jueves, 1 de marzo de 2012

Doña Rosario Oramas (y 2)

– ¿Me dá V. el nombre de esa señora?
–Doña Rosario Oramas y Hernandez.
–¿Fueron sus padres?
–D. Pablo Oramas y Quevedo y Doña Andrea Hernandez Oramas.
–¿Su edad al morir?
–Setenta y un años.
–¿Nació en…?
–San Juan de la Rambla.
–Ya vé V. si había algo que anotar; no hay reliquias de más estimacion para un pueblo que los restos da la que fué modelo de tan altas virtudes, ni monumento mas hermoso que el de la gratitud y el aplauso.
–La plaza no tiene nada de particular; á lo que se vé, por las noches sólo la ilu­mina un farol.
–Ese farol lo regaló Doña Rosario Ora­mas y de su cuenta corría encenderlo.
–La Iglesia es bastante buena para el corto vecindario del pueblo; el dorado antiguo de sus altares es notable y no deja de tener mérito su techo; aquel reloj árabe que está á la derecha, ofrece novedad; el pavimento es excelente; las cortinas que decoran los pilares, revestidos tal vez desde el sabado santo, son elegantes; aquel cua­dro de ánimas revela inteligencia en el pintor. Hola, el órgano es una pieza de lujo. Ya sabe V. que no me ha pesado ha­ber distraido este rato de mis ocupaciones.
–¿Sabe V. á quien se debe el reloj, el pavimento, las cortinas, el cuadro de ánimas, el órgano y otras muchas cosas de las que posee este templo? Pues á la gene­rosidad de Doña Rosario Oramas. Sobre cuatrocientos pesos le costó embaldosar una nave; sobre mil trescientos el órgano; todo de su peculio particular y siento no poder precisar el importe de otros donati­vos v de otras reformas.
–Le digo á V. que la Rambla debe per­petuar de algun modo el nombre de esa señora.
–A las ermitas de los pagos de S. José y Sta. Catalina, tambien hizo importantes regalos.
–Lo anoto. Por lo visto vamos á llegar al término del pueblo; me parece que aquello es el Calvario.
–Si, señor, ese que está á la derecha de la carretera: lo costeó Doña Rosario, prestándole el público algun pequeño auxilio.
–Por fin me va V. á decir que hasta el cementerio, que está al lado, y que por lo que descubro, es lo mejor del pueblo, tam­bien lo costeó, esa señora.
–Y no le quede á V. duda; en parte, asi fué: la escalinata, los estanques que recojen el agua, para regar las flores, los ca­napés y no recuerdo que otras cosas, se hicieron á expensas de Doña Rosario Oramas: es más, ella era quien gratificaba á la persona encargada de ese lugar santo.
–Vamos, que ya habrán enganchado y deseo seguir mi escursion á Buenavista, pasando por Icod y Garachico. Diga V.., me parece que siento música, ¿hay aqui alguna banda?
–Hay dos; el instrumental de la mas antigua y el primer maestro que enseñó á los aficionados, corrieron de cuenta de Doña Rosario Oramas, incluso atriles, fa­roles, etc. Me parece que todo le importó sobre quinientos duros.
–Me explico bien que el pueblo vista de luto por esa señora; es la manifestacion externa del sentimiento que le ha produ­cido su muerte. Pero ese luto desaparecerá pronto. –V. que es de la localidad y que en ella tiene seguramente amigos, influya para que no queden en el olvido las raras virtudes de Doña Rosario Oramas: en cam­po más dilatado y con mayores recursos, hubiese hecho bastante para que su nom­bre fuese una celebridad. Las obras del bien y los méritos de la filantropía, valen mas para los pueblos que las glorias que reflejan sobre ellos muchos genios. Haga V. por que siquiera un modesto mausoleo recuerde su nombre en lo futuro y en lo presente lo dé á conocer á los forasteros: ese mausoleo no sera el homenage rendido á la memoria de un nombre ilustre en las ciencias, las artes ó la milicia, de esos á que da nuevo y mas brillante relieve el trascurso de los siglos, pero San Juan de la Rambla debe grabar con letras de oro y recordar con veneración el de la que le hizo tanto bien, el nombre de Doña Rosario Oramas.
Mas que á ella, que ya no necesita los efímeros lauros de la tierra, ese recuerdo honrará á los que se lo consagren.
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Y así concluía. Sin firma. Como habrán observado no se distinguían los tipógrafos por su cuidado en la ortografía de los textos. Mucho hemos cambiado desde aquellos tiempos del plomo. Afortunadamente.
A buen seguro que nada nuevo he aportado a la historia del pueblo vecino. Pero debo confesar una vez más que me puede cualquier periódico ‘viejo’ que caiga en mis manos. Y desde 1889 hasta hoy han transcurrido bastantes abriles.
Hasta la próxima.