jueves, 16 de agosto de 2012

¿Y ahora, qué?

¿Y ahora, qué? Si acudimos a los archivos, podremos comprobar la cantidad de incendios forestales habidos en estas últimas décadas. Muchos de ellos, para nuestra desgracia, de capital importancia por la gravedad de los mismos y por la cantidad de hectáreas quemadas. Pero nos hemos acomodado a lo de ‘mal de todos, consuelo de tontos’, porque no se entiende cómo somos capaces de tropezar en la misma piedra. Y no en las clásicas dos ocasiones. Parece, repito, parece que nos consolamos con no haber existido desgracias humanas.
Escucho las declaraciones de los políticos de turno y muy poco han cambiado respecto a los años en los que los medios sí que eran escasos y la planificación brillaba por su ausencia. Y la rabia e impotencia me suben muchos enteros cuando, tras haber ‘dado caña’ a Wladimiro Rodríguez Brito en su etapa de consejero del Cabildo de Tenerife, por lanzar propuestas –con las que siempre estuve de acuerdo– que él, como gestor de la cosa pública, tenía la obligación de haber insistido para que se convirtieran en una realidad, y desmarcarse de aquellos compañeros de coalición que no opinan de igual manera (por expresarlo de manera sutil y suave), sigo oyendo idéntico estribillo. Ahora ya no ostenta responsabilidad política alguna, pero sigue siendo entrevistado como entendido en la materia (como otros profesores universitarios). Y lo he escuchado en varias ocasiones en estos últimos episodios. Declaraciones que comparto casi en su integridad, ya que coinciden con los planteamientos de lo que podría denominarse una persona cuerda y sensata. Que vienen a ser la antítesis de los argumentos de aquellos correligionarios que permanecen en activo. Obvio partidos de los que forman parte porque parecen todos cortados por la misma tijera.
El discurso es medios, medios y medios. Entre ellos, la panacea, los aéreos. Y el culmen, hidroaviones. Un mínimo de diez, reclamaba Casimiro Curbelo a raíz de la evacuación de gran parte de la población de Valle Gran Rey. Mientras, la labor preventiva es olvidada de manera reiterativa durante los meses en que debemos prepararnos para las posibles catástrofes. Los terrenos aledaños a la masa forestal presentan todas las condiciones propicias para que la bomba de relojería estalle en cualquier momento. Suele ser la linde de los montes públicos con lo que aquí denominamos las tierras hechas. Nomenclatura que vino bien para los tiempos en que los campesinos atendían esos cultivos y eran los principales valedores de lo que con posterioridad hemos designado pomposamente ecología. Pero que ha pasado a ser un concepto teórico, de manual, de libro. Y aquellos agricultores eran analfabetos de cultura enlatada, pero doctores en mamar naturaleza.
La casita en el campo (lo de la mujer que me quiera ha pasado a un segundo o tercer escalón) está muy bien para la chuletada del fin de semana. En la huerta, que otrora fue vergel de papas, las zarzas, helechos y otros matorrales campan a sus anchas. Para que salte la chispa solo es menester un simple despiste. Y vuelvan al repaso señalado al principio y  ocuparán estos (los despistes) un puesto de honor en las causas que han conducido a estos dramáticos resultados.
Si achaqué a Wladimiro su postura laxa (práctica), que chocaba con la contundencia de sus palabras (planteamiento teórico), cuestiono abiertamente al resto de la ciudadanía (nos ubicaremos aquí tanto tú como yo) qué aportamos, qué hacemos para iniciar una nueva senda, trazar el rumbo adecuado. Lo malo es que nos hemos acomodado, tumbado a la bartola. De qué vale que sembremos y los huertos  presenten un aspecto envidiable si luego compramos las papas de Egipto, el queso de Holanda y el vino de Chiclana. Es que lo de aquí es más caro. Y así seguirá hasta que no cambiemos, e invirtamos, la dinámica.
Aunque en el debate político la implicación de todas las formaciones debe ser una constante. La potenciación del sector primario puede ser el punto de inflexión en esta lucha por hacer posible la convivencia de esta cultura urbana que nos marca y condiciona. Y aquí no me cabe la excusa de que son, única y exclusivamente, los dirigentes los culpables de la deserción del campo. Porque todos, insisto, todos, nos hemos mal arregostado. Y nos acostumbramos rápidamente a la papita suave.
