viernes, 21 de octubre de 2011

Pregón perdomero 2011

Tanto debate, tanta publicidad, tantas horas de repeticiones en la Autonómica, tantas comparecencias de Paulino, tantas ‘sonrisas etruscas’ del señor Santana, y el volcán estallado a la carcajada limpia. Un barco con los últimos adelantos vigilando los incendios de Galicia. Otro que llegó a duras penas desde Gran Canaria y salió ‘por aletas’ a las primeras de cambio. Bueno, para qué seguir, en resumen, una película de bastante risa, ni las del Gordo y el Flaco. No sé si mañana me levantaré con alguna sorpresa, pero en el instante en que redacto estas líneas (jueves por la noche), el volcán está “gufiado”. En mi pueblo decimos que un volador (y de eso sabemos bastante) se ha “gufiado” cuando alcanza la altura para la que se fabricó, pero en el momento supremo de su extinción no explosiona sino que se queda en algo así como un “fuuuuuu…”. ¿Te diste cuenta como la u se iba “gufiando” toda? Pues eso.
Espero que me disculpe José Manuel Ramos, pregonero en las Fiestas de la Perdoma de este año 2011, por este arranque demasiado gaseoso –la actualidad manda–, pero como el símil utilizado era el de un fuego de artificio, bien nos vale para los festejos del Pago de Higa. Que en octubre de cada año, y en honor a sus Santos Patronos, San Jerónimo y la Virgen del Rosario, se celebran en este populoso núcleo villero. Y al que uno también se siente ligado desde hace bastantes años.
Como ayer llegó a mis manos lo que el inquieto José Manuel tuvo a bien elaborar para tal menester, tras su detenida lectura, pensé que, aparte de la lógica felicitación por su bien hilvanada secuencia cronológica a través de su entorno vital (Callejón del Pino), sería conveniente entresacar determinados pasajes de su relato. Porque, a buen seguro, coincidirán con los de otros tantos lugares que hace apenas unas décadas carecían casi por completo de los servicios que hoy pueden considerarse normales: abastecimiento de agua, alumbrado eléctrico, escolarización, asistencia sanitaria, instalaciones deportivas y de ocio, transporte público…
Un servidor, mientras procedía a leerlo, recordaba, y hacía suyos, muchos de los instantes que el pregonero iba magníficamente retratando con una descripción amena, entretenida y ligera, dejando a un lado las posibles florituras en beneficio de la atención de los espectadores. Los unos, los mayores, por sentirse identificados con lo que en el relato vivencial, y los otros, los no tan viejos, por estimar que las posibles batallitas que cuenta el abuelo no son meros cuentos surgidos de mente calenturienta.
Este blog lleva en su título –Pepillo y Juanillo– la bandera de los tiempos que José Manuel rescató de su baúl de los recuerdos, porque se corresponde, asimismo, con el de un libro que posee un argumento similar. Y a través de él, con todas las limitaciones habidas y por haber, quisiera trasladar a sus posibles lectores unas líneas del Pregón de Higa 2011. Entiendo que bien merece la pena alongarse un fisco a El Pino: mi vida en un camino, un camino en mi vida.
Son acotaciones, párrafos incompletos, someras pinceladas, pero fiel reflejo de una época diferente, de la que salimos y buena prueba de ello es que aquí estamos, mucho más curtidos que los ejemplares apolíneos de las nuevas generaciones vitalíneas.
De la vivienda: La casa donde vivía era de este último modelo, una sola planta, tejado a cuatro aguas, forrado de sacos y partida por dentro con sacos o cortinas, para separar la parte donde dormían mis padres de donde nos quedábamos los hermanos. Una pequeña cocina adosada, con un poyo de cemento, cortinas de vichy a cuadros azules, y en la  que destacaban el locero, la talla con sus jarros de hojalata, los calderos de diferentes tamaños, la plancha de hierro y la cocinilla de petróleo con su  fuelle.
De la comida: Muchas peleas se originaban a la hora de comer, la mayoría de las veces porque uno de los comensales no respetaba la porción de lebrillo que le correspondía, siendo muy común la expresión: “come a plomo, come a plomo”.  
De los acontecimientos sociales: Dos cortejos destacaban sobre los demás por su importancia en la vida social: los entierros y las bodas. El primero, con los dolidos cargando a hombros el féretro, seguidos de los acompañantes, generalmente hombres, en su  camino hacia la iglesia y posterior traslado hasta el cementerio de La Orotava. Oportunidad que, antes y después del entierro, aprovechaban los hombres para echarse las consabidas perras de vino en las ventas o bodegas de Teodosio, Esteban o Ventura El Cartero. Hay una copla que a mi entender, explica muy bien lo comentado: “Ayer vine yo a saber, que los muertos se enterraban, para mí que los llevaban a una taberna a  beber”. En cuanto a las bodas, las puertas de las casas se abrían para ver pasar a la novia, admirar su traje y comprobar que vecinos eran los afortunados invitados.
La piscina del entonces: A veces, uno de nosotros se quedaba en la borda, armado de una caña, pescando a los que pasaban apuros, después de bajar y subir varias veces y con unos cuantos “quince” de agua verde y apestosa en el estómago.
Descanso obligatorio: Cuando llegaba la Semana Santa, el vuelo de la gometa era, juntamente con la lotería,  las actividades más frecuentes,  dado que  no se permitía realizar ningún tipo de trabajo físico durante esos días. Unos meses antes preparábamos las cañas, el hilo acarreto, la tela para la cola y el papel cebolla para confeccionarlas, normalmente con la ayuda de nuestros mayores. El cielo se llenaba de un precioso arcoíris multicolor, formado por las cientos de gometas, que  a veces en no muy justa competición, luchaban por ser la que más  alto volaba o más tiempo se mantenía en el aire.
El cine de La Perdoma: En el descanso acudíamos al carrito de Candelario, para adquirir los famosos pirulines y paragüitas, duros como piedras, pero bastante entretenidos, ya que te pasabas media película intentando quitarles el papel que los envolvía  para comértelos posteriormente.
A que más de uno, con edad aproximada a los “taytantos”, esbozó una sonrisa. Pero sobrevivimos, ¿no? Gracias, José Manuel, y reitero mi enhorabuena.