lunes, 14 de noviembre de 2011

Lo que menos me gusta

Va el titular por el denominado deporte rey o de masas. Del que algo he escrito con anterioridad para indicarles a ustedes que, tras quedar algo lejanos mis años mozos, cada vez lo aguanto menos. Por la tele, imagínate si un servidor hiciera acto de presencia en cualquier estadio. Bueno, en cierta ocasión vi uno en el Camp Nou y… Lo de vi es un decir. Me colocaron  en una grada que debía estar a unos trescientos metros de la portería más cercana y a unos quinientos de la otra. Ver, ver, lo que se dice ver, yo no vi nada. Intuía que allá abajo se disputaba algo. Y en dos momentos del partido la gente se levantó y gritó ¡¡¡gooolll!!! Y yo también, no iba a ser menos. Pero yo el gol, mejor, los goles, lo que se dice entrar el balón entre los tres palos, que se menta, pues va a ser que no. Ño, ya me desvié.
Alguno recordará que comenté ha un tiempo el no entender por qué los futbolistas escupen tanto. Antes lo hacíamos cuando pasábamos por un sitio en el que había mal olor. Y al tiempo exclamábamos: ¡¡¡fooossss!!! Pero yo creo que el campo debe estar limpio. Ahí no soltarán gatos ni perros, digo yo. No es como cualquier parque de pueblo que se precie. O como los senderos en los que los ayuntamientos se gastan la Biblia en pasta y luego los canes (de los canarios) excrementan que es un disgusto. Fíjate bien y ocurre lo siguiente:
Tira una falta y le sale torcido: dos escupitajos. Tira un penalti y lo para el portero: como no salga corriendo (el portero, y normalmente sí lo hace de contento): cuatro salivazos. Está a punto de rematar de cabeza un córner y no alcanza la pelota por milímetros: tres ídem. La lista se haría interminable, así que para no estar con más cochinadas, observa tú y que cada cual haga su relación. Y cuando meten un gol te habrás percatado que corren como locos y de repente se lanzan de rodillas y resbalan un montón de metros. No, no es que el césped esté regado de antes del partido. No, se va inundando durante el partido. Y cuando acaba el goleador su recorrido llega el resto y se abalanza y allí se revuelcan todos… los muy guarros.
Otra. El jugador que sufre una entrada (a veces ni eso, se caen solos), tras la película de rigor (volteretas incluidas para ‘aterrizar’ cincuenta metros más allá, y, mientras, va mirando con el rabillo del ojo por si el árbitro pica), se pone de rodillas y su brazo derecho se dirige al cielo, con ostensible movimiento de la mano hacia detrás y hacia delante (este dirigido al asistente, si lo trinca más cerca) para que, en definitiva, se le muestre tarjeta (a ser posible roja) al infractor. Esa actitud la curaba el menda en dos partidos, pero, claro, yo no soy el trencilla. Y estos parecen estar más pendientes de boberías que de cuidar por que el espectáculo sea lo más honrado posible. Se enseña tarjeta por un desplazamiento del balón, debido, probablemente, a la necesidad del futbolista de desahogarse con algo, antes que con alguien, y no se hace ante auténticas salvajadas que ponen en peligro algo más que la integridad física del contrario. Menos mal que no estudié para eso. Probablemente hubiese tenido que suspender todos los partidos por falta de quien corra detrás del balón.
La última. Existen equipos que son el paradigma de la provocación. Puede que un alto porcentaje de culpabilidad lo tenga su entrenador, que deberá ser el que marque las pautas. En todos los sentidos, para bien y para mal. Y como hay jugadores que se prestan al ‘juego sucio’, que se desenvuelven en él como pez en el agua (o como futbolista entre escupitinas), el cóctel está debidamente servido. Por ello, felicito al árbitro del último Levante-Valencia. Si hubiese sido yo, el partido dura algo más de media hora. ¡Ah!, me sopla ahora un amigo que eso es veteranía. Y me pone de ejemplo a un mueble apellido Ballesteros. Pues vale, a este paso puede que ni por la tele. Hasta después del descanso. ¡Ah! (otra vez), dejamos el mosaico polícromo de las botas para mejor ocasión.