sábado, 24 de diciembre de 2011

Navajeros

Nueva marejada en el partido socialista. O quizás mar de fondo. Siempre ocurre lo mismo. Desde los lejanos tiempos en que uno también se dedicó a eso de la ‘res pública’. Haciendo el borrego, por lo que fácilmente puede deducirse de estos espectáculos gratuitos con que nos deleitan los que aún siguen en la brecha. Abriendo ‘ídem’ por razones obvias. Tradúzcase en manifiestos y otros panfletos de igual o mayor porte.
Como respuesta a la iniciativa de Mucho PSOE por hacer (verdad más grande que la Catedral de Burgos) surge el atractivo Sí estuvimos allí. En ambos casos, nadie va en  contra de nadie, pero todos cargan cuchillo bien afilado a la cintura. Al más puro estilo bandolero. Mientras, el ganador, por mayoría absoluta, de las elecciones, que solo supo esperar sentado a que el entierro del cadáver pasara por delante de su escalinata, sigue bailando sobre una pata única. La otra, a buen recaudo, que por ahora ni falta le hace.
Si al frente de cada uno de los bandos colocamos a Chacón y Rubalcaba, me pregunto con cierta ingenuidad a qué demonios viene este ‘intercambio de pareceres’. Los últimos a subirse a este carro de los despropósitos, los del Sí estuvimos allí, se decantan por la continuidad del que fue candidato del Partido y se muestran orgullosos de haber contribuido al ‘éxito electoral’ y a los indudables méritos de Zapatero (logros que la Historia pondrá en su lugar). Y no aprueban (más bien reprueban) el que la que fue Ministra de Defensa quiera ahora abanderar un nuevo estilo, aunque ello signifique el alejamiento de las formas y procederes de ese pasado más o menos inmediato.
Se ha podido escuchar, y leer, que José Luis se molestó por este comunicado. Más tarde, que ni le va ni le viene. Por último, que se mantendrá al margen. Como –lo dicen ellos, que no yo– la derrota del 20N ha sido amplia y colectiva (los éxitos fueron exclusivos de Zapatero), no alcanza mi escaso alumbrado de cruce el porqué de esta desaforado interés por salir a los medios de comunicación en clara defensa (legítima, faltaría más) de su paladín Alfredo y la no menos intensa animadversión hacia Carmen. Si hemos de colocar en una balanza el grado de culpabilidad por haber sido partícipes en los gobiernos socialistas, no tengo muy claro hacia qué lado se dirigirá el fiel.
Eso sí, todos escriben acerca de lo qué hay que hacer. Todos tienen meridianamente claro cuál es la línea a seguir y en qué seno deberán ser debatidos estos menesteres supuestamente internos. Pero les puede el irrefrenable impulso. Los socialistas tienen mucho más que un tic; se trata de un resorte en el culo que los dispara cual escopetas al uso.
Rescato un párrafo: “Tras la derrota sufrida en las últimas elecciones, los socialistas tenemos por delante mucho trabajo que hacer. Un trabajo político que nos va a exigir inteligencia y un profundo ejercicio de autocrítica, pero también un profundo ejercicio de responsabilidad. Porque no sería decoroso que quien estuvo allí de manera evidente, y cabe decir entusiasta, aspirase ahora a sugerir lo contrario”. La mala leche que se destila en lo de ‘cabe decir entusiasta’, ahorra todo tipo de comentario. Y echa por el suelo lo de exigir inteligencia con ejercicios de autocrítica.
Si Zapatero lo hizo de puta madre, si Rubalcaba rozó la perfección en la campaña (contando la ventaja añadida de su designación), si el resultado fue inmejorable, no sé de qué se preocupan. Rajoy alcanzó la meta al tercer intento.
¡Ay, socialistas!, y los circos a falta de payasos. Y habla con ellos y te espetarán lo de no ser una organización de pensamiento único y que cada cual puede discrepar libremente. Luego, internamente, reconocen lo de los trapos sucios y tal y cual. Por cierto, soy uno de los tantos que reconoce que la arribada de Zapatero a la dirección del Partido fue ejemplar. Pero la salida, compadre (o compañero, como prefieras), ni corrido a gorrazos.
Acabo con mi enhorabuena a los madrileños. Desde los tiempos del admirado José Bonaparte (más conocido por José, allá por 1808) no habían tenido una Botella por autoridad suprema. ¿Les quedará alguna boda?