sábado, 28 de abril de 2012

Ya estoy aquí

Aquí estoy en la capital tinerfeña, es 24 de abril, martes, y hace cuatro días que me operaron de una hiperplasia benigna de próstata en Hospiten (lo escucho siempre Hospitén, pero no atisbo la tilde en cuanta información he hallado al respecto) Rambla. Para entendernos, y si pasas de los cuarenta que te valga de consejo, a ciertas edades uno de los pocos órganos que nos crece a los hombres es el antes expresado. Así que déjate de boberías y acude al urólogo, que ya luego él te indicará los pasos a seguir.
Me he podido percatar en estos casi tres meses de espera que existe un temor casi generalizado en manifestar abiertamente que se tiene, o se ha tenido, algún tipo de disfunción causada por la misma porque se la relaciona, en la mayoría de las ocasiones, mucho más con el aspecto sexual que con el urinario. Y nadie soy yo para llevar la contraria en pareceres tales, pero, y si me permiten el consabido contrapunto, nada hay mejor que mear a gusto. Y ello se convierte en principio básico si tienes la desgracia, y ese fue mi caso, de quedarte completamente trancado y sin aviso previo allá por el 8 de febrero, miércoles para más señas.
Y aquí, con esta miniatura que me regalaron en los pasados Reyes, demasiado pequeño, a mi modo de ver y entender, para los años de un servidor y para quienes ya disfrutamos, desde tiempo atrás, con la vista cascada, que es algo más que cansada…
El texto anterior, en cursiva, fue redactado, efectivamente, estando ingresado en la 405 del centro hospitalario reseñado. Era el primer pinito de la escritura tras la saja de rigor. Me cansé pronto por lo que ustedes pueden comprobar. Luego pasé al modo tradicional en una libreta que me acompañaba (y salieron unas décimas que cuando las haga llegar al personal que gentilmente me atendió en la próxima visita del día 15 –San Isidro–, las colgaré en este mismo medio para que ustedes se rían un fisco de las boberías que todavía se me siguen ocurriendo) . Bueno, quien me acompañaba de verdad era mi mujer, que manifiesta, tras aguantarme bien de cerca durante los ocho días (y siete noches, cual si de un viaje del Imserso de tratara), que no me quejé demasiado, lo cual es todo un éxito para ser mi primera vez que me alojo en dependencias tales.
Pero ya estoy aquí, liberado del colgajo (tú puedes leer sonda, que queda mucho más fino, pero causa idéntica molestia) y volviendo a miccionar (tú puedes leer lo otro, y lo mismo nos entendemos mejor) por mis propios medios.
He bebido agua como para aborrecerla. Estuve, tras la operación, con tantas tuberías que parecía esos lugares de las carreteras del Sur de la isla en la que observamos cientos de canalizaciones para transportar el líquido elemento (sitúate entre Guía de Isora y Adeje, por ejemplo). Pero el trabajo de fontanería, como dice el urólogo, exige esos sacrificios y bien aceptados sean cuando el resultado salta a la vista.
Nada más llegar al pueblo, ayer por la tarde –tras un trayecto infernal desde La Laguna con la lluvia y la niebla–, fui gentilmente recibido con unos fuegos de artificio (qué menos para un realejero) de las fiestas de la Cruz del Peral. Menos mal que ya me habían quitado los puntos, que si no me salta una grapa a un ojo. Coño, estás comenzando a virarte para el otro lado, tras bastantes sacrificios para agarrar la posición sin que la herida te haga mucha mella, y te mandan un estampido que casi te hace caer de la cama. Este pueblo mío no tiene remedio (aunque sí Remedios, virgen ella, eso dicen).
Bueno, basta por hoy, que tampoco es cuestión de envalentonarse. Intentaremos retomar la normalidad poco a poco. Algunos incondicionales preguntaron que dónde me hallaba. Pues ya lo saben. No obstante, ya estoy aquí, en la quietud del hogar.