jueves, 22 de diciembre de 2011

Historia, las bolas y doña Manolita

Hoy toca. A mí no porque no juego. Bueno, sí, una semejanza, que decía mi suegra. Pancho, Ángel, Lali y yo compramos un décimo cada uno. Y los cuatro participamos del conjunto. Nada más, te lo juro, palabrita del Niño Jesús.
Algo de historia
A punto de cumplir 200 años, varias guerras devastadoras, unas cuantas crisis económicas, cambios de moneda, repúblicas, monarquías, dictaduras, democracias… todo ha superado la Lotería de Navidad desde que comenzara a celebrarse (bajo la denominación de Lotería Moderna) en 1812, en plena Guerra de Independencia. Según su impulsor, el ministro del Consejo y Cámara de Indias, Ciriaco González Carvajal, el objetivo era “aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”.
España sufría entonces una de las peores crisis de su historia contemporánea: las hambrunas de 1808 y 1812, unido a los enfrentamientos con los franceses y las epidemias, produjeron a lo largo de la guerra unas pérdidas económicas gigantescas y un descenso demográfico de entre 560.000 y 885.000 habitantes, en una población que apenas superaba los 10 millones. Y lo peor de todo, el Gobierno aún necesitaría dinero para seguir asumiendo los elevados gastos militares hasta el final de la guerra, en 1814.
En esta coyuntura de crisis se celebró el primer sorteo navideño, el 18 de diciembre de 1812, en Cádiz, a través de papeletas con los números impresos. Y el primer gordo, dotado de 8.000 reales, se lo llevó un españolito de a pie tras gastarse sólo 40 en el número 3.604.
La progresiva retirada de las tropas napoleónicas hizo que la Lotería, circunscrita en principio a Cádiz y San Fernando, se implantara después en Ceuta y más tarde en toda la comunidad andaluza, instalándose finalmente en Madrid en 1814, ya con el sistema de bombos y bolas establecido un año antes.
Nunca han faltado desde entonces los españoles a su cita con la (mala) suerte en Navidad, comprando cada vez más décimos (en 1832 ya se emitían 12.000 números), hasta el punto de que los bombos metálicos –vigentes desde 1850– llevan cada año a la Administración, ante la imposibilidad de introducir más bolas en ellos, a ampliar las series correspondientes a cada número.
Las bolas
Tanto las de premios como de números tienen 18,8 milímetros de diámetro y 3 gramos de peso. Son de madera de boj, con los números y letras grabados. Solían ser grabadas primero tallando el número en la propia bola, pero eso modificaba el peso de las bolas en cuestión, por lo que se pasó a utilizar el fuego para grabarlas. Actualmente, se utilizan láseres para marcar el número sin modificar el peso de la bola. Antes del sorteo las bolas se disponen en las liras, para comprobarlas. Las liras, colgadas en los paraguas, se vuelcan en la tolva, transparente, que a su vez se vuelca en el bombo.
El bombo es la caja esférica y giratoria que contiene las bolas durante el sorteo. De una en una las bolas caen en la trompeta que las conduce hasta la copa. De este recipiente de cristal se cogen para cantarlas. En la copa no debe haber más de una bola cada vez, pero si por algún fallo contuviera dos se cantará primero la que está debajo. Las bolas cantadas se van insertando en las tablas por orden de premios y de números.
Doña Manolita
Nace en 1.879 y abre en 1.904 su primera administración de loterías en la calle San Bernardo. Cuenta con 25 años y, aunque sus comienzos no son nada fáciles, tiene una belleza y carisma con las que pronto se ganará a sus primeros clientes, sobre todo estudiantes. Además, Doña Manolita empieza a repartir premios con bastante frecuencia, lo que supondrá el despegue definitivo de su negocio, que mantiene esa suerte hasta nuestros días.
En una época en que las mujeres estaban prácticamente relegadas a un segundo plano social, Doña Manolita se convierte no solo en una próspera mujer empresaria, también en musa de escritores, pintores... de artistas. Manolita es un ejemplo de coraje y valentía, máxime si se tienen en cuenta las circunstancias de comienzo del siglo XX. Ella es una de esas mujeres que se debería tener siempre en un lugar de la memoria, una mujer luchadora, de raza. En 1931 traslada la administración a la dirección número 31 de la Gran Vía madrileña. Doña Manolita muere el 7 de Mayo de 1.951 en Madrid, con 72 años, dejando la capital llena de ilusiones realizadas gracias a la suerte que durante toda su vida repartió…
¿Ya salió el gordo? ¿Te tocó? Chacho, nos entra un sobajeo este día…