martes, 10 de julio de 2012

Por segunda vez


Es la segunda ocasión que me ocurre. La primera, en Chipude (Vallehermoso). Tras una amena charla en la que ‘discutíamos’ acerca de la conveniencia o no de la instalación de una embotelladora de agua en Taguluche (Valle Gran Rey), mi interlocutor me preguntó de qué lugar de La Gomera era. La segunda, hace escasos días, en el hotel Jardín Tecina (San Sebastián). Al señalarle a la persona con la que hablaba que hacía mucho viento en La Villa, me hizo, exactamente, la misma pregunta. El haber ido (venido) –todo depende del lugar en el que tú, estimado lector, creas que me hallo escribiendo estas líneas– a esta isla por vez primera en el lejano 1962 (en el correíllo La Palma, por lo que Pepe Segura –ver post de hace unos días– me va a nombrar segundo de a bordo), hecho que dio lugar a una sucesión de viajes bastante considerable, me concede ciertas ventajas. Entre ellas la de conocer algunos entresijos. Y como uno tiene la manía de ver, oír y callar, ha ido aprendiendo algo. No mucho, pero lo suficiente como para culturizarte un fisco apenas. Siento no saber silbar aún. Me tendré que apuntar en algún cursillo.
Y ya que estoy –me vine– a la colombina, aquí me quedo. Al menos durante el resto de párrafos de esta entrada (no pongo post porque ya lo escribí antes) de hoy. Comenzaremos dándonos un salto hasta la sede del Cabildo Insular, donde en el transcurso de una sesión plenaria ha sido nombrada persona non grata –méritos ha hecho para ello– ese portento de alcalde peninsular que llamó tontodelculo a José Manuel Soria y que, a continuación, y no sabiendo cómo salir del embrollo, se empeñó en dedicarnos toda clase de epítetos y enviarnos a dar con el moro porque le gastamos demasiado dinero al erario público. Y como, además, se atrevió a establecer odiosas comparaciones con las enfermedades de los gomeros, pues estos le silbaron un sonoro envido y le remitieron una carta para que no se le ocurriera jamás recalar en la capital (si acude en barco) o en el aeropuerto aunque sea con la sana intención de mandarse un potaje de berros.
Somos muchos –puede que bastantes– los que al principio no nos cayó tan mal el susodicho personaje. Porque si se hubiese quedado en el calificativo que le dedicó al actual ministro de Turismo e Industria, lo mismo le hubiésemos aplaudido, máxime cuando se trata de otro militante del PP, y ellos sabrán de qué pata cojean. Pero luego, y con perdón, la cagó por completo. Y cuanto más hablaba, más la encharcaba. Al senador que rompió la disciplina de voto en el debate de los presupuestos generales del Estado, le invitaron amablemente a presentar la dimisión. Nada he escuchado con respecto a este otro ejemplar. Lo que se traduce, al menos así lo pienso, en que Soria vale menos que un puñado de euros.
Ignoro en qué punto se halla el expediente por el que habrá de implantarse nuevamente el tráfico marítimo entre los puertos de San Sebastián, Playa Santiago y Valle Gran Rey. Servicio que he utilizado en varias ocasiones y que considero de especial interés. Me pierdo, obviamente, en el perjuicio que pueda ocasionar al transporte terrestre (guaguas y taxis), pero las veces que me he trasladado en ese buque (primero fue el de Garajonay Express, y más tarde Fred Olsen) pude observar que había un importante número de pasajeros de la colonia extranjera, tanto residente en la isla como los del turismo ocasional. Y como estos acuden a patear la isla, planifican convenientemente sus rutas en consonancia con los horarios de los trayectos de este medio de trasladarse hasta su lugar de partida (o de regreso). Yo, sin conocer otros entresijos, creo que está haciendo falta. Y con los gomeros que he palicado parecen estar por la labor.
Me soplan los amigos de allá (o de aquí, ubícame tú) que la escasez de lluvias durante el pasado invierno (que se extendió por la primavera) ha provocado tal sequía que el paisaje en nada se asemeja al que estamos acostumbrados. Y recordé las cunetas de la autopista del sur tinerfeño en las que unas palmeras intentan sobrevivir al intenso calor de la zona. Es en estas circunstancias cuando la concienciación de la población canaria debe adquirir elevadas cuotas de responsabilidad para percatarnos de la importancia del líquido elemento, y más en estas islas donde es un auténtico tesoro que deberíamos mimar como si de una joya se tratase. Lo malo es que los despilfarros se siguen produciendo y, al menos en el norte de Tenerife, ámbito en el que me desenvuelvo normalmente, los grifos permanecen abiertos con demasiada alegría, a pesar de los múltiples requerimientos de los ayuntamientos respectivos. Vivimos como ricos, que decía mi suegra. Hasta que Rajoy, con eso que los demás llaman recortes, quiera.