miércoles, 22 de febrero de 2012

Demasiados polvos

No sé si seré el único que lo piensa, pero tengo la impresión de que nos estamos pasando. El exceso de polvos en estas carnestolendas puede causar alguna que otra indigestión. O dolor de bajo vientre, vaya usted a saber. La profusión de los derrames blanquecinos, tirando a leche en polvo (más de cinco toneladas en La Palma), acarreará, más temprano que tarde, complicaciones –ojalá no sean irreparables– en la salud de quienes creen que en unas horas apenas el cuerpo humano es capaz de aguantar tales dispendios. Y eso, está demostrado científicamente, acaba por pasar factura. Vamos, que no toda vaca lechera produce de por vida. Incluyan en tal ganado los propios ayuntamientos.
Todo se inició, años ha, con la entrega masiva de condones para general regocijo de la pibería. De aquellos chingos (canarismo: salpicaduras) hemos desembocado en estas inundaciones. No me extraña que los obispos pongan el grito en el Cielo (dónde iba a ser, si no) con esto del pim, pam, pum, fuego, y tiro porque me toca. Y lo malo es que se contagia. Ya se sabe que el pecado capital de la envidia no requiere demasiados apoyos para que se expanda indefinidamente. El ‘culo veo, culo quiero’ tiende a propagarse en Canarias de manera harto pasmosa.
Conozco gente de mi pueblo que se priva (quita, despoja, desnuda) de lo que menester fuere con tal de estar el lunes de carnaval en la calle Real de Santa Cruz de la Palma echando polvos como un descosido. La llamada de la negra Tomasa ha hecho posible que la clientela se haya incrementado hasta extremos que van mucho más allá de lo que la normal resistencia humana presupone. Muchos han agudizado el ingenio y recurren a las ayudas externas de potentes máquinas con las que aumentar la potencia de los polvos. Como diría cierto exalcalde de este Norte: eso es un “descándalo”.
A los indianos palmeros les salen competidores. Puede que la crisis (¿dije crisis?) haya hecho posible que la chispa prenda y se trasmita cual reguero de pólvora. Allá por Vegueta se comenzó tímidamente a echar unos polvitos apenas. Y para los que no han podido subir las escalerillas de cualquier medio de transporte ha significado una magnífica válvula de escape. Porque si se trata de echar un polvo, también vale, como último recurso, hacerlo en casa, ante los incondicionales. No será lo mismo, pero un buen sucedáneo puede, a la perfección, cubrir las necesidades más perentorias.
En La Gomera, para no ser menos, han redescubierto la empolvada. Pongo ese prefijo porque alegan los nativos que es tradición de hace más de un siglo. Y como no queda nadie vivo para ratificarlo, lo mismo habrá que creérselo. Puede que una señora, subiendo años ha con la sereta en la cabeza hacia La Lomada, haya tenido la desgracia (para ella; para el resto, todo un acontecimiento) de resbalar y hacérsele añicos el tarro de polvos que llevaba para las escoceduras del crío y… El resto está servido. Bastó con silbarlo para que se popularizara.
Ignoro si fue Asier Antona, Javier Trujillo o el propio José Manuel Soria quien llevó la receta a Mariano. Pero este, ni corto (sin dobles) ni perezoso, hizo suya la brillante idea y nos mandó tremendo rapapolvo (que es como un polvo elevado a la enésima potencia): la reforma laboral. Con la cual me ‘despido libremente’ deseándoles tengan todos un feliz ‘entierro’ (de la sardina). Y no desperdicien la oportunidad, si se les presentase, que no hay nada como…
Finalizo. Este año no iré a las Fallas, no sea que me den chucho. Lo mismo aprovecho esas fechas para presentar un libro. Hasta luego.