martes, 5 de junio de 2012

El fiasco de Binter

Me fui unos días a Fuerteventura porque es la isla canaria que menos conozco. Y porque mi amiga Ana me señalaba que aquellos paisajes tenían un especial encanto. Algo de ello ya escribió un tal Unamuno (don Miguel) cuando Maxorata le dio cobijo en su asilo obligatorio y en su recuerdo hallamos un monumento en cierta montaña.
Cuando la romería en honor a San Isidro arrancaba en mi pueblo, un servidor se hallaba en Los Rodeos esperando ser transportado por Binter. Salvo unos minutos de retraso, y destacando la presencia del equipo de luchadores coreanos que también se desplazaban hacia la tierra de las rubias arenas, así como unos lindos meneos en la aproximación al aeropuerto de destino (¿por el peso de los susodichos?), nada digno de mención.
Tras la estancia en Corralejo, con el consiguiente salto a la Isla de los Volcanes –de todo ello encontrarán la debida constancia gráfica en Pepillo y Juanillo (II)–, llegó la inexorable hora del regreso. Atrás quedaron los gratos momentos de la buena comida, los paseos y el descanso. Si les digo la verdad, este miembro del colectivo de las clases pasivas quería olvidarse, relajarse, y pasar página, de los muchos momentos incómodos que hubo de soportar desde el 8 de febrero de este año y que ya les he ido relatando puntual y detalladamente. En definitiva, comportarse, que para eso cobra su pensión, como un jubilado a lo clásico.
Esta programado, pues, el viaje de retorno a las 16,35 horas en un vuelo de la compañía aérea ya mentada (NT-401). Nada presagiaba anormalidad alguna y a las cuatro y cuarto de la tarde se procede al pertinente embarque. No obstante, cuando traspasábamos el umbral de la puerta asignada, observamos que otro importante grupo de viajeros hace también cola a la espera de ser ubicados con nosotros, puesto que su vuelo, que debía haber salido con anterioridad, había sido cancelado –cuando ya ocupaban sus asientos en la nave– por un fallo en uno de los motores del aparato (que no arrancó, eso comentaban).
Esta situación añadida provoca un considerable retraso que, junto al escaso –o nulo– funcionamiento del aire acondicionado, provoca las primeras, y sonoras, protestas de los viajeros. Las quejas de los padres con niños a bordo hacen que las azafatas se vean obligadas a repartir agua, pues la temperatura (ambiente y corporal) iba en constante aumento. A las cinco y cuarto el avión inicia el rodaje hacia la cabecera de la pista, pero cuando apenas llevaba recorridos unas decenas de metros comienza a desprenderse un inconfundible olor a quemado y el humo hace acto de presencia. El pasaje, parece obvio manifestarlo, se solivianta y se producen escenas de verdadero pánico con gritos, llantos y sofocos. Y se escuchan –de los que saben aprovechar cualquier coyuntura adversa– los primeros comentarios acerca de lo mal que nos tratan (pon tú el animal que prefieras, aunque el perro se lleva la palma) y ya se reclaman las indemnizaciones oportunas.
El comandante detiene el aparato y ordena su desalojo. La histeria se apodera de algunos mientras descienden la escalerilla al tiempo que tres dotaciones de bomberos rodean el avión en previsión de causas, o efectos, mayores. Nos encaminan hacia la terminal y da comienzo una odisea de varias horas del tingo al tango: no se dispersen mientras hallamos una solución, que si vienen los mecánicos de Gran Canaria, que nos manden un avión más grande, a esto no hay derecho, y cuándo comemos, ya no quedan hojas de reclamaciones, pues yo tengo que ir a trabajar esta misma noche, ya lo decía yo que estos cacharros, cállate tú que no entiendes de eso, la insulina de mi marido quedó en el equipaje de mano…
Allá a las tantas, debía ser próximo a las ocho (como decía mi madre), nos indican que el avión del humo estaba arreglado y que deberíamos embarcar nuevamente. Ni de coñas me monto en ese trasto, ya no se acuerdan de lo de Spanair, pero usted cree que los pilotos no son conscientes en caso de presentir algún tipo de peligro, pues yo me quedo y que me busquen otro aparato mejor, y me pagan el hotel si me voy mañana… Tras el rifirrafe, a los pocos minutos estábamos todos dentro del siniestrado. Medios chungos (o enteros), pero debidamente acomodados. Y nos indican que debían hacer una última revisión. Mecánicos que manipulan cuanto botón se halle a su alcance, que si ponen en funcionamiento los motores, accionan el aire acondicionado (todo ello a la vista de los atónitos pasajeros), que si nos vamos en unos minutos, aquí no hay vergüenza, son unos chapuceros, por qué no lo probaron antes…
No te rías: otro desalojo pues la nave no se halla en condiciones y el comandante ha dicho nones. En el descenso y trayecto hacia el edificio, ya te puedes imaginar la efervescencia oratoria del personal afectado. El menos sabía más que el técnico más cualificado de la Nasa.
