lunes, 1 de octubre de 2012

De animales

Hace escasos días (calle Guillermo Camacho y Pérez Galdós, de Realejo Bajo) tuve que parar el coche para dar paso a un respetable rebaño de cabras que iba en dirección a Tigaiga (o a Los Príncipes, o vaya usted a saber; y vete tú a saber –versión más en confianza– de dónde demonios venía). Tras el conjunto de cuadrúpedos, otro de cuatro ruedas que circulaba, obviamente, a la velocidad que aquel le marcaba. Nos dio tiempo para saludarnos, intercambiar opiniones y preguntar por la familia, que es lo que se tercia en estos menesteres. Menos mal que el camión de la basura se percató de la jugada y le dio un fisco p´atrás (para atrás, versión culta), hacia la farmacia, para que bajáramos los que salíamos del pueblo, que si no estuviéramos todavía inmersos en el fregado (caos, versión culta) circulatorio y hubiésemos puesto en jaque la celebración de la feria del fin de semana. Oye, si no me creen, pregúntenle a Carmen Juana (excelente compañera del gremio lingüístico) si estoy mintiendo.
Como hemos tenido unos días entretenidos con varios casos en los que el protagonismo ha sido enteramente animal, me parece conveniente repasar algunos aspectos. Al tiempo, el oportuno recordatorio al alcalde realejero acerca del cumplimiento del bando que dictó no ha tanto para ordenar este complicado mundo caprino. Sí, aquel que ilustró con unas fotografías en las que las susodichas se merendaban los vegetales que hallaban a su paso. Recordará, me imagino esta que adjunto. Y aprovecho para que repase esto: Ante la complejidad de cumplimiento de algunas de estas prohibiciones por parte de cabras u ovejas [se refiere a la obligación de los dueños de recoger los excrementos de sus mascotas], se imposibilita además la circulación de ganado de este tipo por las vías públicas del municipio. Deben circunscribirse las zonas de pastoreo de ganado suelto, única y exclusivamente a barrancos y cañadas del término municipal.
Y de paso solicitarle humildemente que hable con Ricardo Melchior para que estudien la posibilidad de instalarles un protector en los cuernos mientras transiten por las vías públicas (como se exige un bozal para los perros), pues rayan los coches. Oh, ese rato que estuve al lado de la plaza esperando que el cabrero me diera la orden para proseguir, sentí pánico cuando los astados (¿o las astadas?, porque no vislumbré al macho) tuvieron rodeado al pobre fotingo durante unos buenos cuantos minutos.
Ha habido especial revuelo en La Orotava. Parece que un ciudadano se vio afectado por el posible contagio (fiebre Q) de unos ejemplares que habitan en el Barranco de Tafuriaste (debe ser los que tienen la carretera de Las Candias y La Luz con más pintadas en el piche que cualquier muro grafiteado). Y el Consejo Insular de Aguas ha cogido el asunto por los cuernos (qué otro lugar mejor en este particular) y ha ordenado desmantelar los corrales. Pero tendrá, pienso, que realojar a tanto bicho, no debiendo ser cuestión baladí el traslado, salvo que Bankia les ceda unos cuantos activos (medio pasivos) inmobiliarios para tal necesidad.
No vayan a creer ustedes que es tan sencilla la solución. Porque los cabreros son mucho más inteligentes que los políticos, algo nada complicado por otra parte. Y si acuden al juzgado, que no se la prometan tan felices las instituciones públicas porque para ser declarados insolventes no media sino la cantidad de quesos a estipular para la componenda de rigor. Y a la historia me remito, porque este es un problema sin resolver desde bastantes décadas atrás.
En el Barranco del Patronato existe un caso similar. Y por donde pasan las cabras, el terreno se queda yermo para siempre jamás. Son peores que los ejércitos del célebre Atila. Por supuesto que habrá que buscar una medida que compatibilice usos ganaderos con los sociales, pero una vez consumados los desastres urbanísticos no parecen muy lógicos estos vaivenes de trashumancia. Los espacios, y el clima, en estas islas no son equiparables a los terrenos peninsulares. Habilitar zonas puede ser la disposición oportuna, aunque me temo que prima, muy mucho, la individualidad en esto del pastoreo. Hasta en este aspecto creo que nos ganan en Gran Canaria.
Contemplé una escena hace unas semanas en la zona de La Higuerita que casi concluye en tragedia. Dos mozalbetes que se hallaban, con unos cuantos perros, al frente de un rebaño, se enfrentaron dialécticamente con el dueño de unos terrenos, al recriminarles este que se hubieran metido en su propiedad con las cabras. Yo, simple y llanamente, estaba de pateo por el lugar. Menos mal que no relucieron armas en el conflicto. De lo contrario, lo mismo no estaría hoy contándote el suceso.
El segundo: las palomas invasoras en el colegio de La Vera. Que ha tenido mucha más trascendencia mediática, incluyendo la presencia en la última sesión plenaria portuense. Habrá que actuar más drásticamente con estas aves que proliferan de modo alarmante. Como las tórtolas en determinadas plazas de estas islas. La suciedad que originan no me inspira confianza. Y de los perjuicios que causan, mucho se ha escrito. En la naturaleza salvaje existe un equilibrio que mantiene a raya los excesos. Pero el dar de comer a los animalitos para sacar la foto de rigor al chaval con ellas a su alrededor y, en definitiva, el descomponer artificialmente el orden que la propia naturaleza dicta, nos conduce a estas situaciones. Las palomas saben que en los centros docentes hallarán buen acopio de desechos alimenticios. Máxime cuando, a pesar de la crisis, restos de bocadillos, dulces y los chuches de Mariano, quedarán esparcidos por pasillos y patios de recreo. Si arriba les facilitamos la labor desatendiendo obligaciones de limpieza, reparación, controles sanitarios y demás, excelente caldo de cultivo.
A perdonar por esta forma tan animal de comenzar la semana, pero la actualidad marca la senda. Ya tendremos tiempo de comentar el último congreso insular socialista y otras nimiedades.