martes, 26 de marzo de 2013

Aguas residuales

La urbanización de la costa realejera no fue un dechado de virtudes. Y de nada nos vale el consuelo de que en la inmensa mayoría de poblaciones ocurrió tres cuartos de lo mismo. Es por ello que constituye un motivo de alegría el que se vayan culminando todas aquellas deficiencias (por no llamarlo de otra manera) que nos han traído de cabeza en estas últimas décadas.
Es curioso observar cómo se ha ido diluyendo el espíritu reivindicativo, tan a flor de piel en los primeros compases de la democracia, hasta el ostracismo más acomodaticio. Porque me gustaría que alguien me señalase qué protestas ha escuchado, o leído, en estos últimos años acerca de este particular que da título al presente post.
Hubo movimientos ecologistas que pusieron a caer de un burro a los ineptos políticos de aquellos primeros mandatos tras las elecciones de 1979, y que luego se diluyeron cual azucarillos en el Charco de las Mujeres. Este hecho me recuerda a lo que acontece en las redes sociales, cuando, sin motivo aparente que lo explique, alguno de los que se mostraba asaz incisivo con los gobernantes del momento, se torna en dócil corderito y, o bien silencia todo tipo de comentarios subidos de tono, o cambia su discurso de manera harto notoria.
Aquellos que transitamos –más bien, corrimos– por los acantilados comprendidos entre el límite con Puerto de la Cruz y la zona de El Guindaste, fuimos testigos de las alegrías constructoras que supusieron el nacimiento de asentamientos poblacionales en lo alto de donde nosotros recorríamos senderos y canales para acceder al Charco de las Lisas, a la Cueva del Mármol, al Callao de Méndez o a la Piedra Alta. Por estrechísimos vericuetos que mejor ni recordarlo. Y contemplamos cómo la basura comenzó a hacer acto de presencia en lugares completamente vírgenes. Un capítulo importante del progreso y la civilización vino de la mano de los lindos chorritos que discurrían laderas abajo para formar piletas hediondas en los aledaños de lo que había sido, desde siempre, espacio natural de baño.
La red de saneamiento –bonita fórmula de comenzar la casa por el tejado– vino a poner cierto grado de sensatez en el ‘asqueroso’ asunto. Aunque ha sido un proceso demasiado lento. Y les puedo asegurar que el que suscribe estas líneas creía que el emisario submarino había pasado a la historia y que todo el caudal de las porquerías líquidas estaban siendo conducidas a la depuradora de Punta Brava.
Por lo que leo en estos últimos días, parece ser que no. Que restaban flecos para que la circulación subterránea fuese efectiva en sus totalidad. Aun así, a seguir los doctos consejos del amigo en lo que respecta a su particular versión del refrán: “Nunca es tarde si la chica está buena”. Y congratulémonos de que todo ‘eso’, que no se ve pero que se huele, vaya a donde debe ir.
Sería conveniente, no obstante, recordar que una estación depuradora de aguas residuales requiere un mantenimiento adecuado. Y en los alrededores del Hotel Maritim, en demasiadas ocasiones, se respira un tufo no muy agradable. Por lo que se deduce que algo debe estar fallando en el proceso. Puede que haya sido otra de las causas para que la operatividad del complejo hotelero haya quedado reducida a la mínima expresión. O dicho de otra manera, si el aire hubiese tumbado para el naciente, en lugar de para el poniente, otro gallo habría cantado. O mejor, otros loros hubiesen gritado Scheiße. Y esa es palabra mayor, máxime cuando se expresa en alemán.
Ya que he dedicado este día para recorrer esos mundos recónditos por los que transita todo ‘eso’ que sale de los cuartos de baño –bueno, sale de otro sitio, pero tú me entiendes–, y ya que la noticia que hoy comentamos hace referencia a esa zona baja, o costera, de Los Realejos, manifestar mi total extrañeza –lo adelanté de soslayo tiempo atrás– ante el anuncio (Radio Realejos lo emitió hasta la saciedad) de que aprovechando la obra de remodelación en las calles La Longuera y El Toscal, todo aquel que lo deseara podía conectarse a la red de saneamiento. Y te juro que no lo comprendo. No se trata de un deseo personal a gusto y conveniencia de cada cual. Es una obligación. Un servicio por el que ya se abona la tasa correspondiente. De qué nos vale felicitarnos por suprimir esos vertidos a la costa si luego persistimos en inyectar porquería al subsuelo. Es más, si una vez se haya finalizado la obra del acerado comienzan a tupirse varios pozos –algo bastante frecuente en aquellos terrenos–, tendremos que empezar a romper de nuevo. Sí, ya sé que el ayuntamiento se escudará en que correrá a cargo del vecino implicado. ¿Y qué? ¿Cuándo vamos a aprender a matar varios pájaros del mismo tiro? ¿O nos sigue pareciendo más lógico levantar lo recién cerrado?
Y concluyo en el lugar en el que he vivido gran parte de mi existencia. El afer de las cabras y el tramo del sendero por la Romántica I, de juzgado de guardia. Hace años se mató un joven por una imprudencia temeraria al circular con una bicicleta por parajes de increíble belleza pero de enorme peligrosidad. Lo que se vislumbra ahora mismo en el salto de agua de Gordejuela, a escasos metros de la elevación, pone los pelos de punta. Cuando ocurra la desgracia, nos pasaremos la pelota echando culpas al otro por mor de unas competencias.
Hasta mañana. Ya sé que estamos en Semana Santa, pero no pienso irme de vacaciones ni acudir a las procesiones. Díscolo que me vuelto.