miércoles, 26 de diciembre de 2012

Llueve sobre mojado

Redacto estas líneas el 25 de diciembre. Es decir, ayer (para ti que me lees ahora). Y ayer fue Navidad. Tras una Nochebuena pasada por agua –bendita sea–, pudo celebrarse, con atraso, en Tigaiga su tradicional Belén Viviente, que ya cumple su cuadragésima edición. Me alegro, es un atractivo más. Y que se venda, falta nos hace.
Siempre he procurado guardar el máximo respeto a todo tipo de actos religiosos y allá cada cual con sus creencias y convicciones. No es el caso de las opiniones en sentido contrario –la de los católicos apostólicos y romanos, fundamentalmente– hacia quienes, como es mi caso, la Navidad ha perdido todo su sentido original y la han enfocado a un consumismo brutal. Al que la inmensa mayoría de la sociedad se ha prestado gustosamente y no se duda lo más mínimo a la hora de brindar, invocando principios éticos y morales, ante una mesa bien surtida mientras el hambre, la miseria y las penurias campan a sus anchas (y a sus largas). Eso, demagogo.
No entiendo los lamentos andaluces cuando una procesión de Semana Santa debe ser suspendida ante las inclemencias meteorológicas. Por ello no comprendí la expresión utilizada en un comunicado del ayuntamiento realejero (“La lluvia fastidia las ilusiones de todos los que luchan por una tradición”), ante la suspensión del acto programado en Tigaiga. Creo que nos estamos cargando de una sobredosis de inmodestia, cinismo y falsedad. Y me molesta más cuando lo hacen amparados en aquellos en los que dicen creer y que deberán ser, en todo caso, los que nos brindan generosas y abundantes lluvias. Para que en el próximo verano no tengan que recordarnos mediante megafonía que seamos comedidos en el uso del líquido elemento porque los depósitos se hallan vacíos. O la religiosidad nos vuelve ciegos o, lo que sería aún peor, pretendemos poner una venda a los que dicen adorar.
La lluvia no fastidia, aunque no lo haga al gusto de todos. No solo vienen bien por las razones consabidas, sino que pone a prueba las infraestructuras municipales. Y sería conveniente reconocer que no se hacen las cosas bien. Desde tiempos inmemoriales. Cuando uno contempla cómo sale el agua en una alcantarilla situada en la plaza Mencey Bencomo, justo a la entrada del pueblo, y cómo se pone, una vez más, la zona de Los Barros (qué nombre más apropiado), habrá que concluir que algo se debe estar haciendo mal. Y en vez de lamentarnos porque hubo que aplazar el nacimiento, mejor nos convendría intentar buscar una solución para, como decían nuestros mayores, cuando caen cuatro gotas. No aprendemos de los errores y nos quejamos por lo más nimio, mientras que las cuestiones trascendentales son aparcadas una y otra vez.
Son tantos los ejemplos que podrían citarse, que ya bien podrían los diferentes grupos políticos –con el de gobierno al frente– a no andar con remiendos, disculpas y fotos en Facebook, sino a trabajar con visión de futuro, teniendo en cuenta que la naturaleza de vez en cuando nos sorprende y nos pone a prueba.
Pero no (acuérdense de lo que escribo en esta Navidad de 2012), ya comprobarán como en un tiempo volverá a llover sobre mojado. Desde aquella riada del barranco de San Felipe al final de la década de los sesenta del siglo pasado (por no remontarme al triste aluvión de noviembre de 1826), hasta este palo del pasado lunes, muchos aguaceros han caído. Y bastantes destrozos hemos tenido que soportar. Pero convendrán conmigo que bien poco hemos aprendido. Vivimos el día a día y no planificamos. Estamos más pendientes de lo superfluo, de lo que me pueda brindar de manera inmediata un puñado de votos, que de preocuparnos por la seguridad de un municipio de cuarenta mil habitantes (el mío, aunque se puede hacer extensible a la mayoría). Y Los Realejos cuenta con un superjefe de seguridad (lo de súper va por el sueldo, porque la valía aún no la ha demostrado con hechos). Cuya ausencia –lo mismo no la notaríamos– significaría la presencia en las calles de al menos dos policías más. Y que conste que uno se ha callado hasta ahora el malestar existente en la plantilla con el ‘marrón’ que les ha caído, por respeto a los muchos amigos que uno tiene en ese colectivo.
Alegrémonos, pues, de que haya vuelto a llover (qué pena lo de la Balsa de La Cruz Santa) y encomienden sus oraciones (los creyentes) para que esta bendición nos sorprenda con más frecuencia. Que tiempo para fiestas y actos de diversa índole siempre habrá a lo largo del año. Y que esa misma fe les ilumine para saber diferenciar lo trascendente de lo que no lo es. Si unas lluvias torrenciales nos cogen un día desprevenidos y nos mandan a freír chuchangas, de bien poco nos valdrán esos otros aspectos menos mundanos.
Ahora mismo los sectarios ya me están condenado. Es la nítida diferencia entre los unos y los otros. Yo soy creyente y practicante. Me parece bien; y yo ateo y enfermero. ¿Tú, ateo?, y una mierda. No le des más vueltas, ese es el respeto de allá para acá. Que llueva, que llueva…