lunes, 9 de julio de 2012

Prepárense

“Una vez que se recapitalicen los bancos con  los fondos europeos, España exigirá a las entidades bancarias que pongan el dinero en la calle”. Así mismito lo leí. Y a continuación salí corriendo a sentarme en el banco que el ayuntamiento ha colocado en la acera, justo enfrente de la oficina donde tengo guardados los cuatro euros ahorrados. Ya sé que la última vez te dije cinco, pero me surgió un imprevisto. ¿A ti no te ha dado un retortiño (económico) nunca? Y no es cuestión el desaprovechar esta magnífica oportunidad que se nos brinda. Ya no importa el que Iniesta no haya donado su prima (no, esa no, la otra) para los damnificados de los incendios de Valencia. Lo que viene a ratificar la inmensa credibilidad que debemos concederle a lo que se publica en esos muros de feisbuc. Todo consiste en hacer lo que yo: esperar pacientemente a que el dinero fluya tanto que circule libremente por la calle. Qué delicia. Lo que siempre hemos soñado, que nos llovía del cielo, el maná, por fin. Ya no tendré necesidad de ir mirando al suelo con tanta insistencia cuando voy caminando. Sí, lo hago porque cierta vez me encontré una billete de diez euros, que me los gasté en la primitiva y los volví a perder para siempre jamás.

Ahora que tenemos medio olvidada la prima de riesgo y nos hemos adentrado en los intrincados mundos del bosón de Higgs (manda ovarios: cómo progresamos), por fin el equipo económico de Rajoy nos sorprende con una buena noticia. No solo va a circular el dinero sino que lo encontraremos tirado en la calle. Y me acordé del realejero que emigró a Venezuela (en realidad era un gomero que vino a Tenerife, pero por qué van a ser siempre ellos los sufridores), a requerimiento de un amigo que le sopló que allá el dinero era tanto que te lo podías encontrar en el suelo. Y se embarcó nuestro hombre en el ‘Montserrat’ y recaló a los cuantos días en La Guaira. Y nada más bajar la escalerilla vio como el viento movía de aquí para allá, y de allá para aquí, un billete de 20 bolívares. Ni corto ni perezoso, y sin apenas inmutarse, nuestro mago norteño, tras observar unos segundos los desplazamientos bolivarianos, exclamó: Ños, es verdad lo que me contó mi amigo, pero como ahora llego cansado ya empezaré a ‘trabajar’ mañana. Y con la misma prosiguió su camino dejando allí el objeto del deseo y la causa de tan largo peregrinaje. Ese puede ser el perfecto retrato: o nadamos en la abundancia o nos sumergimos en el lodazal más profundo, sin términos medios, o de extremo o de extremo.

Sí, somos muy dados los españoles a los extremismos. Pasamos de una profunda depresión al más eufórico de los estados en menos que canta un gallo. Del lamento más desgarrador al más sublime estadio de la felicidad en un abrir y cerrar de ojos. Tras las mil peripecias anteriores de los brotes verdes en la economía, y curados de espantos y sobresaltos, nos hemos amoldado a las circunstancias y convertido en escépticos por naturaleza. De ahí que estos titulares, no sé si producto de un periodismo que pretende sacar cabeza, ni siquiera nos sorprenden. Máxime cuando en la misma página nos podemos encontrar con la contrapuesta, la que ratifica las dificultades de las entidades financieras para hacer fluir los créditos al menos hasta 2015.

Ayer escuchaba en cierta emisora radiofónica el lamento de un ciudadano, que se reconocía ignorante de un sinfín de cuestiones pero no analfabeto lector, acerca del tratamiento de los medios de comunicación. Pienso muy a menudo, y coincido con él, que los periodistas no son conscientes de la importancia y trascendencia del ‘juguete’ que tienen en sus manos. Me recuerda, asimismo, la sentencia de ‘lo vi por la tele’, lo que equivale a la otra religiosa de ‘palabra de Dios’. Y como prima lo que prima (con o sin riesgo), viene a resultar que tú puedes leer veinte periódicos cada día y de las mil y una noticias que podrían publicarse, solo unas pocas son motivo de tratamiento informativo. O traducido al mensaje publicitario de hace unos años: todos venden lo mismo. Y así nos ahogamos en una saturación que se palpa en una consecuente pérdida de ventas y lectores.

En fin, mis estimados. Avanzamos por el mes de julio y en este Norte la panza de burro se ha adueñado del panorama. Y como no tenemos dinero para irnos de vacaciones, vamos a pintar algo en la casa que una manita está demandando. Eso sí, bastante aguadita que hay que recortar. Donde antes nos daba para dos habitaciones, ahora habrá que extender el producto hasta tres o cuatro. Es lo que hay. Y cuando vengan los nietos, amarrarles las manos detrás del culo para que no ensucien las paredes. Es lo que hay. Ya lo pusiste antes. Sí, pero es lo que hay. Hasta que no comience la circulación monetaria, la botella con las de dos euros está esmirriada en el fondo.

Bueno, mañana más.