miércoles, 5 de octubre de 2011

Me lo pierdo todo

Lo primero. El pasado sábado hubo un homenaje a los mayores de mi pueblo y resulta que yo subí por la Avenida de Canarias y contemplé todo el tenderete en la explanada de lo que fue el Centro Comercial Realejos y no me paré. Te preguntas qué es lo que habrá ahí, escuchas música de fondo, pero sigues derechito para casa. Luego te enteras al par de días, te miras al espejo y te dices: Hombre, yo también tenía cabida. Menos mal que ese mismo día acudí, ya te lo conté, a otra cuchipanda en La Marzagana (La Perdoma), donde a lo peor el más viejo era yo, pero lo pasamos bien.
Esto de la vejentud ha cambiado bastante. Vas a un viaje de Mundo Senior y hallas al personal derechito como una vela. No es que se valgan por sí mismo, es que parecen voladores: corren, bailan, cantan, se divierten y comen… ¡vaya si comen! Y lo mismo se quejan porque creen escasa aquella enorme cantidad de comida que ponen en los hoteles. Menos mal que son los menos esos quejones y exigentes, que si no se estallan –con perdón– el estado del bienestar ese en un santiamén.
Lo segundo. Casimiro Curbelo tiene convocada una rueda de prensa para dentro de un ratito. Va a comunicar con toda seguridad que no se presenta al Senado, que renuncia. Si no me hubiese adelantado manifestando mi opinión de esa Cámara inútil, dado mi cariño a la Isla Colombina, lo mismo me estaría ahora postulando para que me “boten”. Lo dicho: me lo pierdo todo. Con lo bien que me vendría ese complemento a la pensión. Porque deberá ser compatible, ¿no? Hombre, Pepe Segura me lleva unos buenos cuantos. Y la nueva plataforma de las izquierdas tinerfeñas va a presentar a Manolo Marrero, que por lo pronto es maestro (como yo), periodista –de título– (como yo) y jubilado (como yo). Entonces, ¿puedo o no puedo? El principal inconveniente lo atisbo en los nietos. Esos renacuajos te atan más que el carajo. Aunque, pensándolo bien, tampoco serían tan largas las ausencias. Ahí ven ustedes a los dirigentes de las diferentes formaciones políticas: van a las sesiones plenarias y luego a mitinear (chacho, pensé que me lo acababa de inventar y sí aparece en la vigésima tercera edición del DRAE) el resto de días. O puedo, asimismo, aprovechando los descuentos en los vuelos, llevármelos a la capital y darnos una montadita en una lancha de El Retiro. ¡Uf!, qué dura es la vida parlamentaria.
Y lo tercero. Han caído muchísimos rayos en estas últimas horas. Tantos que nos hemos olvidado por unas horas de los seísmos herreños. Y no me quiero poner en el pellejo de un piñero, durmiendo con un ojo abierto, cuando escuchó semejantes estampidos. Con el miedo en el cuerpo por los dichosos temblores, es como para saltar de la cama y abrir a correr hasta San Andrés. Algunos de esos chispazos han causado más de un disgusto en forma de conatos y pequeños incendios. Dicen los entendidos que lo normal es que estos hechos sucedan sobre el mar. Lo malo es que ya no sabemos a ciencia cierta qué y qué no entra dentro de los cálculos de esa normalidad.
A un servidor le queda pena el no haber aprendido a obtener instantáneas gráficas de esos fogonazos. No sé si es tanto por falta de información o por falta de valentía. Porque si los flases están lejos, vale, pero si es sobre tu cabeza, los estampidos imponen respeto. Y ya me lo señalaban mis padres: un respetito es muy bonito. Admiro sobremanera, no obstante, esas fotografías que aparecen en los diferentes medios de comunicación tras el paso de una tormenta. Pero no me satisface el salir chamuscado y trasquilado por curioso.
En resumen, me lo pierdo casi todo. Y lo malo del particular es que se me está haciendo tarde. Voy a tener que cargarme las pilas. Son tantas las ocupaciones para cuando me jubile… Y la jaula del pájaro hecha un asquito. Y los recipientes de las tortugas, ni te cuento.
Hasta mañana.