martes, 21 de mayo de 2013

Desconchados y exageraciones

Ayer fui a caminar por la mañana. Y me sentí raro. Debo decir que no estoy acostumbrado a transitar a horas tan tempraneras. Tengo miedo de que algún militante del PP me columbre y llegue a la conclusión de que un cuerpo tan serrano como el mío todavía está en perfectas condiciones de currar unos cuantos abriles más. Y como el próximo hachazo será a las pensiones, me hallo en un dilema. Si estoy trabajando tanto o más que antes…
Me puse el pequeño receptor en el bolsillo de la camisa –le tengo dicho a mi mujer que las compre con tal artilugio; pues sí, las compra ella y siempre acierta, ¿qué pasa?–, y lo primero que escuché fue al señor director de seguridad y emergencias –lo del nombre tan largo es para cobrar más– de mi pueblo que respondía a unas preguntas del amigo Pedro Rodríguez en la Cadena Ser. Y entre las respuestas, el que acudieron al baile de magos del pasado fin de semana algo más de veintidós mil personas.
Con qué alegría se cuenta al alza cuando interesa y con qué desfachatez a la baja cuando de una huelga o manifestación se trata, por ejemplo. Siento no tener a mano el estudio que realizó en cierta ocasión el amigo Evaristo, aparejador de profesión. Porque estos medidores de nuevo cuño son capaces de meter en un metro cuadrado a tres parejas de baile de un grupo folclórico y les sobra espacio para trazar las figuras de la malagueña. Como el chiste de los cincuenta mil chinos que juegan al fútbol en una cabina telefónica. Y muy mucho debería cuidarse el señor Marrón en este tipo de afirmaciones cuando aún no ha tenido tiempo para elaborar el famoso plan para el que fue contratado. Hasta ahora solo se le ha visto llevarse las medallas en cuanto ‘evento’ se haya organizado en el pueblo, sin que se reconozca el mérito de los que verdaderamente dan el callo. Y si quieren vuelvo a escribir que con lo que le pagan bien podría haber un par de policías más. Que no acudirían a teles y radios, pero pondrían orden, mero ejemplo, en la Avenida de Canarias, y evitar aquel ‘marrón’ permanente con que nos encontramos al bajar por la susodicha.
Y a continuación, los desconchados. Primero, La Gorvorana, lugar y casona del que todos hablamos y escribimos en esta rabiosa actualidad. Y el que más conoce del tema, el amigo Germán, permanece en prudente silencio. Siete mil son los euros destinados a frenar el incontenible avance de la acción de los desaprensivos (humanos) y desaprensivas (palomas). Poco me parece. Yo viví allí unos veinte años. Y, por favor, no sigan martillando (o martilleando, que tanto monta) nuestros oídos con los frescos de Bonnín, porque si Consuelo (quien también habitara en la zona donde se halla el corredor y que contemplara al joven pintor enfrascado en la faena de poner unos gramos de alegría en los dinteles de las puertas que daban acceso a otras dependencias) levantara la cabeza, se mandaría tremenda carcajada con lo de cubrirlos para protegerlos. Un poco tarde, ¿no? Y perdón, tanto los que ya no están como los que aún respiramos, por atribuirme el sentir de todos los que nos cobijamos entre aquellas gruesas paredes.
Algunas tardes, pocas, me echo a andar por el sendero de la carretera de Icod el Alto. Es precioso y las vistas, de ensueño. Pero los desniveles me matan. Como lo puede hacer cualquier día de estos las planchas metálicas que están sueltas y que requieren, urgentemente, unos puntos de soldadura. A los que por allí pasean les debe importar bien poco qué organismo es el competente para el remiendo. Pero la acción a acometer no aguanta mayor demora. Y como observo a muchas personas mayores (yo casi estoy en ello) que lo utilizan, tome las medidas correctoras el ayuntamiento antes de que aparezca uno en las casas consistoriales con una extremidad inferior (qué fino) afectada por algún desperfecto.
En la caminata que te señalé en el primer párrafo, la de ayer, crucé el punte de  La Higuerita, ese paso peatonal por el que salvas la autopista del Norte a la altura del barrio que vive a caballo entre Puerto de la Cruz y Los Realejos. No te lo recomiendo. Y si tienes unas milésimas apenas de vértigo, te lo prohíbo. Ya lo he comentado en ocasiones anteriores, pero es que también se ha perdido la pintura que te señala el extremo de los escalones, esa negra o roja que se pone en el borde para que calcules el salto de cada paso. Es inconveniente añadido al ‘fondo transparente’. Para qué contarte más. Cuestión sería de que el ayuntamiento invitara al presidente del Parlamento –creo que en aquella época en que se construyó la pasarela era consejero de Obras Públicas– y lo tuviera cruzando durante al menos una hora. Si lo resiste, que lo dejen como está. De lo contrario… me temo que, asimismo, se quede como está. Total, si se cae un rebenque como yo, ya estoy amortizado y una carga menos para la caja (de las pensiones). [La foto es algo antigua, pero me vale].
Cuando regresé y me volví a enganchar en FB, me entero de que el alcalde de SJR había hecho otras jugosas y entretenidas declaraciones en las que puso a caldo de gallina a todos aquellos que no lo votaron, es decir, al 90% de los rambleros. Y aunque todos sabemos cómo son –tan poco explícitos– los comentarios en dicha red social, deduje que solo podía haber ocurrido en cierto medio de comunicación, a este paso, estimados mandatarios, cada vez menos social. El interés informativo que suscita el pueblo aludido raya el “descándalo”, término acuñado por un ex en la correspondiente versión televisiva. Cincuenta visitas más. Hasta dentro de un ratito.