viernes, 13 de abril de 2012

2500 y más

No sé en qué demonios estaría pensando Mariano Rajoy cuando manifestó que las operaciones en efectivo tendrían el límite de 2500 euros. Parece que aclaró que la medida se aplicaría en las transacciones entre profesionales. Con lo que me quedé mucho más aliviado. Es decir, puedo continuar con la manía de llevar en el bolsillo una buena cantidad de billetes y monedas que me permitan acometer aquellos gastos, superfluos o no, que a uno le surgen en cualquier esquina. Pero no soy yo solo, no te vayas a creer. Hay otro aficionado (acepción de no profesional) llamado José Manuel Soria que, al igual que otros muchos ciudadanos de a pie, suele pagar los cortados con los corrientes Bin Laden (500 euros de nada) y deja la vuelta como propina a los camareros de turno. Jolines, agüita cuando nos manejemos con petrodólares repsolianos.
Como debido a los permanentes recortes me he visto obligado a restringir los viajes al extranjero, siento no poder darles el parecer de las gentes que habitan esos parajes que se vislumbran allende Los Pirineos. Pero por informaciones recibidas de fuentes dignas de todo crédito –que uno presume de tener amigos hasta en el infierno–, me llegan comentarios de que no estamos saliendo muy bien parados. Y no es por la sencilla, y manida, razón de que Zapatero dejó el territorio patrio hecho un erial, sino porque no atisban –nosotros tampoco– que el recambio haya sido el adecuado. Máxime cuando sus reiteradas actuaciones –incluyan las espantadas a través de la M-30 rumbo a la salida trasera– vienen a ratificar la inconsistencia de unos supuestos líderes que, para mayor escarnio, realizan declaraciones que deben ser desmentidas al día siguiente porque es conveniente seguir practicando lo de somos una piña (ajada, madura y pocha).
Por ambientes más cercanos, debo comentarles que vino una tal Pilar Eyre a firmar libros. Y en un descanso de tal quehacer, y a preguntas de los plumillas, respondió la buena señora que “una mujer normal no aguantaría al rey”. Y la frasecita tiene su enjundia. Se refería, claro, a doña Sofía, la abuela del chaval que usa armas de fuego con 13 años apenas, y suegra de un exjugador de balonmano que sigue, por lo que se oye y lee, metiendo tal extremidad en deportes de riesgo bien diferente. A un realejero, cuyos únicos vínculos monárquicos se remontan a la época que colaboraba con cierto periódico tinerfeño, ahora dado al independentismo y a poner a caer de un burro a Paulino y Ángela, bajo el lema ‘Desde La Corona’, se le ocurren varias preguntas:
¿No es normal la reina de España? En caso de respuesta afirmativa, ¿deviene su anormalidad por el extremo super de la escala por la que se rigen los tests de inteligencia, o acaso por el de la banda contraria, a saber, sub. ¿Se intenta equiparar la figura del Borbón con la de un ser de vida casquivana, parodiando a Camilo José Cela? ¿La capacidad de aguante, que se trasluce de las palabras de la escritora, se debe a una excelsa prueba de amor a un mero ejercicio de conveniencia?
Me bastan de muestra, aunque, como expreso en el título, hay más, podrían haber muchas más. Porque la autora de ‘La soledad de la Reina’ ha venido soltando muchas más lindezas. ¿Para promocionar la publicación? Por supuesto, pero habrá medido muy mucho el alcance de sus dardos no sea que le caiga arriba toda la tropa, que por lo se comprueba se prepara desde bien temprana edad en los entresijos de los disparos.
En fin, amigos, ya es viernes (y 13). Mañana sábado, al tiempo de que se cumple el centenario del hundimiento del Titanic (del correíllo La Palma ya han escrito otros), y si por un casual no me asomo a esta ventana, por lo del fin de semana, tengan todos Salud y República.