viernes, 17 de agosto de 2012

Debates

Se me ocurrió, hace unos días, poner en feisbuc: “No me defrauden, gomeros. Vamos a luchar TODOS contra el fuego y luego, cuando ya no quede un rescoldo, jugamos, si les apetece, a política barata. Coño, que ya está bien”. Y no habían pasado dos minutos cuando ya un amigo (son a los que permito comentarios) se había dado por aludido y arremetió contra Casimiro y hasta utilizó un lenguaje que entiendo motivado por el cabreo y no por un enfoque racional de la problemática. Soy consciente de que en La Gomera todo (incluyan la política) se vive de otra manera. Pero con arrebatos y calenturas no apagamos nada. Y que conste que lo del presidente del Cabildo es también de juzgado de guardia. Y arriba se permite el lujo de criticar a Soria por ir a sacarse la foto.
Luego estuve unos días desconectado por razones que no vienen al caso. Y ayer jueves, tras echar la correspondiente visual a mi muro (me causa gracia la palabreja) y fisgonear otro fisco en algunos otros, compruebo que de agricultura sabremos poco (mejor, la practicamos escasamente), pero de apagar incendios vamos sobrados. Debe ser esta la causa por la que se demanda con inusitada insistencia el que nos dejen acudir a pie de llama con el portátil bajo el brazo y con un par de móviles en cada mano. Con los artilugios y soplando. De peregrinación, vamos. Como cuando asistimos a Candelaria, precisamente en estos días, bajo el paraguas protector de una religiosidad preñada de… novelería en grado sumo.
La seriedad que yo le doy a las redes sociales es directamente proporcional al modo de expresar por escrito las opiniones. No me apetece reproducir ejemplos porque todos los ‘afiliados’ a esta red social tenemos acceso y cada cual es libre de expresar lo que crea conveniente y de interpretar los mensajes expuestos en el tablón de anuncios. Mi opinión con respecto a mucho desaforado que se envalentona en el (ab)uso del lenguaje es que hay mucho ejemplar suelto que no está en condiciones de apagar un fósforo. Por mucho exabrupto que disparemos, por exigir más dureza en la legislación y por reclamar que los cuelguen de ciertas partes dolorosas (a los pirómanos, aunque primero habrá que demostrarlo), no solucionamos absolutamente nada. Y en este bosquejo me limito a seguir los doctos consejos de Wolfredo Wildpret, quien comprende las fiebres del momento pero exige ecuanimidad y deliberación.
Wladimiro (bien me acuerdo de él) lo menta como la cultura urbana. Me gustaría denominarlo la cultura del atrevimiento, de la osadía y, al tiempo, de la comodidad. De igual manera que todos fuimos albañiles y constructores en los años dorador del Sur, en la actualidad, el poder conectarte en menos de que canta un gallo te eleva a la categoría de técnico superior en milagros y elucubraciones. Y estos ejemplares, con estos mimbres, son los que nos gobernarán en unas jornadas más. Porque es el único ‘oficio’ para el que no se requiere preparación alguna, y mucho menos experiencia.
Se extrañaba Alfonso Soriano, hace unos días en una entrevista radiofónica, de cómo los partidos se han convertido en una agencia de colocación y reparto de prebendas, cuyo único requisito es la sumisión a un jefe supremo, quizás el más inepto de todos. Y ese conglomerado de intereses dio lugar a una gestión del despilfarro y de la alegría total, cuyas consecuencias sufrimos los que en aquel proceso fuimos meros espectadores. Por eso siento miedo, amén de vergüenza ajena, de los que deben recurrir al jajaja, jejeje, jijiji, al xD, a la @ (para señalar que cada vez somos más hermafroditas ¿o metrosexuales?), a la k y a la q, al pufff, muuuakss, kajkajakja, !!!!, ????, weno, wapa, y otros tópicos para dar a conocer un punto de vista. Mas sería oportuno sacar a colación el que la seriedad de un asunto no puede ser enfocado con idéntico proceder con el que felicitamos el cumple de la colegui, incluido el pertinente puta madre. Porque pasado mañana ese ejemplar puede ser alcalde mi pueblo y no creo que con esas veleidades sea capaz de llevar a feliz término tarea alguna.
Me preocupa que estos planteamientos ‘serios’ se produzcan en personas mayores de edad. Condición que me he fijado en los que forman parte de mi lista de amigos. Y soy consciente de que la edad cronológica no guarda relación alguna con la mental, pero es la misma exigida para otros menesteres de mayor trascendencia que las boberías pintarrajeadas en una pared (o colgadas en un muro). Aunque lo malo, según mi modesto parecer, es que los medios de comunicación, en su lícito afán de mantener informada a la población, se han subido al carro de los despropósitos. Con lo que nos encontramos al de la alcachofa a los claros del día –cuando está acostumbrado a comenzar a las diez u once de la mañana– pasando frío a 25ºC o sorprendiéndose porque en media hora el fuego haya avanzado barranco abajo desde Guadá hasta la altura del Centro de Salud. Haciendo gala todos –también Casimiro, Paulino, Ortiz…– de una memoria muy frágil y olvidando que hace cinco años el fuego llegó desde la zona realejera de Los Campeches hasta Santiago del Teide (échale kilómetros) en apenas cuatro horas. Lo que nos demuestra la debilidad humana ante la furia desatada de la naturaleza. Hasta yo, que me hallaba en ese entonces en Cantabria, no daba crédito a las noticias cuando veía los informativos televisivos en Cabezón de la Sal.
