miércoles, 26 de junio de 2013

El pacto

Mariano lo había citado en La Moncloa bien tempranito. Para ello le había hecho llegar un coche oficial de Presidencia que a las siete menos cuarto de la mañana se hallaba debidamente aparcado en Ferraz, número 70, a la espera de que Alfredo bajara de su despacho. Mientras, el conductor, con la gorra calada hasta las cejas y ligeramente inclinada hacia la derecha, sintonizaba la única emisora de radio que tenía programada el Audi blindado: Intereconomía.
Apenas habían transcurrido cuatro minutos y veintisiete segundos, dos corpulentos mozalbetes se sitúan a la entrada del edificio, giran la parte superior del cuerpo humano y hacen un barrido visual de los contornos. El que parece más avispado baja la cabeza y algo debió musitar al disimulado pinganillo, porque instantes después hace acto de presencia el Secretario General Socialista, con un maletín azabache  y una cara de preocupación bien patente. Tras él, otros dos ‘armarios’ cubrían su retaguardia, cuando en realidad con medio bastaba.
Una vez bien depositadas sus ilustres posaderas en el mullido asiento trasero, tras el buenos días de rigor, arranca el vehículo, seguido a distancia prudencial por un discreto Peugeot 206 en el que no sé cómo demonios se acomodaron los cuatro guardaespaldas. Lo que demuestra que se trata de un buen fotingo y lo deberé tener en cuenta para cuando me saque la Primitiva.
Sin hechos dignos de mención –el tráfico madrileño, bastante fluido–, llega Rubalcaba a los dominios de Rajoy, quien le espera con su sonrisa característica en el tercer escalón del acceso al palacio presidencial. Cuando se saludan, el líder socialista (¿?) le advierte que tiene una cagada de pájaro en la pernera derecha de su impecable pantalón.
–¡Coño!, gracias Rubi; es que antes estuve dando el desayuno a unos mirlos huérfanos que tengo al fondo del jardín. Parece que la mirla se marchó con la Merkel tras su última visita.
–¿Y qué? No me tengas más en vilo. ¿Para qué me quieres? Mira que a las diez y ocho (que no dieciocho) tengo que verme con el Pere…
–Nada, hombre, vamos a echarnos un cortado y hablamos unos minutos, que yo también debo encargarle a Sori…
–¿A Josito?
–No, a ese no, que luego va y suelta que nos estamos reuniendo en secreto y nos pone a la altura de Cardona…
–¿Cardona?
–Déjalo, ya te lo contaré en otro momento. Me refiero a Soraya.
–Dos, por favor, señaló el presi al ordenanza que le servía el café en la taza que contenía la cantidad exacta de leche que en cada toma el jefe demandaba.
–A mí tres, que ya bastante amargura tengo desde que me levanto, sugirió el dirigente del PSOE (¿?).
–¿Un purito?
–Jolines, Marianín, que fui velocista en mis años gloriosos de juventud, cuando éramos barbilampiños. ¿Te acuerdas? Pero nos estamos yendo, ¿cuál es el asunto?
–Alfredín, perdona que sea explícito, pero estamos jodidos. Ambos vamos bajando a tal velocidad que o nos ponen una colchoneta de las de salto de pértiga o nos pegamos una hostia de o carallo vintenove.
–¿Y qué me propones o en qué te puedo ser útil? Tú sabes que con tal de salvar a España, soy capaz de agarrarme a un clavo caliente.
–Deja, deja, ya bastante quemados estamos como para que pongas esos ejemplos. Mira, voy a ir al grano. En las próximas elecciones, y no te olvides que las convoca el menda, yo no voy a ganar, pero tú te vas a pegar un estampido más grande que el de Nadal en Wimbledon.
–¿Y?
–Jolines, estás más torpe que yo, y según el CIS eso es grave. Hagamos pactos. Demostremos al pueblo que en los momentos difíciles somos capaces, por el bien de la comunidad, de remar conjuntamente…
–No sigas, por favor. Ese cariño que me demuestras no lo siento ni en mi partido desde que José Luis me dejó a los mandos de la nave…
–Al grano. Sabes que no me gusta estar con rodeos. Y no pongas esa cara de asombro. Hagamos pactos, que eso se lleva. Yo los practico con Aznar, Bárcenas y otros varios centenares y me va, vaya que me va, si parezco Julio Iglesias.
–Sigo sin terminar de cogerte…
–Cállate, habla bajito, que puede estar Soria escuchando y…
–¿Entonces?
–Ya es público y notorio nuestro acuerdo…
–Pantomima, Mariano.
–Da igual. Vamos a Europa de la mano y sellemos el compromiso para 2015. Según las encuestas, el bipartidismo hace aguas, pero tendremos asegurado al menos el 50% del Congreso si formamos gobierno los otrora partidos mayoritarios.
–O sea que desde ahora rubricamos nuestra alianza…
–¿Otra vez? Aquí no uses esa terminología.
–Pero yo no te puedo asegurar nada, porque los míos andan revueltos y lo mismo no llego.
–Bueno, planteado queda. La próxima semana volveremos a hablar con más detenimiento e intentamos concretar. Te dejo que Soria me está esperando. A ver qué ‘mariconada’ me va a contar ahora.
–Hasta luego, Mariano. Pero de fraguar, que el pacto sea generoso. Debo colocar a los descontentos. Ya sabes cómo funciona esto.
–Vale, vale, ya estudiaremos los detalles. Hasta el sábado.
–De acuerdo, entonces. Buenos días.
Un alicaído, cabizbajo y meditabundo (triste, melancólico, abatido, desanimado, decaído, desalentado, descorazonado, aplanado…) Alfredo Pérez Rubalcaba se dirige hacia el coche. Uno de los mayordomos de palacio tuvo que guiarlo hasta la puerta porque se iba derechito para el cuarto de baño…
–¡Qué día (otro) me espera!