viernes, 18 de mayo de 2012

Desmitificando

Desde el pasado 8 de febrero llevo dándole vueltas a la cabeza. Y he llegado a la conclusión de que la palabra próstata es un vocablo maldito. Como lo es, sin ningún género de dudas, el término tumor. Porque ambos, casi sin excepción, son relacionados inmediatamente con algo malo. Y ni es así necesariamente, ni siquiera en la inmensa mayoría de los casos. Me pongo de ejemplo (y a perdonar):
A un servidor le indicaron hace bastantes años que fuera al urólogo pues a raíz de cierto dolor abdominal, y tras ecografía y colonoscopia, el médico observó que la próstata había crecido más de la cuenta (hiperplasia). Comienzan las analíticas y la cuantificación del PSA (antígeno prostático específico) en sangre siempre salió elevado, por arriba de su valor máximo en la escala 0,0-4,0 ng/ml (nanogramos –millonésima parte del gramo– por mililitro). Como uno seguía orinando bien y no padecía los síntomas que puedes hallar en cualquier manual (chorro débil o en forma de ducha (a veces, doble), necesidad de ir muchas veces al baño, sobre todo durante la noche, etc.), el especialista entendió que el elevado índice del PSA era debido al aumento de tamaño de la glándula. No obstante, pasado cierto tiempo (debieron ser dos o tres años) consideró conveniente realizar una biopsia.
Dado que en el centro médico al que estaba acudiendo no podía efectuarse la prueba mencionada, me dirigí a Hospiten Rambla y desde entonces allí continúo. Se llama el especialista que me atiende Pablo Sánchez Clavero. Y lo menciono porque solo tengo palabras de agradecimiento por el tratamiento recibido y que así plasmé en las décimas que ya ustedes conocen. ¡Ah!, el resultado de la biopsia fue completamente normal y el análisis patológico de las muestras indicaba que aquel cacho de carne estaba listo para el consumo. Demasiada expresividad, ¿no?
Y seguí con mi hiperplasia prostática benigna o adenoma de próstata, pero siempre con el consejo urológico, aparte de Omnic Ocas –medicamento al uso–, de que el prostatón podía jugarme una mala pasada en cualquier día. Y vaya que sí. Sin previo aviso, sin disminución aparente de chorro, el día al principio mencionado dijo que hasta ese momento había llegado. Y me dejó trancado por completo. Ni me quiero acordar de lo mal que lo pasé hasta que en Bellevue me colocaron una sonda que me permitió vaciar una repleta vegija a punto de explotar (es un decir, porque el urólogo me indicó posteriormente que ese balón es capaz de soportar varios litros). Esta primera era de bolsa fija (que debía vaciar a través del pertinente tapón), por lo que esa primera semana fue horrorosa.
Me la quitan ya en Santa Cruz y la cosa no funciona: el aparato urinario no responde, la uretra sigue obstruida, la próstata no quiere distenderse. Vuelta a empezar y ahora durante quince días. Con los inconvenientes de rigor, pero con el alivio de que la bolsa solo me la ponía por la noche; por el día evacuaba quitando simplemente el tapón. Nueva retirada (ños, qué desagradable) y se decide la operación: adenomectomía retropúbica tipo Millin. El denominado láser verde no lo cubre Adeslas y para próstatas como la que tenía un servidor (con su tamaño, y consiguiente peso, cuadriplicado), mejor la primera aunque con más inconvenientes postoperatorios.
Mes y algo de espera meando por caño ajeno. Pruebas, anestesista… Operación (lee otra vez las décimas). Y aquí estoy. Soy uno más de los ochenta de cada cien que más tarde o más temprano se peleará con la hiperplasia. La inmensa mayoría, repito, benignas.
También está el otro caso, que se detecten células cancerígenas. Enfermedad que es de lento proceso por lo que la mayoría de diagnosticados, sobre todo personas de avanzada edad, se mueren de viejos o de cualquier otra patología. Ahora bien, si la detección es a edad todavía de merecer, se extirpa por completo la glándula y vida normal nuevamente. En este caso con determinadas restricciones sexuales, pero a poner pros y contras en los platillos de la balanza.
He tenido la tremenda suerte de caer en las manos de un urólogo que habla clarito (te quité una bola del carajo, me espetó nada más despertar. Efectivamente, unos 80 gramos, cuyo análisis patológico dictó valores dentro de la más estricta normalidad). Y que te transmite confianza. Eso es fundamental si te ves en la obligación de visitar clínicas. Creo que para un periodo ‘molesto’, he sido capaz de mentalizarme para hacerlo todo más llevadero. Me han calificado de buen paciente, tanto en el antes, como en el durante y el después. Y te puedo asegurar que ese después es bastante ‘jodido’ (vuelve a repasar las décimas).
Volví al centro hospitalario este pasado martes. Te juro que la óptica con la que observo y miro aquel entorno ha cambiado considerablemente. No me puedo poner en el pellejo de cada cual, pero mi valoración es excelente. Lo malo es cuando todos queremos saber de todo (mal endémico de este país medio ‘griego’).
Mis disculpas por haberme puesto de ejemplo. Pero si entre este post y, recalco, las décimas prostáticas y hospitalarias, he podido valer de tranquilizante, voy servido. Gracias por seguirme y aguantarme. Feliz fin de semana.