jueves, 16 de febrero de 2012

Carnaval, carnaval

Parece que eso de echarse una mascarita está pasando a la historia. Ahora se imponen otras modas, otras costumbres. Proliferan los grupos organizados y todo pretende estar sujeto a los cánones de rigor. La improvisación, alma máter del carnaval de antaño, ha dado paso a los concursos, a las exhibiciones. Todos los actos se encorsetan y hallamos dos mundos bien diferenciados: el de que se manifiesta y expone con el llamativo disfraz y el espectador que observa el desfile que la organización ha tenido a bien mostrarle.
Contemplaba hace escasos días la gala de la elección de la reina infantil en Las Palmas. Y aunque ya he tenido la oportunidad de declararlo en ocasiones anteriores, no está de más el recordarlo. El traje, que nada tiene que ver con vestimenta, ya no es un complemento que le colocamos a la pequeña para ponerla guapa o para que se luzca ante la concurrencia. Qué va, es un elemento extraño, fabricado ex profeso para que la chiquilla lo arrastre como si de una carreta se tratara. No, no oso llamar a la infante novilla, pero sí digo que eso es una tremenda animalada. Los diseñadores bien podrían obviar la parte humana del espectáculo, pues con poner los armatostes en cualquier lugar donde puedan ser visionados, sería más que suficiente. Lo otro es inhumano, salvaje y bestial. Y en las adultas, tres cuartos a peor. Ni las buenas yuntas de las romerías de pueblo hacen tanto esfuerzo y sacrificio como estas mozas. Ya solo faltaría hacer un concurso al más puro estilo del de los arrastres.
Cuando reclamamos igualdad en el trato, no discriminación por razón de sexo y mil cuestiones más, no entiendo ciertas mentalidades. Como la de la eterna candidata que no se corta un pelo en revelar que lleva cinco años intentando serlo, o es la tercera vez que me presento, o es el quinto certamen en el que participo. Por lo visto la coletilla del ‘no me lo esperaba’ es tan ansiada que cualquier inmolación queda debidamente justificada. Ignoro si a este tipo de aspirantes le han comido el coco con vanas promesas, pero recordé la realizada por el ruso Putin que ahora ha descubierto la pólvora prometiendo el oro y el moro a los ciudadanos. Con el moro no me meto por cuestiones de racismo, pero lo del metal me hizo retornar a los años en los que algunos historiadores sitúan un célebre robo o expolio (por supuesto, el oro de Moscú).
Todo lo anterior choca frontalmente con la época tremenda de crisis que sufre este país, en el que no hay trabajo, los parados salen de debajo de las piedras, el despido está más bien barato, el rico es cada vez más rico… Pero el carnaval, paisano, es el carnaval; una fiesta es algo sagrado, inviolable. Si no hay, se busca; si no como, voy a un comedor asistencial; si no compro el material para el colegio, que me lo solucione la maestra… Amigo, amigo, amigo, el carnaval es tan sagrado que incluso podría retrasar el inicio de las protestas sindicales por la implantación de la reforma laboral del Partido Popular. Temen los dirigentes sindicales que vayan a hacer el ridículo más espantoso ante la posible escasez de manifestantes.
Ya puestos les propongo a los sindicatos que se constituyan en grupo coreográfico, rondalla, o, mejor aún, en murga. Bueno, ya lo son (y a sus actuaciones me remito), pero disfrutarían del privilegio de poder cantar letras originales, incisivas, reivindicativas… Demostrarían garra, tesón, ganas en el escenario con el acicate de que allí enfrente estarían las autoridades, los políticos, las dianas de sus dardos. Y como la vida es un eterno carnaval, jamás estarían ociosos. Tendrían esa nueva inyección económica (para una buena clasificación en el apartado de presentación), lo que unido a los generosos dispendios de los gobiernos de turno, haría posible un notorio incremento de popularidad, fidelidad, credibilidad…
Bueno, me voy, tengo que ir a probarme. Hasta mañana.