jueves, 29 de diciembre de 2011

Un entusiasta dehesero (5-1)


Dúplica a una “réplica obligada” (La Gaceta de Tenerife, 23 de enero de 1930, páginas 1 y 2) es otro extenso e interesante artículo del mentado maestro  José Vázquez, que le dirige a Florencio por otro de este (La Prensa, 2 de enero de 1930) y que tampoco he podido localizar (vaya fundamento de investigación, pensarán ustedes). Y que no me resisto a transcribir en su integridad (respeto su literalidad, por lo de los fallos ortográficos), pues los lectores podrán establecer las oportunas consideraciones. Las múltiples referencias que hace el señor Vázquez a la réplica del señor Sosa, nos traslada a lo que el señor Sosa Acevedo pudo dejar plasmado por escrito y a esa época pretérita en la que, la historia está ahí, la efervescencia política estaba a flor de piel.
«Y héteme otra vez, apreciable lector, ante unas cuartillas, dispuesto a dedicar un rato (robado a mis múltiples quehaceres) al señor Sosa y Acevedo, quien, si bien por lo pronto no lo es, acabará un día por ser un verdadero amigo nuestro.
Confío, señor director, en que, a pesar de resultarle latosa esta cuestión, por lo baladí del asunto, me perdonará que, por tercera vez, ocupe un hueco en el periódico de su digna dirección para contestar unos breves comentarios, por lo cual le doy las gracias más expresivas.
Y vamos al grano: Dice el señor Sosa y Acevedo que, serenamente, después de haber leído con atención lo que él y yo hemos dicho, pasa a hacer breves comentarios, como contestación a mi escrito en el cual, según manifiesta, aludo a su campaña en favor de las escuelas (¿ ?) y que rebato su artículo publicado en La Prensa de 2 del actual y que saco a relucir otras cosas...
Esta aseveración, como habrán observado los amables lectores, y todos mis compañeros profesionales, carece de fundamento, pues solo me ocupé de desvanecer un error en que incurrió el señor Sosa, que fué el de consignar que, al igual que un señor de Garachico, dije que en la escuela se enseñaba a libertarse de la azada, cosa a todas luces inexacta.
Creí que con lo expuesto en mi anterior escrito habría de quedar satisfecho el señor Sosa, pero… ¡naranjas de la China! por el contrario, afirma que lo que dije referente a la azada, es censurable por absurdo, improcedente, ANTICRISTIANO, etc.
¡Carape, señor Sosa, cuantos adjetivos me endilga! Y eso que "en su ideología, repite, hay un campo de franca tolerancia para las opiniones ajenas". ¡Qué sería si no existiese ese campo de que tanto alardea!
Anfibológica y algo desafinada, en verdad, me resulta esta parte de su catilinaria.
Y en lo de revolverse usted ab irato en contra mía, debió entender el señor Sosa que yo me refería a mi escrito, no a mi persona, que bien poco le habrá de interesar,
Pero eso fué un quid pro quo, ¿verdad?
¿Risum teneatiss amici...?
Como usted se ratifica en lo manifestado en su anterior artículo, quedaremos en que cada uno estornuda como Dios le ayuda, lo que quiere decir que cada cual expone las cosas del mejor modo que sabe o puede, ¿estamos?, pero, caso de entablarse discusión, no se debe emplear el estilo intransigente que tanto molesta, porque encalabrinándose, aferrándose a un craso error, sin darse a razones, es imposible llegar a un acuerdo… concreto; con galimatías se trae la confusión de ideas.
Usted cree haber justificado lo que dijo y yo creo haber demostrado lo contrario; pero pongamos punto final a esto, que, con seguridad, el asunto no traerá un probable casus belli, pues no está el horno para bollos, ¿lo parece?
Dije que al peón de azada le importaba un ardite que lo que siembra se lo lleve o no la trampa, porque ni el terreno ni las semillas son suyos,
Y usted me refuta de este modo: "bonito concepto se ha formado usted de los trabajadores manuales".
Veamos: Si a un obrero del campo (no al labriego propietario) se le pregunta, después de pagarle su trabajo: ¡Oye, muchacho! ¿a ti te agradaría que esas simientes que has puesto en la tierra produjeran ciento por uno?, el trabajador diría, con toda sinceridad: Sí, señor.
Ahora, de otro modo: ¡Oye, muchacho!, tus jornales te serán pagados cuando se recoja la cosecha, que, Dios mediante, será buena, pues el tiempo se presenta propicio este año... y el peón contestaría enseguida: No. señor; yo necesito mis jornales para el sostenimiento de mis hijos y el mío propio y no puedo esperar cuatro meses, aunque usted me abone el doble; a mí me importa muy poco que su cosecha se guarezca o no; lo que me importa mucho es cubrir mis necesidades, por que vivo al día...
Esto encaja en mi ideología (digo, idealismo, porque ideología es la rama de las ciencias filosóficas que trata del origen y clasificación de las ideas, e idealismo es la condición de los sistemas filosóficos que consideran la idea como principio del ser y del conocer); sin embargo, si lo anteriormente expuesto sobre lo que diría el peón de azada no fuera razonable, me agradaría verlo explicado de otro modo más completo y satisfactorio, dentro de lo posible; ¿le parece, señor Sosa? No me agrada ser un soñador,.. Si usted quiere, la pregunta que me hace de que si me importa un ardite la escuela (si la tuviera) y los alumnos, queda contestada con lo expresado ya, pues el peón de azada trabaja aquí, allá y acullá, donde mejor le retribuyan su trabajo, y el maestro, que, después de sus estudios en la Normal, de su preparación para las oposiciones y de su actuación en ellas, consigue entrar de lleno en la carrera, no está en igual caso. ¿Dí en el hito??
El maestro tiene que concretarse a su escuela y a velar por el engrandecimiento de la misma, que a todos debe interesar por igual, ya que es acción social, difusa y continua.
Pero no hablemos más de la azada; cambiemos de disco, ¿le parece?
No es, pues, la sensualidad, ni un materialismo abyecto lo que nos guía; nosotros, los maestros, si bien recordamos con horror los tiempos aquellos tan nefastos en que los Municipios pagaban tarde y mal a los educadores, hoy, afortunadamente, el Estado atiende esas obligaciones con exactitud y el maestro labora y sacrifica su vida en aras de la enseñanza, sin que tampoco deje de preocuparse, como los demás empleados del Estado, de su mejoramiento pecuniario; por que el espíritu no tiene manifestación vital sino cuando la materia está satisfecha en sus necesidades.
Plácenme en extremo las manifestaciones que el señor Sosa y Acevedo hace en su escrito Entorno a la cuestión de las escuelas, contestando a la pregunta que le dirigimos sobre sus propósitos de dignificación de la escuela, en que dice: ''algo le dirán mis trabajos que vaya publicando. Poco a poco; no hay que precipitarse."
Muy bien. Será usted leído con toda reverencia y, sin embajes ni reticencias, diré lo que, a mi juicio, merezcan sus escritos futuros que traten sobre la tan manoseada dignificación (¿?). Se apreciará su euritmia…
                                       (continuaremos)