Un barranco, el de Gran Rey, inundado de cañaverales –que junto a los zarzales constituyen un combustible de primer orden–, fue excelente caldo de cultivo para el desarrollo y avance del fuego. No pretendo retomar el aspecto comentado ayer de la cultura que mira hacia lo rural, del error de nuestros padres cuando nos dirigieron hacia el estudio y hacia el sector servicios, bajo la excusa de que el sector primario no ofrecía porvenir alguno. Si observaron bien las imágenes del precitado barranco, tras el paso el fuego, se habrán percatado de la cantidad de huertas valutas que quedaron al descubierto. O contemplen el panorama en Erjos, en la zona de las charcas. Es muestra inequívoca del abandono secular de los campos y la proliferación del material que causa estos desastres cada poco tiempo.
Y como hemos perdido la capacidad de autocrítica (en todos los niveles y sectores), nos basta en estos instantes que nos vemos con la soga al cuello, con responsabilizar a los políticos de todos los desastres, como si ellos (los políticos) fueran ejemplares faunísticos ajenos a esta sociedad en la que TODOS estamos inmersos y en la que TODOS debemos involucrarnos. La cultura del acomodo, del que me limpien la calle, se ha extendido hasta tal punto que siempre serán otros los que deben acometer las tareas. Hemos alimentado los colectivos de gandules, de los que pregonan el que me lo den todo hecho, con una gestión errónea en la distribución de subvenciones (en el paro, que no lo enfocamos hacia una posibilidad de formación y búsqueda de alternativas; en la política del REA –Régimen Especial de Abastecimiento–, que prima al ‘avispado’ por importar alimentos de otras latitudes, mientras el campesino local se ve abocado a tirar su producción porque la rentabilidad brilla por su ausencia…) y así nos ha ido. Lo que decía mi abuela: lo que está a la vista no requiere espejuelos.
Antes con las cañas se levantaban los tomates y se hacían ganchillos para sujetar las piñas en las plataneras. Antes nos zampábamos las moras de los zarzales y luego las podábamos para que comieran las cabras. Y así, hasta casi el infinito. Ahora no hay hambre. Si acaso, ganas de comer. Requisito que solucionamos con abrir la nevera… Que no, no se trata de caminar hacia atrás, no cualquier tiempo pasado fue mejor, pero estas últimas décadas nos han venido a demostrar que el otro extremo tampoco ha sido el adecuado y correcto. Las virtudes suelen hallarse en los términos medios. Pero no quise que me hijo viviese lo que yo y como yo. Aunque para lograrlo no solo me hipotequé yo, sino que lo hipotequé a él y a sus hijos.
Pero no se preocupen. A pesar de las múltiples opiniones, de los innumerables debates, de la ingente cantidad de horas de televisión y radio emitidas, de los (in)trascendentes cambios de pareceres en las redes sociales, dentro de una semana –y máxime ahora que se iniciará la liga de fútbol– se habrá corrido tupido velo. Si la suerte nos sonríe y no vuelve a producirse una desgracia de manera inminente, pasaremos una temporada quejándonos por otras boberías. Porque todo este tinglado habido se disolverá cual azucarillo. No obstante, volveremos al tema que nos concita. Más tarde o más temprano, hasta Jesús recurrirá a Pepillo y Juanillo (por cierto, mucho más ecologistas que los de ahora de boquilla) para expresar su desazón, su desánimo y su abatimiento.
Y acabo con la causante: las olas de calor en verano. Y como respondía cierto viejito a la reportera: ¿Y cuándo va a hacer el calor, si no? Raro sería que nevara en agosto, pero que las temperaturas sean elevadas en esta época es de lo más normal. Los tiempos están cambiando. Puede, pero nosotros mucho más y no nos alarmamos tanto. Somos capaces de soltar infinidad de ridiculeces en público y arriba nos reímos la gracia, nos miramos al espejo y nos descojonamos viendo al imbécil que se refleja en la superficie pulida.
Prevención y educación. O educar para prevenir. Si tengo que tragarme cada una de las líneas escritas, me alegraría enormemente, pues sería muestra inequívoca de que nos hemos sentado a reflexionar. Son bastantes los sectores que tienen cosas que aportar, porque causa una profunda tristeza que, a pesar de los múltiples antecedentes, no se posea aún un diagnóstico certero sobre el que aplicar el tratamiento adecuado.
A pesar de los pesares, feliz fin de semana. Pero a lo peor vuelvo mañana porque este asunto incendiario trae mucha tela que cortar. Y ya que estoy ‘encendido’…