lunes, 30 de enero de 2012

El calvario de Paulino

Estoy preocupado porque observo nervioso al presidente canario. Sus gestos no me gustan nada. De sus declaraciones escribiré después. Echen la pertinente visual a las fotografías y no me digan que esa seriedad (en dos instantes bien diferentes) puede considerarse normal. Yo entiendo que algo grave está rondando por su sesera. Puede, me imagino, que los editoriales de cierta prensa lo traiga a mal vivir. Y lo comprendo. Porque no debe ser agradable el que un día, y el otro también, se levante a sabiendas de que no solo va a ser él la diana de tanto dardo envenenado, sino que, además, su familia no se libra de los improperios. Y para más inri, en mi pueblo hemos contribuido a levantarle los ánimos al vilipendiador. Aunque me alegro que sigan incrementándose las voces en contra del acuerdo adoptado en el salón de plenos realejero, me entristece que estos hechos se produzcan. Porque una cosa es disentir en la gestión política y otra bien diferente sumergirse en un lodazal de escarnios. Por mucho ‘miedo’ que puedan tener los políticos a los dictados de un medio de comunicación, hay razones más que poderosas para no llegar a estos extremos. El ayuntamiento de mi pueblo pudo, perfectamente, dar marcha atrás y, simple y llanamente, dejar sin efecto el acuerdo de marzo pasado (creo), alegando, sin más, la peligrosa deriva habida. ¿O sería la primera vez en que un acuerdo plenario anula otro anterior? Detrás de cada acción política, no olviden que estamos los votantes, los electores, en suma, el pueblo. Incluso la amenaza (¿de qué otro modo podemos mentarla?) de pretender aprovechar el acto del descubrimiento de la placa que da nombre a la calle en cuestión para redundar en sus batallitas, debe ser tajantemente cortada. Y si hay que suspender el acto, que se haga. Hoy antes que mañana.

No, de drástico nada. Explíquenme ustedes a mí cómo debo interpretar el contenido de esta nota que el ‘ilustrísimo’ señor publicó en su diario: "En un próximo comentario y en las palabras de inauguración y rotulación de la calle que le ha concedido el Ilustre Ayuntamiento de Los Realejos al editor y director de EL DÍA, José Rodríguez, además de sus naturales y expresivas y sinceras palabras de gratitud al partido que aprobó con su mayoría la distinción otorgada, y al pueblo en general, hablará también del rencor del incompetente y necio político de CC que ha desgraciado a Canarias, Paulino Rivero, y del odio que anida en las cabezas de los socialistas políticos, que no humanistas, y de la izquierda comunista, antipatriotas que tanto odian al pueblo negando los derechos de los canarios". Te recuerdo la votación habida en la sesión plenaria del pasado jueves. Votó afirmativamente el PP, se abstuvo CC, y votaron en contra de la propuesta el PSOE e IU. Meridianamente claro, ¿no?

Imagínense ustedes que vamos al susodicho acto, a celebrar el 11 de febrero (sábado) a las 12 horas. Te adjunto en la ilustración el plano para que te sitúes. Y allí, cumpliendo con sus amenazas, don José Rodríguez Ramírez arremete contra los ediles de Coalición Canaria, Partido Socialista e Izquierda Unida (que como representantes legítimos de un importante sector poblacional realejero pueden estar haciendo acto de presencia). Un servidor, como exalcalde de la villa, también está invitado. Y todo el que quiera, faltaría más. En ese hipotético supuesto, ¿qué hacemos? ¿Rompemos los esquemas, la baraja, el protocolo –lo que tengan a bien denominar– y le agradecemos sus palabras con una sonora pitada? ¿Llevamos las cacerolas en una mochila por si es menester utilizarlas? ¿Se quedaría –insisto, ante la posible situación– impertérrito ‘mi’ alcalde? ¿Le agradecería al homenajeado los desvelos ‘informativos’ para con nuestro pueblo, otrora cenicienta del Valle (que mentó otro ex)? ¿Le reprocharía públicamente tan feo gesto, que se contradice con el dadivoso regalo institucional? Un dilema, ¿no?

Hombre, qué quieres que te diga, tal y como están los hechos lo anteriormente descrito puede ser peregrinamente factible. Lo de que hablará del rencor y bla, bla, bla, no lo estoy manifestando yo. Por cierto, causa tremenda gracia lo del encono, la tirria, la aversión, la inquina. Mírese al espejo, cristiano.

Dije (escribí) en el primer párrafo que comentaría ciertas declaraciones de Rivero. Me temo que tendré que dejarlo para mañana, que será otro ‘día’. Mejor, así medito unas horas más. Voy a comprar el periódico. Hasta luego.