que ha servido de escuela (lo he repetido hasta la saciedad) a muchísimos profesionales que ahora desarrollan su meritoria labor en otros medios. Y en la que siguen trabajando auténticos currantes de las ondas. Mas los garbanzos negros son inevitables en la mejor familia que se precie. Puede que los mismos que valiéndose de instrumentos puestos a su disposición para el desenvolvimiento de la tarea encomendada, los hayan utilizado (en épocas pasadas de vacas gordas) para promocionarse en actividades privadas y perfectamente lícitas, pero orillando el delito al no diferenciar cuándo un recurso ‘público’ no debe ser herramienta o llave que abra las puertas que conduzcan a negocios de otra índole. Como algunos creen que esas actuaciones están bien si son ellos quienes las ponen en práctica, pero las cuestionan en sembrados ajenos, llegamos siempre a la conclusión de lo de “cree el ladrón…”.
Persistimos en la inveterada costumbre de intentar alcanzar altísimas rentabilidades a costa de lo que sea. Que serán siempre idóneas y correctas porque satisfacen egos y aspiraciones personales, aunque no parecen bien vistas cuando tiene la parte contraria como protagonista. A estas alturas de la vida, empero, poco es lo que ya me extraña y sorprende. La propia iglesia española (la católica, por supuesto), según leí anteayer, “ganará peso en Roma gracias al éxito del viaje del Papa a Madrid, con lo que el número de cardenales electores puede crecer en los próximos meses”. Es idéntica postura a la que te vengo describiendo: se aprovechan cuanto pueden de los medios que hemos puesto a sus disposición, que abonamos religiosamente (con segundas)  tú y yo, para que luego obtengan (ellos) los réditos convenientes. Y nosotros mirando pa´l palomo. Que no al Espíritu Santo.
En esos años que dejo mentados no existían tantas ofertas de operadoras telefónicas. Y todos pasábamos por el aro de los monopolios. En tales circunstancias, empresarios y gestores públicos ‘trincaron’ a más gente de la cuenta que hacía que la otra cuenta se elevara a fin de mes, porque las llamadas (y no obligatoriamente eróticas) no siempre se producían para cuadrar balances, sino más bien todo lo contrario. De algo de eso se trata lo que dejo caer. Sin necesidad de contratar línea, los avispados de turno mucho, y bien, ‘contrataron y agenciaron’ a través de las denominadas vías de comunicación rápidas. Total, paga el ayuntamiento. Algunos no se recataron en llevar al socio de la mano. Sin careta ni disfraz, tal cual.
Ya está, se acabó.