martes, 23 de abril de 2013

La Gorvorana, ¿ahora?

Tras unos días de intenso calor, que parece va remitiendo, y que no supuso hándicap alguno para que el catalán Agusti Roc subiera de El Socorro a la cima de El Teide en el mismo tiempo en que yo llego de Los Rodeos a Barcelona (cada uno en el medio de transporte que estima menester), te cuento un par de cosillas de las que uno se entera metiendo la nariz aquí y allá.
Lo primero que me llamó la atención fue el que hayan tenido que dispensar tratamiento psicológico a los osos pandas que habitan la zona china en la que hubo un fuerte terremoto hace unos días. Y me pregunto si no nos estaremos pasando con determinados modismos. Cuando yo estaba en la escuela, el maestro resolvía la mayoría de conflictos y problemas con un buen cogotazo. Medicina que probé en más de una ocasión y aquí estoy para contarlo. Receta que, igualmente, puso en práctica un compañero alférez médico en Hoya Fría ante el supuesto ataque de ansiedad de un recluta. Y escribo supuesto porque al afectado se le quitó la llantina a una velocidad de vértigo. No creo que el optalidón de aquella época hubiera causado una cura tan rápida.
Ya sé que más de uno ya me está calificando de manera generosa. Pero me consuelo pensando que habrá algunos más que piensan, como yo, que hay mucha bobería en la sociedad actual. Y surge el psicólogo como la panacea de todos los quebrantos. ¿O no?
Como antes dije que un par, vamos con la segunda. Los medios de comunicación se hicieron eco de la denuncia que realizó el portavoz (no sé si titular o suplente) de Coalición Canaria en el ayuntamiento realejero, José María González de Chaves, acerca de la lamentable situación en la que se halla la Casona de La Gorvorana. Pretendió esta formación política esconder a Oswaldo Amaro, anterior alcalde durante dos mandatos, amén de otros tantos como concejal, pero les salió el tiro por la culata. No tardó ni quince segundos Adolfo González y Pérez-Siverio para saltarle a la yugular (es un símil), recordándole que echara la vista atrás por si atisbaba en el periodo de ocho años cómo algunos de sus compañeros ‘habitaban’ dependencias conocidas en un edificio de la Avenida de Canarias.
Sería conveniente señalar algo al respecto. E intentaré dejar a un lado razones de tipo sentimental y centrarme en dictados de la razón. Si mal no recuerdo la Casona pasó a ser propiedad municipal allá por 2001, merced a un convenio con los propietarios de la finca. El ayuntamiento se quedaba con las ruinas (sumen la zona de la ermita, El Bosque –que se han cargado asimismo– y el espacio, costado este de la casa, donde hoy se encuentra el parque) y, a cambio, se declaraba suelo urbanizable todo lo que fueron extensas plataneras, y que un servidor regaba en los periodos vacacionales del Colegio San Agustín. ¡Ay, si escribiera mis memorias!
Cuando José Vicente, alcalde en ese tiempo, dio a conocer la buena nueva, le indiqué si tenía un saco de billetes de quinientos euros escondido para poder acometer la reforma del inmueble. Sí, esos que ahora Rubalcaba quiere eliminar para que aflore el dinero negro, como cuando redujo la velocidad en las autopistas a 110 para acabar con los accidentes. El señor González Hernández, más preocupado en esa última etapa de su mandato en empatar su retirada con la jubilación docente, no prestó la más mínima atención. Mientras por un lado se urbanizaba, por el otro se desmoronaba.
De 2003 a 2011 gobernó CC. Y Amaro se limitó a mirar al cielo por si caían los millones prometidos. Mientras, en La Gorvorana, el mirador, el tejado del ‘cuarto de la paja' –la que se comían los animales, por si acaso– la azotea del noreste, la tronja… también se caían a cachos. Pero olvidan los gobernantes actuales que deben asumir idéntica cuota de responsabilidad por el pacto habido en el primer mandato de Oswaldo. No creo que estés olvidado, Manolo, y hayas dejado a Adolfo emitir un comunicado en el que obvia estos cuatro años. El PSOE permanece en silencio porque sabe igualmente que CC solo gobernó en solitario el último periodo de su segunda etapa consistorial. Cuando mandó para el coño, perdón, cuando mandó para el otrora empaquetado de La Gorvorana –la construcción que se cargó todo el patio y la entrada de piedra natural (¿alguien dio los permisos?)– el monumento de la discordia, ese que ahora luce, sin agua (la condenada crisis), en el polígono industrial.
La Casona ya no tienen solución. Es imposible. Se levantarán voces y habrá quejas y lamentos, pero no hay, ni habrá, dinero para remendarla. Está abocada a su desaparición. Que me temo sea de la manera más trágica, como en tantos lugares y épocas pretéritas ha ocurrido. En estos momentos ni siquiera la iniciativa privada será capaz del acondicionamiento para su explotación. No me preguntes de qué. Se me agotaron las ideas y los posibles.
Los que fueron sus últimos propietarios, como el responsable de estas líneas, habitaron aquellas dependencias. Si en aquellos primeros años posteriores a la firma del convenio urbanístico se hubiesen puesto a vivir en la propiedad algunas familias, como se llegó a proponer, al menos se habría mantenido y las visitas indeseables, incluyendo pintores y fogueteros, no fueran protagonistas de nuestra historia.
A esperar el desenlace, no queda otra. Ojalá no tenga la oportunidad de contemplarlo. Lo mismo no sería capaz de controlarme.