jueves, 15 de septiembre de 2011

Cucas y otras pestilencias

He escuchado que determinados ayuntamientos están realizando campañas para luchar contra las molestas cucarachas. Otro bicho más que añadir a la lista de ratas, conejos, mosquitos, palomas y alguno más (de dos y cuatro patas). Y como en estos últimos días he tenido que mandar al otro barrio a dos odiosas cucas (quizás el insecto que más y mejor se adapta a cualquier ambiente), y no con el ‘Cucal instant’ de Cruz Verde precisamente, me pregunto si Los Realejos deberá sumarse a la desinsectación pertinente. Lo mismo, se me acaba de ocurrir, es que se hallan abandonando la EDAR portuense y se están mandando un garbeo por el Valle que otrora admirara Humboldt. Y lo mismo aprovechan el transporte público para llegar bien frescas y lozanas a sus destinos.
‘Una cuca’, decía Calero en cierto anuncio publicitario. Y se repetía la coletilla de ‘qué asco’. Me fui a esa ventana fisgoneadora llamada Internet y hallé para dar y tomar: remedios caseros, empresas especialistas, aerosoles (¿digo bien?), insecticidas (sólidos, líquidos y gaseosos)… Pero como a la muy jodida (con perdón) le arrancas la cabeza y sigue viviendo muy fuerte rato (no debe tener nada en esa parte de la anatomía, como otros muchos que conozco), lo mismo le da por dejarla atrás y seguir con sus correrías. Así que la solución más efectiva es el zapato (si es una bota, mejor). Luego tienes que coger trapo y fregona, pero el gustazo del ‘escachón’ no te lo quita nadie. Aunque sueñes esa noche con alienígenas y fluidos extraños. Déjalo estar, cochino.
No me preguntes el porqué, pero mientras escribía los dos párrafos anteriores me estaba acordando de ciertos programas televisivos. Y de inciertos e indeterminados medios (cuartos y octavos) de (in)comunicación. De igual manera que la cuca es un  bicho que se aprovecha de las circunstancias para adaptarse a cualquier tipo de situación, existen individuos (en su acepción despectiva superlativa) que disfrutan retozando en lodazales, chiqueros e inmundicias. Y no significa ello que vayan de sucios por la vida. No, puede que, incluso, los veas bien vestidos. Exteriorizan la zafiedad a través del “órgano muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para gustación, para deglutir y para modular los sonidos que les son propios”. Eso es lo que manifiesta el diccionario para la gente normal. Pero esta del cuento es de lo más anormal que te hayas echado a la cara. Y puede que más de uno situado por debajo de la línea que marca el equilibrio entre el más y el menos. Tanto que el propio diccionario te da una serie bastante generosa de locuciones de todo tipo en torno al sustantivo en cuestión. No, esta vez no, coge tú el susodicho y repasa.
Estimaban los agoreros que el dar caña significaba soltar, soltar y soltar; disparar, disparar y disparar. Sin medir alcances ni vislumbrar posibles repercusiones. Todo era válido. Patente de corso para las diatribas de turno y sálvese quien pueda. Vivieron alegremente al acecho y presumieron de trincar a muchos (en pendientes y en terrenos llanos). Disfrutaron cual niños el 6 de enero, pero no se protegieron por si un día cualquiera las piedras que arrojaron sin piedad podían dar la vuelta.
Me dice, me soplan que ha habido efecto bumerán. Y comienzan a probar las medicinas que bien se jactaron de recetar aun sin la obligatoria prescripción facultativa. Creyeron que ninguna falta les hacía. Su autosuficiencia les ha perdido y ahora mendigan lastimeros por si se produce el milagro. El más astuto, que no listo, echará mano de otros rejos y se desprenderá (no es la primera vez) del molesto apéndice. El vocero deberá permanecer (tampoco es primerizo en tales lides) otra temporada en silencio lamiendo sus heridas. El padrino nada querrá saber de tal tipo de desgracias y se refugiará al arrullo de las olas y al socaire del reboso en las cercanías del charco de la Coronela. El murión se ocultará en su cueva durante la estadía de rigor.
Creen las cucarachas que todo el monte es orégano. Y va a ser que no. También encontramos unos fiscos de pinocha. Y pica. O escuece, que tanto monta. Ni me alegro ni me entristezco, pero tampoco me resbala. Si juegas con fuego, te quemas; si te acuestas con niños, amaneces meado. Y más.
Por todo lo cual, he decidido motu proprio ubicar una sola etiqueta en este post: basura. Cabía, asimismo, bazofia. Hasta luego.