jueves, 25 de octubre de 2012

Un impacto terrorífico

En la quietud de la noche solo se escuchaban los susurros del canario:
–¿Cuántos tienes?
–Cállate ya. Te dije esta mañana que tres, pero el clásico hormigueo me indica que viene el cuarto. Será el último, seguro.
–¿Y tienen calor suficiente?
–Como sigas molestando con tus interrupciones, ya me dirás.
–Es nuestra primera puesta. ¿No me notas nervioso?
–Y pesado.
Con lo que la canaria dio por concluido el diálogo.
Eran los amores de los tortolitos. Ella dormía ahora plácidamente en el recoleto nido que habían construido durante al menos tres semanas de intensas jornadas de trabajo. Él, en una rama a no más distancia de dos alas extendidas, no podía pegar ojo. La escena irradiaba ternura. La plácida primavera engendraba, una vez más…
El ruido debió escucharse a varias millas mar adentro allá por el Faro de Orchilla. El estampido de la cabeza contra el suelo sonó como cuando se caía el caldero más grande del rústico locero en el caserón de La Gorvorana. Ángela dio un brinco y quedó de pie al lado de la alfombra sin saber qué hacer.
–¿Qué pasó, cariño, te hiciste daño?
Pau se incorporaba muy lentamente. Sacudía la testa todavía algo confuso. Se palpaba el parietal derecho, costado hacia el que, aparentemente, salió disparado. Mostraba aún los efectos del tremendo leñazo y la zumbadera en la oreja (derecha) le recordaba el discurso de los pajaritos enamorados. Intentó ponerse en pie, pero el órgano de Corti lo dejaba peligrosamente escorado (hacia la derecha).
–Chacha, vaya impacto más terrorífico.
–Yo me empeño en canarizar mi léxico y tú, en cambio, cada día me sorprendes. Don Pepito te tiene sorbido el seso.
–Chacha, vaya impacto más terrorífico.
–Eso ya me lo dijiste antes. ¿Tú estás bien, Pau?
–Ños, yo creo que estaba soñando con la sensibilidad del que está enamorado y cuida pajaritos.
–Ya te di mi opinión al respecto. Me pareció una cursilería que no venía a cuento. En vez de establecer una línea argumental en torno a lo nuestro (el canario), te enrollas con una sociedad más humana, más sensible. Con la que está cayendo. Hasta Ricardo se rascaba la nariz.
–Ya coño, me voy a acostar otro fisco, más que sea (para impresionar a la mujer) hasta las seis; me silba este oído (tocándose el derecho), que parece que estoy en Chipude escuchando los alegatos de Isidro Ortiz.
–Descansa –sentenció Mena–. Mañana daré orden para que pongan de nuevo la baranda, como en nuestro lecho sauzalero.
Y en la quietud de la noche, una vez más, solo se escucharon hasta casi el amanecer los ronquidos presidenciales.
Cuando el sol hacía su aparición en el horizonte, allá donde se signaba la silueta del Roque Nublo, el coche oficial, a los mandos del conductor de siempre, se dirigía a la sede gubernamental. En el sillón de atrás, la secretaria recordaba a su jefe el contenido de la agenda. Este parecía más inquieto que en días precedentes. Daba la impresión de que no prestaba demasiada atención a lo que, solícitamente, se le indicaba.
–¿Le ocurre algo, señor presidente?
–Anoche tuve un sueño y hoy no me levanté muy católico (nacionalista).
–¿Pero es grave?
–No, gravísimo. Fíjese usted que no estoy seguro de si mañana seguirá en su puesto, si tendré vehículo y conductor a mi disposición, si cobraremos a final de mes, si no tendré que reducir de nuevo las consejerías, si no sería conveniente cerrar la Universidad de La Laguna (y pensó en El Día), si suprimir los ayuntamientos de Tacoronte y La Matanza para anexionarlos al de Mariano, si decirle a Concepción que compre acciones en Binter, si…
–Presidente, ¿usted me escucha?
Pau, sentado a la izquierda de su secretaria, miraba fijamente la línea blanca que delimitaba los carriles de la calzada.
La secre, absorta en sus papeles, tuvo tiempo, no obstante, de girar la cabeza y creyó observar un ligero cardenal en la oreja derecha. Y cayó en la cuenta del despertar no muy católico.
Para sus adentros, Pau hacía cuentas (hoy tocaba debatir los presupuestos) y creía haber matado dos pájaros de un tiro (que no se enteren los expositores de tal expresión). La entrada del blog y la frase comodín del día se condensarán en un escueto titular: un impacto terrorífico. Tiembla, Rajoy, apostemos por más Canarias y menos España. Cuando Willy eche la peli de Cubillo…
–Me satisface verlo más contento, presidente. Buen síntoma para comenzar el día. Recuerde que viene José Miguel a desayunar…
Mientras esperaba a que le abrieran la puerta, Pau, sintiendo algún extraño escozor, se palpó, disimuladamente, el pabellón auditivo externo (derecho). Y se le antojó que estaba hinchado.