lunes, 17 de septiembre de 2012

Reflexión

En cierta ocasión –uno era más joven y ocupaba cierto cargo directivo en eso tan controvertido llamado docencia– se me ocurrió remitir a los componentes del claustro de profesores la siguiente misiva:
“Al profesorado del centro:
Urge profunda reflexión. Entiendo. Y estos próximos días de asueto pueden valer de disculpa. Se me ocurre. Porque la Semana Santa, tanto para creyentes como para los que no lo son tanto, debe ser el punto de inflexión. Para los unos, porque el recogimiento deberá hacerlos recapacitar acerca de la labor realizada. Para los otros, porque el solaz y divertimento del período vacacional será la necesaria recarga para acometer la última etapa del curso.
En ambos casos, porque la nave es única, todos estaremos abocados a alcanzar una meta en el mejor estado posible. Pero es menester la implicación del conjunto. Y se notan despreocupaciones y dejadeces. Por lo que me corresponde realizar la sana advertencia. Que no deseo sea tomada como correctivo ante la posible desgana y cansancio. ¡Líbreme Dios de tamaña osadía! Es –quisiera pensar que así sea– la palmada de ánimo del amigo que tiende la mano desinteresada a los que se crean que su estado requiere quien lo reconforte. Y que yo me sienta capaz.
He escuchado en estos últimos días que los alumnos se hallan alterados. Como en toda víspera de relax. Que creemos, desde nuestra óptica de adultos, que sólo a ellos afecta. ¡Cuán equivocados estamos! E, inconscientemente, bajamos la guardia. Con lo que la profunda psicología de los chavales entra en franca ebullición y entablan feroz lucha competitiva por ver quién puede más. Y no es malo, al contrario, que él sepa cuáles son sus derechos. ¡Faltaría más! Pero que no olvide que existe un principio de autoridad que recae en los nuestros. Que son tan válidos como los otros. Sin que se produzca la colisión entre ambos. Si ello así fuese, algo estaría fallando. Y en este caso, la culpa no cabría echársela a él. Al menos.
Cuando se producen frecuentes altercados en el rato de recreo, cuando permanecen chicos recorriendo los pasillos y fumándose un pitillo en el cuarto de baño, cuando se sale a los servicios en los cambios de clase sin autorización alguna, cuando la suciedad impera por todos los rincones del Centro, cuando regresan de la clase de Educación Física botando las pelotas por los pasillos, cuando suben las escaleras al más puro estilo manada desbocada..., añadan, si les parece oportuno, ese etcétera más o menos largo que rondará nuestras mentes al leer estas líneas y concluyamos, sin escudarnos en milongas de tres al cuarto, en dónde habremos de bregar.
¿No será que el pequeño analista ha sido capaz de rebobinar secuencias antes que nuestra prodigiosa mentalidad debida a largos años de experiencia? ¿Se habrá percatado el susodicho de que flaqueamos con velocidad de crucero, lento pero sin pausa, mientras su ‘maquinita pensante’ lo hace a la de una canoa de alta competición?
Son escasos los que inciden en la recogida de papeles del suelo, amparados, muchas veces, incluso, en el ‘no me hacen caso’ o ‘son de tal o cual nivel’, que no puede tener, de ninguna manera, justificación alguna. Son varios los ‘vigilantes’ que se pasan el turno platicando de asuntos varios, mientras los ‘vigilados’ campan a sus anchas, o por sus respetos, tanto monta.
La labor de tutoría se me antoja fundamental. Porque no es normal que bajen a Dirección o Jefatura de Estudios más díscolos de los que pudiera considerarse normal. O que entrase dentro de los baremos considerados como tales. Y no les cuento los movimientos habidos, porque les podría fastidiar esta maravillosa semana.
Recuerdo haber manifestado en la primera reunión de Claustro del presente curso, allá por el ya lejano mes de septiembre, que restaba un día menos para el 30 de junio. No neguemos, pues, lo obvio y pretendamos demostrar la cuadratura del círculo. Hace más bien poco, cuando los condicionantes educativos iban por otros derroteros, exclamábamos: ¡Señor, otro curso que se acaba! Ahora, que tenemos superado el temor a pasar a formar parte de los clubes de la tercera o cuarta edad y deseamos una jubilación a toda costa, insistimos en aquello de que lleguen cuanto antes las vacaciones caniculares.
Ni el equipo directivo es la panacea que resuelve todas y cada una de las anomalías, ni ayudan los padres en las más de las ocasiones. Pero estamos todos condenados a entendernos. Y bueno sería que en este último trimestre –por llamarlo de alguna manera– fijemos como norte el capítulo de las obligaciones, de los deberes. De todos. Pero ello exige que vean en nosotros un modelo…
(seguiremos mañana)