martes, 17 de julio de 2012

Reuniones de los viernes

Ayer lunes, con el primer día de calor de fundamento en este norte isleño, sufriendo al contemplar las imágenes del incendio que asola los montes sureños, sin demasiadas ganas para teclear, me puse ante el ordenador a las tantas de la tarde y me acordé de mi madre. Que se llamaba Carmen. Y la felicité en la distancia. A mi manera. Y a mi suegra. Y a todas las que ya no están con nosotros. Porque uno, a veces, se siente raro. Y lo comentamos, a veces, en las reuniones de los viernes. La que implantó mi madre, tras la muerte de mi padre, y a su casa acudíamos puntualmente todos los hermanos. Ahora, ausente ella, la continuamos ese mismo día, cada semana del año, alternando en la casa de cada uno de los cuatro que quedamos. Porque ahora nosotros somos los viejos (espero que no se enfaden los dos más jóvenes). Pero cada vez que lo comentamos a nuestros allegados se sorprenden, gratamente, de que mantengamos viva esta iniciativa.
En las citadas reuniones priman las conversas docentes por razones obvias. Y en la última aludíamos, como no podía ser de otra manera, a los recortes. Tema recurrente, máxime teniendo en cuenta el día del cónclave. Buscamos soluciones –lo intentamos– y planteamos alternativas. También para la procesión marinera portuense…
Como por la mañana estuve rascando hierros, trabajo veraniego por excelencia, y no está uno demasiado acostumbrado a semejantes trotes, me hallaba medio cansado. Así que dejé el post a medio terminar y me dediqué a leer la prensa digital. Porque no pretenderá Rajoy que vaya a comprarla en papel. Además, me hallo en plena campaña de consumir lo mínimo indispensable. Si varios millones siguieran mis doctos consejos, otro quíquere nos cantaría. Por cierto, y antes de seguir, observo que un compañero del gremio, también jubilado y bloguero, vuelve a rescatar aquella carta del Arzobispo (u Obispo, que en esos rangos me pierdo) de Guadalajara que aludía a que con esta política de las podas la mayoría de la población lo pasaba bastante negro. Lo que aprovecho para romper otra lanza a favor del cura de Toscal-Longuera, que viene realizando una labor social impresionante en el barrio (amén de San Antonio, en Puerto de la Cruz). Ha arremetido con todo su vigor juvenil contra estos recortes salvajes y, aparte de proclamarlo a los cuatro vientos en sus homilías, ha colgado un sugerente cartel en el blog parroquial. Aquí lo tienes por si quieres visitarlo: http://parroquiaguadalupe.wordpress.com/.
Entre lo que me llamó la atención de la lectura comentada: La sala de exposiciones del Espacio Cultural La Ferretería de San Agustín acoge este martes, día 17 de julio, a las 19:30 horas la inauguración de una muestra de pinturas a cargo del Colectivo Cultural 7 Islas. Permanecerá visitable hasta el próximo 1 de agosto.
Copié este fragmento, extraído del programa de actos culturales a celebrar en las Fiestas de San Agustín, en mi ordenador, e, inmediatamente, me subraya con una línea roja la palabra “visitable”. Pincho el botón derecho del ratón y no me activa la posibilidad de buscar sinónimos. Me traslado al diccionario de la RAE y me sopla que la misma no está registrada. Ya sé que cosas peores se han visto. Con toda seguridad en este Pepillo y Juanillo. Pero yo no tengo asesores ni personal de confianza. Me lo guiso y me lo como y por esta labor no le cuesto un euro a ninguna administración. Es más, me cuesta.
Parece que los militares también están cabreados. Y no dudan en manifestarse. Espero que no saquen los tanques para ‘luchar’ contra los sablazos. Cada vez somos más… Era una canción, ¿no?
El rey se va a Moscú a vender el AVE. Bueno, rey venía en mayúscula en el titular periodístico. Muy monárquicos ellos. Y estuve pensando un ratito si ya no hubo un momento histórico en que se llevaron el oro. Si vendemos el AVE lo vamos a pasar chungo. Unos vagones acostumbrados al solajero andaluz, ¿qué van a hacer en esos parajes fríos de la estepa?
También leí una crónica de la denominada ‘embarcación chiquita’ que me alumbró sobremanera. Aunque casi me mareo antes de alcanzar la punta del muelle. Demasiados vaivenes de toda índole. Y en lo que sí ganamos, por los menos en 600 kilos, fue en la confección de una pella de gofio. En mis tiempos era una pelota, pero hay que modernizarse. Parece que costó unos 40.000 euros. Eso leí. Pues bastante que me alegro. Espero que no se hayan “engajado”. La has oído, ¿no? Pues no existe el verbo “engajar”. Para esos menesteres existe un canarismo (enyugar), que puede proceder de añusgar(se): Atragantarse, estrecharse el tragadero como si le hubieran hecho un nudo. No hay de qué.
Terminé. Y no sé qué titulo ponerle. Vale, ese mismo.