viernes, 27 de enero de 2012

La Justicia que tenemos

¿Pero es que tenemos Justicia (con mayúscula)? Pues, la verdad, no me había dado (de) cuenta. No, de lo de Camps ya se ha escrito bastante. Aunque, siquiera por el oportuno contrapunto, han sido tantos los ‘fallos’ habidos con esta modalidad del jurado, que ya uno se queda dudando en qué le sería conveniente en caso de verse involucrado en cualquier proceso judicial. Oh, fíjate tú la casualidad de que las únicas cinco personas de toda la Comunidad que creían en la inocencia del muy honorable, fueron elegidas para dictaminar. Y es que otras perlas, como la de Juan del Olmo –que ahora mentaré–, te hacen dudar de la ecuanimidad de los unos y del otro (u otra). A lo que se suma también el señor ministro del ramo conminándonos a que lo pensemos unas mil quinientas veces antes de acudir al juzgado, porque como te entusiasmes demasiado vas a tener que pagar como un descosido. Y en esto llega el aspirante socialista Rubalcaba rebatiéndole que esta medida perjudica sensiblemente a los menos pudientes.  En este punto entro yo de confianzudo y le espeto a ambos el que me busquen la diferencia con la situación actual, o es que acaso piensan sus ilustrísimas que la justicia (a partir de aquí, con minúscula) es igual para todos. Y una mierda espichada en un palo. Acabaremos, más pronto que tarde, como en los Estados Unidos: si tienes perras, puedes ir al médico, buscarte un abogado o dedicarte a la política; si no, a llorar a la plaza. Lo del ‘cachondeo’ lo inventó un tal Pedro Pacheco y, visto lo visto, no iba muy descarriado el hombre.

Pero para hombre sesudo, uno de los que ocupan el escalón más alto del escalafón, el juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, quien en sentencia ejemplar afirmó que llamar "zorra" a una mujer no es delito ni falta ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad quiere decir que dicha mujer es astuta y sagaz. Muy lince (para no repetir zorro) el señor magistrado. Se ganaría la vida fácilmente como profesor de lengua en cualquier instituto o universidad.

Una señora (muy astuta ella; me dio repelús poner zorra) estimó conveniente dirigirle atenta misiva al susodicho. Y como estimo que retrata adecuadamente la situación, allá va:

"Estimado juez Del Olmo: Espero que al recibo de la presente esté usted bien de salud y con las neuronas en perfecto estado de alerta como es habitual en Su Señoría.

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad entre la comunidad de vecinos. Animada por la última sentencia de su cosecha, que le ha hecho comprender la utilidad de la palabra como vehículo para limar asperezas, y echando mano a la riqueza semántica de nuestra querida lengua española, mi querida tía abuela, mujer locuaz donde las haya, le ha saludado con un jovial ‘que te den, cabrito’.

Como una hidra, oiga. De poco me ha servido explicarle que la buena de la tía abuela lo decía en el sentido de alabar sus grandes dotes como trepador de riscos, y que en estas épocas de recortes a espuertas, desear a alguien que le den algo es la expresión de un deseo de buena voluntad. El sujeto, entre espumarajos, nos ha soltado unos cuantos vocablos, que no sé si eran insultos o piropos, porque no ha especificado a cuál de sus múltiples acepciones se refería, y ha enfilado hacia la comisaría más cercana haciendo oídos sordos a mis razonamientos, que no son otros que los suyos de usted, y a los de la tía abuela, que le despedía señalando hacia arriba con el dedo corazón de su mano derecha con la evidente intención de saber hacia dónde soplaba el viento.

Como tengo la esperanza de que la denuncia que sin duda está intentando colocar esa hiena -en el sentido de que es un hombre de sonrisa fácil- llegue en algún momento a sus manos, le ruego, por favor, que intente mediar en este asunto explicándole al asno -expresado con la intención de destacar que es hombre tozudo, a la par que trabajador- de mi vecino lo de que las palabras no siempre significan lo que significan, y le muestre de primera mano esa magnífica sentencia suya en la que determina que llamar zorra a una mujer es asumible siempre y cuando se diga en su acepción de mujer astuta.

Sé que es usted un porcino -dicho con el ánimo de remarcar que todo en su señoría son recursos aprovechables- y que como tal, pondrá todo lo que esté de su mano para que mi vecino y otros carroñeros como él -dicho en el sentido de que son personas que se comen los filetes una vez muerta la vaca- entren por el aro y comprendan que basta un poco de buena voluntad, como la de mi tía abuela Felicitas, para transformar las agrias discusiones a gritos en educados intercambios de descripciones, tal y como determina usted en su sentencia, convirtiendo así del mundo un lugar mucho más agradable.

Sin más, y agradeciéndole de antemano su atención, se despide atentamente, una víbora (evidentemente, en el sentido de ponerme a sus pies y a los de su señora), salude a las zorras de su esposa y madre”.

Puede que cuando este post vea la luz ya se haya dictado sentencia condenatoria (qué otra cosa podemos esperar) en el caso de Garzón. O a lo peor lo declaran culpable y no culpable al mismo tiempo, porque en este mundo de locos, el ser cuerdo –se le presupone a los que deben impartir justicia– constituye de por sí una auténtica locura. Y propongo, por último (y sin que valga para nada), que cuando nombren a los miembros de un jurado popular, aparte de medir que el coco le funcione bien, asegúrense de que ven y oyen correctamente. Sostengo que estos nueve valencianos eran todos políticos, únicos especímenes que son capaces de ver blanco y negro, a la par, el mismo objeto (y sujeto, por extensión), o no escuchar nada cuando hay una escandalera de no te menees.