martes, 7 de agosto de 2012

Los funcionarios

Circula por Internet un artículo de un tal Francisco J. Bastida, supuestamente catedrático de derecho constitucional (lo escribo así por las cosas raras y suplantaciones que suceden en la Red), en el que reflexiona sobre uno de los aspectos en los que el gobierno del Partido Popular, y en relación a su política de recortes, ha incidido de manera frontal: el funcionariado. Y ello me ha conducido a redactar estas líneas, no tanto por la condición de tal que en su día tuve y que desarrollé durante mi vida laboral, cuanto por unas reflexiones, que ya en otras ocasiones he esbozado, y que me siguen rondando el magín.
Si los desaguisados cometidos por la Banca deben ser paliados por los que ninguna culpa tienen en el despilfarro habido, son presentados los funcionarios como los chivos expiatorios de las alegrías contables de las diferentes administraciones públicas. Y no solo se conforma esta grey con meterle mano (mejor, las dos) al bolsillo, sino que además se les exige cumplan un horario más amplio en su jornada. Aspectos que ante la sociedad lo ponen como un auténtico gandul y que percibe, no obstante, espléndidas y generosas remuneraciones.
El concepto de ‘plaza en propiedad’, que se adquiere merced a un proceso regido por la igualdad de oportunidades, es tomado –incluso por nuestro presidente autonómico– como un auténtico privilegio. Y por ello, ahora, en época evidente de vacas flacas, hay que machacarlo. Qué fácil equiparar y hacer tabla rasa. Claro que existen funcionarios que han equivocado el sentido de esa propiedad y se han creído seres intocables, por lo que su rendimiento ha dejado mucho que desear. Pero no es menos cierto el que existen mecanismos para evitar que tales hechos se produzcan. Y aquí entran los políticos.
¿Quién no conoce algún caso en su ayuntamiento de empleado público que no rinde lo que debiera? Que pasea y habla por su móvil mucho más allá de lo que podría considerarse sensato y prudente. Pues a ese, que todos podríamos señalar, nadie le mete mano. Y comienzan las comparaciones, tan odiosas como siempre: todos son iguales.
Mientras, el acceso al poder marcará la pertinente desconfianza y marcaje hacia aquellos que no deben estar sujetos a los caprichos de rigor. Y se inicia la construcción de una administración paralela fabricando muchos clones y una duplicidad no solo innecesaria sino despilfarradora a todas luces. Pululan cargos de confianza a través de infinidad de puestos de libre designación. Lo que provoca el recelo del que honradamente gana sus garbanzos en la función encomendada y le induce al dejar pasar. Y si un técnico emite informe que estime el político va en contra de los intereses que su formación ha prejuzgado en tal o cual dirección, aparte de considerarse una deslealtad flagrante provoca la solicitud del correspondiente informe externo, que, obviamente, será del parecer de quien lo encarga; y paga, y bien (y qué importa el doble o triple gasto).
Ahí tenemos los consistorios repletos de gentes que nadie sabe cuál es su verdadero cometido, pero que a final de mes ven incrementados los saldos en la cuenta bancaria. Y sin recortes. Es más, con algún plus de productividad, con más de un complemento bien consolidado y sin que nadie le cuestione su quehacer (por decir algo; tradúzcanlo por fiscalización y vigilancia).
Cuando uno comprueba que cualquier concejal debe rodearse de varios asesores (multiplica por el número de liberados y cantidad de ayuntamientos), cuando siguen ocupando diferentes cargos (de gestión y orgánicos, cuando no compatibilizando con menesteres en la empresa privada), cuando se cobra hasta por ir al cuarto de baño, cuando se dispone (disfruta) de múltiples prebendas negadas al común de los ciudadanos… duda uno muy mucho de la capacidad de los mismos. Tanto que piensa que las administraciones públicas se han convertido en el asidero de los inútiles. Porque debo titubear ante la capacidad del que debe rodearse de muchos más inútiles que él para justificar… lo injustificable.
Cada alcalde cobra lo que le venga en gana, se implanta la dedicación plena de todos los que forman el equipo de gobierno, se establecen asignaciones a los grupos, dietas, gastos de representación, hacen reuniones de partido en horas que cobran, y bien, por otros conceptos…
Los organismos supramunicipales, que proliferan como los hongos, y que se reúnen cada tres por dos para discutir boberías –eso sí en isla diferente cada vez y sin una mínima muestra de restricciones–, se hacen la vista gorda y no intentan poner un mínimo de orden en este caos. Un ayuntamiento como el de Los Realejos, en el que los servicios públicos están encomendados a empresas municipales –con un gestor al frente– debe, y puede, ser dirigido en base a una estructura dividida en tres grandes áreas: urbanismo, régimen interior y servicios sociales. Y sobra infinidad de subdivisiones y chiringuitos cuya única finalidad es hallar una justificación para colocar concejales (y asesores, y secretarias, y…). Con el alcalde y tres tenientes de alcalde yo lo arreglaba. Y no te cuento nada de los pueblos pequeños en los que el concejal de obras, mero ejemplo, se convierte en el encargado de los peones, para general regocijo del que cobra como tal y se rasca el ombligo en la plaza debajo de un laurel de Indias.
Así, y solo así, tendrían una excusa para demandar un esfuerzo a los funcionarios para salir de este atolladero en el que ustedes nos han metido. Sí, sobran concejales. A pesar de que los grupos de la oposición crean atisbar un recorte (otro) democrático. Pues no, en vez de veintiuno, siete. Costaría más obtener un edil, pero tendríamos mucho más dinero para arreglar los colegios, para empichar las calles y… (pon lo que te apetezca). O dejen los veintiuno actuales (oye, la propuesta vale para cualquiera de los ochenta y ocho), pero cobrarían, según mi idea, el alcalde y los tres señalados antes y que estarían a cargo de aquellas tres grandes áreas. Los demás, ni un euro. Por ningún concepto. ¿No te interesa? Perfecto, nadie te obliga. Ahí se va a servir, generosamente, a dedicar horas de tu tiempo libre. Que ya está bien de tanto ordeñar. Los unos y los otros. Que nadie quiere bajarse del burro.
Si algunos pudimos llevar a cabo lo señalado líneas atrás, ¿es que los de ahora no son capaces? ¡Ah!, ¿han cambiado los tiempos? Claro, y por lo visto las capacidades, los intereses, la ilusión… Y se ha incrementado la cara dura y el medrar. Sin arte, pero con sonados beneficios. Y si quieres, te lo demuestro científicamente. ¿A que no te atreves?
Chacho, pegué bravo la semana. Te apuesto cincuenta céntimos a que no me hacen el más mínimo caso. Pero aparte de esos, y los de su círculo, estoy convencido de que tú, estimado fisgoneador, sí coincides conmigo. Pues choca esos cinco.