En unas horas persistiremos en tirarnos los trastos a la cabeza. Bueno, mejor, desde el primer momento. Los medios de comunicación abrieron sus escotillas  –perdón, sus micrófonos– y dieron la posibilidad para que cada cual se desahogara como mejor estimase oportuno, incluyendo los propios representantes públicos, aunque escupan para arriba. Les da lo mismo, su especial casco los protegerá. El PP volverá a ser diana de los dardos de Paulino por su tijera recortadora. Los cabildos arremeterán contra la administración autonómica. Y así continuaremos la cadena hasta el punto de que cualquier ciudadano exija se le entreguen machetes y motosierras a los viejos del lugar quienes, como profundos conocedores del lugar, cortarán el fuego por lo sano, sin que la edad suponga hándicap alguno. O de aquel que llama por teléfono para reclamar que dejen subir a cuanto voluntario se ofrezca. Y lo hace un orotavense desde su lugar de veraneo (Los Cristianos), aprovechando la oportunidad para poner a caer de un burro a los que destrozaron la isla urbanizando, y a lo peor él está alojado en uno de esos desaguisados. Predica con el ejemplo y haz como yo: quédate en el Norte y no hagas lo contrario de lo que pregonas.
Fotografías, vídeos, cámaras, tabletas y esa ingente suma de aparatejos que ustedes conocen mejor que yo, se han sumado al carro de los despropósitos. Debemos capturar la mejor imagen para ‘venderla’ a la canaria porque la repondrán tres o cuatro mil veces y nos haremos famosos. Las redes sociales echan chispas. Los mismos que los domingos y festivos se dan golpes en el pecho entonando el ‘mea culpa’ en el transcurso de las liturgias de rigor, demandan amarrar al tronco de un pino al pirómano para que se le quemen las ideas.
Ahora que se impone la cordura y la sensatez, ya verán ustedes que ocurrirá todo lo contrario. Las administraciones se enfrascarán en labores del cotidiano quehacer (cobrar a fin de mes, potenciar todo aquello que me pueda dar publicidad, liberar más asesores, comprar más vehículos para desplazarnos más cómodamente…) y relegaremos al olvido a todo cuanto huela a planificación. Cuando lleguen las primeras lluvias, amén de las escorrentías por el terreno quemado, nos alegraremos un mogollón. La vegetación se regenerará con el tiempo (que lo cura todo, como bien se sabe) y en el próximo incendio, que lo habrá, vuelta a empezar.
El próximo verano se cumplirán tres décadas de aquel que otras veces te he comentado en los montes de Los Realejos, San Juan de la Rambla, La Guancha, Icod de los Vinos… Reto a los que lo sufrieron, se manifiesten, porque me temo se hallen tan desencantados como un servidor. Limpiezas, trochas, cortafuegos, depósitos de agua, red de tuberías, prevención, en suma –ojalá me equivoque de manera rotunda–, volverán a brillar por su ausencia. Y en el próximo rememoraremos al protagonista de ‘El coloso en llamas’. Y exigiremos una flota de hidroaviones. Que harán cola en el aeropuerto porque no existirá otro modo de recargar a poco que la mar se soliviante un fisco. Durante la espera, se echarán un cortado para matar el tiempo. Las imágenes de un operario cargando una manguera en el aeródromo de Alajeró son fiel reflejo de todo lo que te vengo contando.
¿Alguien se ha acordado en estos últimos días de los sismos y el volcán de La Restinga? Pues no te preocupes, con estos incendios pasará lo mismo. Y retomaremos la imposibilidad de acceso con medios terrestres a determinadas zonas (y presumimos de llegar a Marte), haremos un despliegue (des)informativo de cientos de horas, persistiremos en la demanda de más medios, medios, medios, medios… En definitiva, a pegar (sinónimo de comenzar, iniciar; otro ejemplo: hay que pegar con la fresca) de nuevo. Y a marear la perdiz.
Lo dicho, ¿y ahora, que? Lo mismo caigo en lo que critico y mañana, en un exceso más, vuelvo al tema.