miércoles, 13 de junio de 2012

Yo también estuve allí

Llevo un tiempo dándole vueltas a la cabeza –creo haberlo manifestado con anterioridad– para hallar la posibilidad de publicar una selección de artículos de los muchos que vieron la luz en los periódicos de esta isla. Y de encontrar los euros necesarios (qué difícil y tortuoso camino). Pretendo titularlo ‘Desde La Corona hasta El Asomadero’, lemas bajo los que aparecieron en El Día (los más antiguos) y en Diario de Avisos (los más recientes).
Como estamos a mediados de la semana, y para satisfacer los deseos de mi amiga Esther, también maestra jubilada, quien siempre me indica que no escriba de política, aunque no le hago demasiado caso, echo mano de una de esas entregas. Rescato el mismo título y les señalo que se pudo leer el 25 de agosto de 1987 (El Día). Eran los tiempos en los que se celebraba en La Guancha la feria más importante que hubo en estas islas. Y acompaño unas ilustraciones de un tocayo, Jesús Manuel Pérez Martín, y que podemos visionar en http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/catalorena.
Y fue del tenor literal siguiente:
“¡Qué fin de semana! Ha sido alucinante, aunque apenas me hayan dejado descan­sar. Estas cosas me ocurren por­que el disponer de una situación de privilegio, me ha permitido otear cuanto a mis pies aconte­ce. Fue, desde luego, una inte­resante experiencia.
Diariamente, desde mi atalaya, contemplo cómo los turistas ha­cen un alto en el camino y, en el Lance –ignorantes, tal vez, de mi existencia, afortunadamen­te para mí– aparcan su vehícu­lo para dejar constancia fotográ­fica de la excursión; cómo se tras­ladan a Puerto de la Cruz aque­llos que un día decidieron abandonar la agricultura; cómo cada hora, la guagua atraviesa mi campo de visión; cómo...
Pero cuál no sería mi asom­bro, cuando, a partir del viernes 14, la serpenteante TF-221 co­mienza a verse invadida por ve­hículos de toda clase, marca y condición. El Tanque Arriba, La Azadilla, La Madrejuana... ad­quieren tintes festivos ante tanto transeúnte. Por el negro asfalto ascienden mil colores en busca de un no sé qué.
Y llegaron a mi mente recuer­dos funestos. De cuando hace unos años hubo un incendio que empezó aquí atrás, a mis espal­das. Y todo se pobló de coches y de gentes. Mucha gente. Subía a cientos, como ahora. Unos, con el sano propósito de inten­tar salvar a mis amigos los árbo­les; otros, simplemente, a curio­sear.
Me sentí más aliviada cuan­do los veía subir sin luces inter­mitentes y sin sonoras estriden­cias. Tendría que tratarse de otro asunto. Importante debería ser, porque, incluso, subían más gua­guas. Algunas, verdes, nuevas, a las que nunca había visto antes.
En la mañana del sábado, un susto de muerte, verdaderos es­calofríos sentí cuando una inten­sa humareda negra subió lade­ra arriba. Me temí lo peor. Pero no, no fue lo que en un princi­pio pensé. Una guagua se había incendiado justo antes de llegar a El Lance. Gracias a ello pude comprender que algo asombro­so tenía que estar sucediendo porque el atasco que se formó llegó lejos, muy lejos. Tanto que casi no alcanzo a verlo con niti­dez.
Y subieron decenas, cientos, miles de personas.
Y el viernes pasó y llegó el sá­bado.
Y el sábado pasó y llegó el do­mingo.
Y el domingo pasó y llegó el lunes.
Durante este lapso no cesó el fluir continuado. Diríase que buscaban algo. Y no podía ser le­jos de aquí. Bastaba con calcu­lar la frecuencia de paso de las guaguas.
Hace años, muchos años, re­cuerdo que las gentes iban en ca­miones por estos días de agosto. Pero eso era para Candelaria. Y estos van al revés. ¿Vendrán de Candelaria? Imposible. Con la autopista y la autovía ya no pa­san por aquí.
En la tarde del domingo vinie­ron unas gentes a La Corona. Y permanecieron allí hasta que el sol se ocultó allá por el Ponien­te y tomó su diario descanso. Esparcidos por doquier, restos de la visita. ¿Falta de papeleras? Tal vez. Luego, cuando el negro manto de la noche iba tomando posiciones, se levantó una ligera brisa. Aquellos restos se espar­cieron aún más. En uno de aque­llos papeles decía: La Guancha en ferias. ¡Por fin lo comprendí todo!”.
Dos pinceladas postreras a modo de curiosidad: aún no estaba la escultura del guanche y las guaguas de Titsa comenzaban a funcionar. En la actualidad, casualidades de la vida, La Guancha sigue presente con lazos familiares y mi nieta juega, como una guanchera más, en la Plaza de las Ferias.