viernes, 26 de abril de 2013

Fiesta del árbol (I)

El Campo fue un periódico propagandístico del arbolado y de las prácticas agrícolas, editado por don Antonio Lugo de manera altruista y que salía de los talleres de la Imprenta Orotava, sita en calle Carrera, 24.
Del señor Lugo escribió Tinguaro (Manuel García Pérez), maestro tacorontero y fecundo colaborador periodístico:
Porque ese es el único lucro particular que dicho señor pretende, al dar a luz su simpático periódico El Campo. Y ese lucro, ese interés singularísimo, lo obtendrá seguramente el señor Lugo y Massieu. No habrá nadie que pueda arrebatárselo.
El Campo merece de todas las personas cultas una acogida cariñosísima, y su fundador los plácemes más sinceros.
Dichoso el que puede dedicar parte de su tiempo y su dinero a cosas de tanta importancia y que tanto subliman el alma.
En el número 52, de 01 de marzo de 1929, en las páginas 21 a 32, hallamos:
A continuación tenemos sumo gusto en publicar íntegro el notable discurso pronunciado en dicho acto por el culto maestro nacional e inspirado poeta don José Galán Hernández, alma del festival y uno de los más entusiastas defensores del arbolado del Magisterio canario, al que alentamos sinceramente para que continúe laborando en pro de tan noble causa.
«Hoy celebra el pueblo de Fasnia una de las fiestas que son más demostrativas del afán de progreso y cultura que preocupa a todos los países: afán de adelantos, de innovaciones, de inquietudes por un porvenir, que sean, al mismo tiempo, arrepentimiento por las equivocaciones pasadas y promesa de realizaciones para el futuro.
Esta fiesta presenta, además de las características propias, las de ser la primera de esta clase que se celebra en este pueblo, y las de verse honrada con la asistencia del señor delegado gubernativo y de los señores ingenieros agrónomos así como con la del señor inspector de Primera Enseñanza, a todos los que atentamente saludo.
Igualmente hago extensiva mi salutación a las autoridades locales y al vecindario en general, que, con su asistencia y cooperación al acto, dan la nota de brillantez y civismo, demostrando que se han compenetrado de la capital importancia de esta fiesta, a la que todos debemos coadyuvar con nuestras fuerzas y aptitudes, como amantes del progreso, como ciudadanos y como españoles.
A los compañeros maestros nacionales nada he de decir, pues de sobra saben que cuentan con mi saludo y afección, que compañerismo obliga; y en cuanto al acto, menos; igualmente que yo, están persuadidos de que al cooperar a esta fiesta no hacemos más que cumplir con una obligación moral y material; pues aparte de ser un acto recomendado por una sabia disposición legal, y, por lo tanto, que establece un mandato para todos los funcionarios, para nosotros, para los que nos honramos con tener a nuestro cargo una misión tan elevadísima y difícil como es la de educar e instruir a los niños, la de preparar al ciudadano del mañana para que entre rebosante de entusiasmos, de energías y conocimientos por la puerta de la sociedad futura, constituye esta fiesta algo nuestro, algo completamente ligado a nuestros desvelos profesionales sintetizando: algo comprendido en las materias de enseñanza, en el terreno pedagógico.
Y a los niños, a esos ciudadanos en formación, esperanza de la sociedad actual, a ellos es a quien debería de dirigirme en mi disertación, que por ellos es por quien se hace esta fiesta, principalmente; pero al revestir el acto un carácter distinto del puramente escolar, forzosamente se han de usar términos, se han de exponer conceptos e ideas que no están al alcance de las inteligencias infantiles.
Por eso, si la Fiesta del Árbol se celebra una vez al año, las autoridades locales, con la cooperación de los maestros nacionales y de otras personas que generosamente se presten a ayudar, deben organizar a menudo fiestas en pequeño, paseos, excursiones, conferencias de carácter esencialmente infantil, exclusivamente escolar.
En esas pequeñas fiestas, pueden darse sencillas conferencias a los niños sobre la utilidad del arbolado, o hacerse excursiones a regiones donde abunden los árboles y allí, prácticamente, darles explicaciones, o visitar los lugares donde los niños han plantado arbolitos, para que se encariñen con ellos, para que los amen como obra suya que son. Esto, aparte de las enseñanzas de arboricultura que se pueden aprovechar, al hacer experimentos, limpiando, podando o injertando los mismos árboles que plantaron.
La Fiesta del Árbol va ya imponiéndose hasta en los pueblos más apartados, en los más refractarios hasta hoy a las leyes y corrientes del progreso universal. Precisamente en esos pueblos, en los que la cultura no ha llegado al grado que debiera llegar, es donde más falta hace esta cruzada en pro del arbolado; en donde las corrientes del progreso en todas sus manifestaciones han marcado las huellas de su paso bienhechor, no es tan necesaria la celebración de esta fiesta: que la cultura lleva en sí el convencimiento de la necesidad de defender al árbol, por conveniencia, por estética y hasta si se quiere, por romanticismo, que no todo ha de ser guiado por el materialismo grosero...
(continuará)