Pero en esta ocasión nos indicaron que fuéramos directamente a la puerta 18. No añadimos a la cola ya existente y muchos me parecieron. Es que nos van a realojar en un avión más grande, manifiesta el entendido. Y un churro, en cuanto llegamos los agregados: aquí debe haber una confusión, ya no caben más… Perdón, exclama la que llega apresurada, me equivoqué yo y debí señalarles la puerta número 16. Vuelta de la cola y los últimos pasaron a ser los primeros. El público contemplaba atónito la peculiar carrera, menos mal que el recorrido era bastante corto. Ya no se habla, se chilla; no se dialoga, se gesticula en grado superlativo…
Como ya no teníamos tarjeta de embarque, ni justificantes del equipaje (habían ido desapareciendo en la entregas anteriores), nos espera al lado de la nueva (¿o es un decir?) aeronave un mozo para que le indiquemos si en su carrito está nuestra maleta y una moza con una libreta para irnos apuntando. Chacho, es de verdad, y yo no era uno de los que reclamaban; te juro que me porté bien (pregúntale a mi mujer). Las nueve de la tarde-noche y allí estábamos sentados, con una cara sonriente y una prestancia encomiable. Debimos aguardar a los cinco indomables que no querían pasar por el aro y atisbaban que su protesta se iba a quedar en agua de borrajas (ni hotel de lujo, ni sauna, ni comida pantagruélica, ni demanda económica satisfecha). Nos solucionaron el problema o desliz (en plan chapuza, eso sí) y por fin los alzados acataron la decisión. Entraron sonrientes y nosotros les correspondimos con una salva de aplausos.
Y salimos a las nueve y diez. Unos minutos más y nos hubiesen desviado al aeropuerto del Sur. Aunque el comandante de este vuelo (tercero o cuarto, según se mire) mete la gamba a la hora de pedirnos disculpas por los inconvenientes habidos y manifiesta que en Los Rodeos hay niebla, pero que no se han producido cancelaciones a lo largo del día. Eso, lo que nos faltaba.
En fin, te puedes imaginar los postreros comentarios del personal mientras volábamos hacia nuestro destino tinerfeño. Recorrido bastante placentero, por cierto. Y sin movidas raras. No bastó la atronadora ovación cuando Binter nos posó en la pista lagunera, muchos se atrevieron a hacer la ola. Somos así. Tampoco faltó el animador de turno, el de los chistes.
Me pensaré muy seriamente la próxima odisea. Las islas están relativamente cerca y los barcos ofrecen otras garantías. Como no soy de sol y playa, creo que Fuerteventura no va a entrar en mis planes más inmediatos. Pero voy a callarme porque la novelería viajera acaba por vencerme.
Si leíste en la prensa algo de esta odisea, piensa que siempre la fuente informativa abusa del interés personal y exagera lo indecible para su posterior reclamación en la Omic (aparte de la realizada a la compañía). Yo, que fui uno de los implicados, coincido en el esperpento de la situación vivida. En lo demás, nos solucionaron el conflicto en unas horas, aunque medio en plan chapuza. Lo hablaré, cuando exista la oportunidad, con mi amigo Paulino.