jueves, 1 de diciembre de 2011

Curarse en salud

Parece que se avecina una buena. Porque hasta aquellos que abogaban por el cambio urgente en las políticas económicas y financieras en este país, pidiéndonos el voto para el Partido Popular, comienzan a matizar aquello que dijeron –o escribieron– antes del 20-N. Menos mal que a estas alturas de la vida somos muchos –demasiados– los que estamos, afortunadamente curados en salud.
En nada, parece, ha cambiado la actitud laxa de Mariano Rajoy, a pesar de su victoria electoral (de nada valen los consuelos de quienes alegan que no ha ganado sino que perdió el contrario, como si el resultado no fuera igual de válido). Y puede que sea eso lo que comienza a incomodar a los que estimaban que el 21 iba a quedar todo arreglado. Los vaticinios no son nada halagüeños y ahora que corresponde gobernar, flaco favor hacemos a la ciudadanía con idéntica táctica a cuando se estaba en la oposición, es decir, permanecer de brazos cruzados a la espera de que caiga sola la breva.
Ojalá lo que me ronda el magín sea solamente un destello fugaz, un prejuicio malintencionado. Si las futuras actuaciones –esperamos pacientemente que acontezcan– pasan por escudarse en lo mal arado que dejó Zapatero el campo, aviados vamos. Se nos vendió que unos nuevos bueyes iban a tirar del carro, del arado y de cuanta maquinaria fuera preciso para que España volviera a la senda del progreso, a disminuir en cuatro años el número de parados en tres millones y medio, en suprimir cuanto de superfluo existiese en las administraciones públicas y unas dieciocho mil propuestas más y que se hallan debidamente especificadas en un programa electoral que llevaba dibujada una gaviota en la portada.
Cuando desde Cataluña se levantan voces, se lanzan propuestas y se envían mensajes directos de por donde pueden ir los tiros, ya atisbamos que los que anteayer se opusieron a la famosa batería de recortes (que también me afectaron), hoy ya se muestran favorables a los mismos. Estamos en el estadio primigenio del sí, pero con matices. Ese que se inicia con la cantinela de proponer la supresión de lo superfluo, aun a sabiendas de que con tal concepto jamás nos pondremos de acuerdo. Puesto que lo que yo considere no necesario, puede que sea trascendente para ti. ¿Está de más esa parafernalia de las Diputaciones con atribuciones que se solapan con las de ayuntamientos o comunidades autónomas? Casi todos entendemos que sí, pero Rajoy –no olviden que va a ser el jefe– ya dijo que nones. ¿Qué es, pues, innecesario? ¡Ah!
Las percepciones que afloran acerca de solidaridad, lucha contra la desigualdad, apoyo a los que realmente lo están pasando mal… no hacen prever un feliz desenlace. Demasiados elementos hay en juego que gozan de una aleatoriedad tal que difícilmente vamos a encontrar un punto de unión que aglutine el maremágnum. Ahí tienen, y tómenlo como mero ejemplo, al concejal santacrucero Corrales, con declaraciones, mociones, proposiciones –y manda ones– que de llevarse a la práctica supondría la transformación social más radical habida en toda la historia, pero que chocan con su negativa (abstención, pero a los efectos prácticos es lo mismo) a la solicitud de Sí se puede en la que se pedía la congelación a toda subida de sueldos de los políticos. Efectivamente, todo perfecto mientras no me toquen el bolsillo. En ello Viciana es también experto. ¿A qué jugamos pues? Somos más falsos que una moneda de cinco euros.
Menos mal, algo es algo, que tras las reuniones del día de ayer (con sindicatos y patronal, todos minúsculos), Rajoy va a proponer a Iñaki Urdangarin para Ministro de Economía y Hacienda, pues, según diversas fuentes dignas y merecedoras de todo el ‘crédito’, sabe manejar con gran habilidad los resortes, muelles, espirales, ballestas y ‘flejes’…
Aquí, compadre, el que no corre, vuela. Hasta mañana, que ya hemos comenzado diciembre. A la vuelta de la esquina, la lotería. Y después, todo organizado.