viernes, 13 de julio de 2012

Otra sentencia condenatoria

Muy suspicaces los que consideraron que podría estar pasando unos días en La Gomera. No es costumbre acudir a esta cita en los meses de verano, pero en la presente ocasión, tanto los recortes como una generosa oferta del Hotel Jardín Tecina –que recomiendo a los que deseen pasar unas jornadas de descanso–, lo hicieron posible. Apenas caminé y escasamente moví el coche del aparcamiento. Pero, como contrapartida, comí por tres o cuatro. Y nos atendieron de maravilla. Así que si se te presenta la oportunidad, ni lo dudes. Hasta me di los consabidos baños en agua salada (estupenda la piscina del Club Laurel, a la que se accede por el ascensor excavado en el acantilado), aunque tomé el sol con la moderación que me ha recomendado el dermatólogo. Es el inconveniente añadido para los que tenemos la piel demasiado blanca.
El martes, aún estando allá, tuve conocimiento de dos hechos significativos a través del mismo medio de comunicación: El Día. La primera, un artículo del colaborador realejero Esteban Domínguez. La segunda, la nueva sentencia condenatoria que recae sobre su director-editor. Plasmemos unas líneas de ambos.
Agradecía Esteban, de manera bastante efusiva, a don José Rodríguez Ramírez, las atenciones recibidas en los cuarenta años que le llevan editando sus comentarios. No entro ni salgo en el contenido de este canto laudatorio (que siempre algunos consideran excesivo), pero sí me detengo en un pasaje bien concreto. Porque Domínguez se hace la pregunta de quién podía ser el tal “El loco del Monturrio” que hace bastantes años puso en duda la autoría de lo que él remitía al periódico. Y como se atrevió a poner nombres concretos, uno de ellos el mío con todo lujo de detalles, debo manifestar a través de este blog (ahora ya no colaboro en medio de comunicación tradicional alguno) que no solo jamás tuve que ver con esos comentarios, sino que los directores, o redactores responsables, de los medios en los que he colaborado tuvieron siempre mi autorización expresa para dar a conocer a quien lo requiriese todos mis datos. Sobre todo cuando en el citado periódico, El Día, escribía mis artículos bajo la firma de M. García en la sección ‘Desde La Corona’ (por si alguien no me conocía, qué ilusión). Porque, por otra parte, jamás he remitido anónimos y menos para cuestionar trabajos ajenos. Allá cada cual con su conciencia. Los míos son míos, pónganle el cuño. Incluso los que aparecieron bajo mi firma cuando estuve en el ayuntamiento. Y si alguno lo cuestiona, que venga a hablar conmigo o con cualquiera de los cientos de alumnos que saben de mis andanzas literarias (qué ilusión otra vez).
No sé si es porque fui responsable de la edición del periódico escolar El Monturrio, que vio la luz en el Colegio Público Toscal-Longuera, bajo el auspicio de la Asociación de Alumnos también denominada El Monturrio, por lo que me han podido relacionar con el individuo en cuestión. Pero van los tiros equivocados. Como lo son, me consta, los dirigidos a Diego (que también es mencionado) y que vive, precisamente, en la calle del mismo nombre. Que antes, bastante, habitó en una casa que estaba en casi lo alto de El Monturrio. Pero de eso nos acordamos solo los viejitos. ¿Y por qué tiene que ser alguien de estos alrededores y no más cercano al caserío de Tigaiga? Cuidado, mero ejemplo. Ya puestos, aparte de lo habitantes del lugar, habría que incluir los que trabajan, o trabajaron –como es mi caso– por el entorno, en un diámetro de varios kilómetros a la redonda, que se dice.
He sido, como lo he expresado en diferentes ocasiones y foros, colaborador de este periódico (El Día). Pero no me he escondido cuando puse el grito en el cielo ante la distinción a su director con el nombre de una calle en Los Realejos. Completamente inmerecida (pareceres habrá para todos los gustos). Y menos cuando he tenido que expresar mi total rechazo a su línea editorial. Porque flaco favor está haciendo al periodismo don José, como propietario y máximo responsable, y sus dos ‘escribidores’ de cabecera. Porque la coletilla de ‘en su faceta política’ no puede en manera alguna justificar sus despiadados ataques personales a la figura de Paulino Rivero y sus familiares más directos. Así que abiertamente declaro mi total satisfacción ante la reciente condena que le sanciona con cien mil euros del ala. Porque el juez ha dicho que los epítetos utilizados van más allá de toda lógica periodística y que no todo cabe bajo el amparo de que se trata de una crítica a su quehacer por el cargo ostentado. Máxime cuando se editorializa para coaccionar ante la concesión de licencias radiofónicas. ¿Invitación –incitación– a la prevaricación?
Ya van unas cuantas. Pero como quedan resquicios de donde rascar, el susodicho sigue en sus trece. Con la excusa de no haber obtenido licencia para su emisora de radio, gente a la calle. Con el ahorro se irán pagando las multas correspondientes. Y como la película, me temo, tendrá continuación, deberán ser los trabajadores del diario los que vean oscilar sobre sus cabezas la famosa espada. Que si debe mantenerse con la mitad de la plantilla (incluyan, eso sí, ‘afamados’ columnistas, que dejarán el pesebre muy a última hora por el interés que les atañe), se hará un esfuercito.
No todo es válido y la justicia ha colocado las cosas en su sitio. No me vale el que sea una sentencia recurrible. Aunque en ese mundo se han visto cosas raras, espero que ninguna instancia superior estime que los personajes ‘perseguidos, vilipendiados y puestos en solfa’ sean unos Doctor Jekyll y Mister Hyde al uso, capaces de un desdoblamiento de personalidad que suponga un giro de 180º (o de 360, que decía el enterado de turno) y en cuanto ponen el zapato en el oportuno organismo público se convierten en auténticos demonios cuando desde su domicilio partieron como dóciles corderitos. Mientras, parece, persisten las veladas amenazas, pues se trata el episodio como una simple batallita en el contexto global de una guerra sin cuartel. Lo dicho: pobres redactores.
Un consejo para finalizar: cuando ustedes piensen que ya uno chochea, no duden en mandarme para cierto sitio. Feliz fin de semana.