martes, 23 de octubre de 2012

Nos quejamos por todo

Para declararse inocente, Nacho Vidal, parece que conocido actor de películas porno, gritó bien potente: “Lo juro por lo que más quieran”. Y ya pueden imaginarse ustedes que es lo que al auditorio más le apetecía del susodicho. La avalancha fue tal que la policía se las vio y se las deseó para despegar aquella marabunta de la protuberancia objeto de la apetencia.
Se comenta, como me imagino habrán leído, oído, escuchado o visto, que el implicado en la denominada Operación Emperador, había servido de molde (bueno, seamos exactos, cierta parte de él) para la fabricación de unos vasos chinos. Y es que lo que no inventen estos orientales. Son capaces de agarrarse de cualquier cosa para conseguir la meta. Menos mal que los perros, debidamente adiestrados para tales menesteres, fueron capaces de meter sus narices y, tras intuir que podía haber chamusquina, tiraron de olfato y comenzaron a descubrir dinero oculto en cantidades tan importantes como el número de sujetos de la trama.
Como uno va con la mujer a comprar a Mercadona (perdón por la publicidad), y la principal misión es la de conducir el carrito (sí, ese que siempre se va para un lado; para el mismo que el que viene en sentido contrario; casi tan difícil como el que te hacen conducir cuando vas a renovar el carné), recordé la situación viendo cómo sacaban de la nave (china, por supuesto) unos cargados de billetes hasta el mismo asiento de los nietos… Qué envidia sentí, tú. Tiene que ser una gozada. Ni comparación con un par de cajas de leche, los embutidos y los yogures. De todas las marcas había. Y de todos los colores. Vaya con el emperador (chino, faltaría más).
Y ya que me introduje en el mundo de la circulación, y como tengo un primo que se dedica a dar buenos consejos para que seamos capaces de respetar el código (ya saben, eso de las normas y las señales), no acabo de entender el porqué ponemos el grito en el cielo –incluso es noticia de actualidad en los medios de comunicación– cada vez que se localizan radares en las carreteras. Y no digamos nada cuando se supone que las autoridades del ramo los ocultan, los camuflan.
Nos inundan a correos electrónicos advirtiéndonos de los lugares en los que son ubicados dichos aparatos: que sin en un contenedor de basura, que si en una valla de protección, que si en un coche con una baca… Vamos a ver: si te ponen una señal que te prohíbe circular a más de 100 kilómetros por hora y tú te enfoguetas con el que te adelantó dos kilómetros antes y pisas el acelerador como un energúmeno para demostrarle que tu coche es mejor, de qué demonios te quejas si te sacan la foto correspondiente en la que se te indica que ibas a 125. Perdón por la expresividad, pero jódete, paga el importe y ya sabes que tienes unos cuantos puntos menos. A buen seguro que el radar no te dirá ni pío, por muy disimulado y escondido que esté, si cumples con lo que está reglamentariamente establecido.
A Jesús, el dueño, director, editor y redactor de Pepillo y Juanillo, lo han ‘fotografiado’ dos veces. La primera –tienes en la ilustración la prueba del delito–, por querer presumir con mi flamante Fiat 128 en la autopista del Norte, a la altura de La Matanza, y, por currito, toma 1000 pesetas. Que las pagué a los pocos días –vuelves a disponer de la constancia en el papel timbrado de la época– en la capital tinerfeña.
Y aprovecho para contarte que tras el abono –creo recordar que Tráfico estaba por la Avenida de Anaga–, subí por la carretera de Arafo hacia La Esperanza. Y casi no llego porque me trincó una nevada que menos mal que delante iba un jeep que me dejaba las marcas de las ruedas por las que yo metía el fotingo. Casi no llego a Las Lagunetas, lugar hasta el que el blanco elemento hizo acto de presencia. En fin, pero lo cuento. ¡Ah!, la otra fue hace poco en Alemania. Por atrevido, sin más. Veinticinco euros. Los pagué en Correos.
Se celebraron elecciones en Galicia y el País Vasco el pasado domingo y aún no te he contado mi parecer. Pero como ya casi he acabado el espacio que me tengo autoencomendado (vaya pareado más tonto), solo señalarte un titular periodístico: “Feijóo alejó a Rajoy de sus actos y Rubalcaba alentó los de Vázquez (se empleó a fondo)”. De lo más normal. Los gallegos son así. Y ahí lo dejo. Vete pensando los motivos. Porque lo socialistas, en boca del que fuera alcalde donostiarra, se han limitado a “algo estaremos haciendo mal”. Como no me hacen caso, lo vuelvo a repetir: refundación, no; refundición, sí. Los salva el que no queden ‘altos hornos’.
Hasta después.