jueves, 27 de diciembre de 2012

Educación social

La pasada semana salió una información en Diario de Avisos que nos trasladaba al colegio privado Nazaret, de Los Realejos. Y lo ponía como claro ejemplo de educación social. Se basaba la crónica en un proyecto que han llevado a cabo en el citado centro y lo ensalzaban a la categoría del no va más (expresión coloquial: aclaración pertinente para los que se pican sin comer ajos), merced al buen hacer de un claustro de profesores comprometido.
Fui al periódico desde Facebook. Alguien, al tiempo que felicitaba muy efusivamente su labor, colgó el enlace correspondiente (el link, que dirían los entendidos). Y uno que ha estado ligado toda su vida a la escuela pública (en la que estudiaron sus hijos y ya una nieta recorre pasillos y corretea por sus patios), defensor acérrimo de la misma (otro día te explico el porqué de mis estudios de bachillerato en el Colegio San Agustín), nada tiene que objetar –jamás lo ha hecho– a la existencia de colegios privados. Por muy concertados que me los quieran vender. Porque ese particular no le confiere, como pretenden hacer ver algunos (incluidos socialistas y comunistas de nuevo cuño), en manera alguna, un estatus diferenciador. Son privados, y punto. Con la salvedad de que los pagamos todos, aunque ellos cobren luego por otros conceptos añadidos (no incluyo el desgate de pisos, que parodiaba Gila), bien per se, bien a través de Ampas u otros.
Pero como este es un tema que he plasmado por escrito en multitud de ocasiones en estos bastantes largos años de presencia en medios públicos, vamos al meollo de la cuestión: la educación social (educar en valores, les gusta mentar a otros). Me da la impresión de que se intenta sobredimensionar el calificativo social más allá de lo que se le debe presuponer a la educación en sí. ¿O es que, acaso, el resto de instituciones docentes, incluidas las públicas, no lo hacen?
Aquellos que sufrimos los atascos que se producen durante las entradas y salidas del centro privado en cuestión (añadan, si les apetece, el Pureza de María, en La Montañeta, donde el erario público costeó una vía alternativa de muchísimos millones, sin que ello haya paliado el desaguisado circulatorio en la carretera general), dudamos muy mucho de la educación social de los padres que paran, y se toman el tiempo necesario sin consideración alguna hacia el resto de ciudadanos, en la calle El Sol para dejar al primar vástago, y, unos instantes después lo hacen, sin rubor alguno, en la calle El Llano para dejar al segundo. Bien podrían las monjas dejar libre una semana a los alumnos y darle unos cursos de urbanidad, civismo, respeto y demás a los progenitores. Porque ya me dirán de qué demonios (con perdón, qué atrevimiento) valen las consignas que te pongo a continuación en cursiva, extraídas de su web, en un estado aconfesional como es el nuestro (artículo 16 de la Constitución) y que establecen una clara discriminación a la libertad ideológica, religiosa y de culto:
La formación de familias cristianas, mediante la educación de la infancia y de la juventud educando a la vez la inteligencia y el corazón de cada uno de los alumnos.
En Nazaret se vivió el Evangelio antes de que se proclamase, la vitalidad de los Colegios de la Congregación nace del Evangelio, que presenta a Jesucristo como Modelo para todo ser  humano y que respeta, tiene en el centro y cree en el valor de toda persona. Para que los centros educativos de la Congregación de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret puedan llevar a cabo eficazmente su proyecto educacional, su identidad ha de ser reconocida y aceptada por todos aquellos que intervienen en la actividad educativa, sea cual sea su función y su nivel de responsabilidad y deben ajustar a ella su comportamiento personal.
Una concepción trascendente del hombre y del mundo que propone a Jesucristo como la plena realización de la persona, presentando el mensaje del Evangelio inserto en las peculiares situaciones socio-culturales, personales o de grupo y ayudando a todos y a cada uno a encontrarlo en la propia experiencia de fe.
Es lo que jamás he entendido de todas las religiones. De puertas adentro, la teoría; de puertas afuera, una práctica que no concuerda en absoluto. Los mensajes se ahogan al traspasar los accesos del edificio. Y la falsedad es aún mayor en quienes te espetan que la categoría de un privado no te la puede dar un público. Pero no se recatan lo más mínimo en quitarse de encima aquellos elementos que estorban. Y no porque no crean en Jesús, que sí lo hacen (es la primera fase de la formación), sino porque la inteligencia (término relegado a un segundo orden) pone de manifiesto algún fallo de fábrica.
Justo enfrente de esta maravilla se ubica otro colegio. Público y sin privilegios. Con unos profesores que merecen, aparte de todas las consideraciones, más medallas que las concedidas al vecino. Porque con incomprensiones y recortes, y quizás sin proponer, en la teoría más mendaz, a Jesucristo como modelo –puede que ese sea su pecado–, realizan una labor social sin parangón. Y regados por el pueblo, otros muchos. Con carencias y penurias, trabajando con mezclas que los encumbrados no tienen ni por asomo, pero con una FE ciega en proyectos educativos que se hallan muy por arriba de sectarismos y encasillamientos, abiertos y plurales, como lo es la vida misma.
Lo dejo, aunque seguiré trabajando (escribiendo) con el objetivo de cambiar el mundo.