jueves, 12 de julio de 2012

Los Roques años ha

Ahora que estamos en plena canícula (en el Norte es como una broma de mal gusto decir tales ocurrencias), pienso que sería interesante el recordar aquellos años mozos en los que acudíamos a la realejera Playa de Los Roques a darnos el consabido chapuzón veraniego. Cosa que hacíamos tras cumplir con las labores que nos tenían encomendadas nuestros progenitores. Porque eso de estar ‘tirado’ al solajero (cuando lo había) durante todo el santo día es un invento mucho más moderno, de cuando la sociedad cambió y todos nos hicimos ricos de la noche a la mañana. En el caso de un servidor, había que esperar a concluir que el estanque no tuviese más agua, porque el riego de la finca de La Gorvorana fue durante varios estíos, amén de bajar aceite para los motores de la elevación de Gordejuela, una ayuda al sustento familiar aparte de permitirme tener diez duros semanales en el bolsillo con el que ir al cine en Puerto de la Cruz. Al Olympia y al Topham, pero de tales salas saben mucho más cinéfilos de pro.
Allá a las tantas de la tarde, como te iba contando, con el clásico bañador de pata azul –el de la gimnasia del colegio; el más tardío meyba ya fue el acabose– en la mano (¿toalla, tú estás loco o qué?), abríamos a correr (con las extremidades inferiores que te llegaban al final del aparato digestivo) por el camino de la finca rumbo a El Toscal (pongamos dos minutos), atravesar la entonces única carretera de los contornos (por la que la guagua comenzó a circular cuando ya uno tenía bastantes años ganados en el denominado uso de la razón), camino de Los Beltranes hasta el final de la vía por el que la vagoneta de la galería arrojaba el entullo diario (pongamos otros dos minutos), y luego te lanzabas a tumba abierta por un estrechísimo y peligroso sendero, ladera abajo. Bueno voy a poner un punto que ya llevamos un rato sin respirar y me salió una proposición demasiado larga.
Cruzábamos el canal que llevaba el agua ¿potable? a la Ciudad Turística (tengo la impresión de que mucho más en aquella época) y de dos zancadas más, en la playa. Que en los buenos veranos tenía tanta arena que cubría todo el espacio que ahora está cubierto permanentemente por el callao y que hizo acto de presencia cuando se construyó todo el complejo del Maritim. Ello nos permitía jugar magníficos partidos de fútbol (imagínate la pelota) sin que la marea hubiese alcanzado por completo la bajamar.
Era toda una proeza, y sinónimo de haber obtenido el grado de ‘saber nadar’, el alcanzar el Roque Grande con la pleamar. Los aprendices debían quedarse hasta perfeccionar un fisco en el Charco de las Mujeres o en el Culo de la Pata, donde se formaban unos espacios tranquilos en los que las molestas olas te dejaban ejercitar. Pero todos, sin excepción, salimos adelante en el deporte acuático, sin piscinas y sin los cursillos de CajaCanarias.
Una estampa clásica era el contemplar las familias en la zona aledaña al Roque Chico y La Poyata, sobre todo las de La Ladera, y que bajaban bien temprano con las viandas bien dispuestas para disfrutar de una jornada  completa a la orilla de la mar. Y desde el tinglado la madre se encargaba de vigilar, y reprochar, a la tropa menuda para que no se excediese en las lejanías y en los periodos de remojo. ¡Ah!, y fijar a rajatabla las tres horas de la digestión. Que ya se sabe que antes eran mucho más pesadas. Hoy todo es más light, incluso ni se hace, tal es la ligereza y liviandad (que nada tiene que ver con impudicia y lujuria).
Estas comitivas, al estar formadas por individuos de muy diferentes edades, escogían las dos rutas tradicionales: La Fuente y El Horno, por el poniente y naciente, respectivamente, de la playa. Ambas atravesaban sendas fincas de platanera y en su recorrido final coincidían con las dos actuales bajadas que se contemplan desde el sendero turístico que se construyó en la década de los ochenta del pasado siglo. Lo malo es que en la época de la que te hablo, el acondicionamiento se debía a la buena voluntad de algún paisano que, guataca en mano, acometía la tarea de elaborar varios escalones para facilitar la bajada, pero sin grandes pretensiones.
Mencioné antes el canal. Y aprovechando los túneles que se horadaron en el acantilado para su cauce, discurríamos a su través para acercarnos hasta el Charco de las lisas. Bello en su estado original y una chapuza en la actualidad cuando se intentó hacer una piscina que fuera una oferta turística más a las urbanizaciones de las Románticas.
Y finalizo en esa zona porque una vez más hago un llamamiento a la autoridad que corresponda para que investigue qué fue de la que denominábamos Cueva del mármol. Para mí que la misma sí podría ser un atractivo de muchos quilates porque, salvando las distancias, podríamos tener en Los Realejos un Soplao, Nerja, Valporquero o vaya usted a saber. Déjenme ser optimista, que están los tiempos necesitados de alegrías de tal porte. Es mucho más factible que aquella otra que se le cruzó por la mente a José Vicente y que consistía en hacer otro puerto deportivo. Menos mal que nunca llegó a comprarse el yate. Si no le estaríamos haciendo la competencia a Garachico para sana envidia de nuestros vecinos portuenses.
Y el retorno a patita hasta casa. Los coches los vimos mucho más tarde. Pero, como contrapartida, estábamos fuertes. Y aún no fumábamos.