jueves, 14 de marzo de 2013

¡Vaya revuelo!

El pasado fin de semana tuvo mi hijo la infeliz ocurrencia de cumplir años. 35, para ser exactos. Lo que me lleva a exclamar: ¡Ños, qué viejo me estoy poniendo! Porque se trata del pequeño de la casa. Agüita. La de la mayor no la digo, no sea que me alcance dos cachimbazos.
Ahora es más práctico, en lugar de romperte el coco pensando qué demonios –con perdón a los de las fumatas– puedes regalarle, ir al cajero y entregarle directamente aquella cantidad que tú estimas adecuada y pertinente y que entre en los cálculos de las maltrechas economías familiares, máxime, como es mi caso, tratándose de un jubilado. Dentro de los posibles, que se dice.
Y allí me fui el sábado próximo pasado en la mañana y… ¡chiquita fiesta! Aquello parecía la procesión del Domingo de Ramos. Aunque faltaban palmitos y sobraban asnos. Porque si yo, que llegué demasiado tarde a esto de las nuevas tecnologías y avances informáticos, sabía que se iba a paralizar el asiento de los potenciales movimientos –lo venía anunciando la web de La Caixa desde varios días antes–, cómo va a ser que esa enorme cantidad de gente joven –salió el enjambre hasta por la tele– pensara que estaban regalando dinero. No te engaño si te comento que del que yo acudí (oficina de CajaCanarias en La Longuera) salió un chaval (no llegaba a 20) argumentando, con una sonrisa de oreja a oreja, que el día anterior su saldo estaba a cero y que en ese instante había sacado 150 euros. Hombre, tampoco comprendo el porqué la entidad bancaria permitió que este hecho ocurriera. Si no hay, no hay. Y no me engañes o me des falsas expectativas. Cierra el negocio –por inventario, que se mentaba antes– y el lunes comenzamos la nueva travesía.
El lunes y martes me alongué por los alrededores de dos oficinas de la susodicha con el ánimo de actualizar la libreta y la fiesta continuaba con el mismo esplendor del finde anterior. En la de La Vera ocurría algo verdaderamente curioso. En el instante en que yo asomé el hocico por la puerta, había tres hermosas colas: la principal en dirección a las mesas donde resignados empleados aguantaban la marabunta. Pero otras dos, no menos espléndidas, completaban el aforo del recinto: una, hacía el cajero automático y la segunda, al actualizador de libretas. Y como las instrucciones –esto lo deduzco por lo que se escuchaba en el ambiente– eran diferentes a las que ya el personal estaba acostumbrado, imagínate la película. Igualito que la Plaza de San Pedro, tú.
En la mañana de ayer miércoles tuve que bajar a La Longuera, que como bien sabes es mi barrio de siempre. Y el atractivo turístico persistía. Tanto que el vendedor de los cupones de la ONCE (Otilio, el de toda la vida), que se sitúa normalmente en los alrededores de la estación de servicios Shell, cambió su chiringuito y ubicó silla y paraguas por fuera de donde se hallaba la potencial clientela: la antigua sucursal de CajaCanarias. Ni que fuera bobo. A través de los cristales vislumbré que en su interior podría haber un centenar de personas. Y pensé que tenían que haber sido muchos más de los que imaginaba los gilipollas afectados por el supuesto regalo del cajero.
Se me encendió la bombilla y me trasladé apenas unos metros hasta la otra oficina que La Caixa tiene en un edificio cercano y en la misma acera. Mi sorpresa mayúscula y morrocotuda fue que cuando entré solo se atendía a una persona. Y no había que coger número ni nada parecido. Es más, el que realizaba la gestión de la señora que me precedía era David, el empleado de la otra oficina (que, por cierto, se quedará en una en apenas unos días). Mientras esperaba, apenas un par de minutos escasos, tuve la tremenda suerte de que llegó la otra empleada, quien me atendió ipso facto, me tramitó la nueva libreta (la anterior estaba ya inoperativa), me consultó si las tarjetas (débito y crédito) estaban activadas, le di las gracias, me marché, pasé por el otro establecimiento, miré pa´dentro, me reí, saludé a uno que me columbró y me dirigí hacia el coche gritándole: adiós, esteee…
Seguimos siendo un país de pandereta. ¿O no es verdad, Elfidio? Ahora estaremos unos días con el Papa pa´rriba, con el Papa pa´bajo, nos olvidaremos de Bárcenas, de Ponferrada y de la madre de todas las batallas. Y concluyo con esta movida del Vaticano. Estuve escuchando la radio a partir de la fumata blanca (estaba caminando por San Jerónimo) y todos los entrevistados coincidían en que había sido una “erección” rápida. Pero, y esto lo pensé yo, la “eyaculación” se hizo esperar. Las dos palabras que tú debes colocar en lugar de las entrecomilladas riman en consonante con las mencionadas. ¡Ah!, me causó tremenda gracia el que uno amenazara en Facebook con borrar de la lista de amigos a todos los que hicieran comentarios ‘jocosos’ del tal Francisco. En fin, o alguno no lee lo que escribe o no practica en carne propia lo de el que esté libre de pecado…
Y mañana concluiremos las jornadas laborales de la semana. Creo que vamos muy deprisa.