jueves, 27 de junio de 2013

La sombra

En el despacho rectangular de la Casa Consistorial algo raro cocíase (úsase más en Canarias el sinónimo guisar, y tradúzcanse ambos por tramar algo a hurtadillas), porque el ir y venir de elementos populares por pasillos y dependencias anexas excedía manifiestamente el cupo de los días considerados normales. Antojábase, incluso, que se escuchaban más voces que cuando el alcalde tenía cualquier reunión con los más allegados para debatir asuntos de especial relevancia: construcción del hipódromo, designar la persona que ice (puede ser Isa o no) la bandera azul en El Socorro, elegir quién presione el interruptor que conecte la iluminación de la variante de Toscal-Longuera…
No, algo raro estaba sucediendo. Los cargos de confianza (bastantes), arremolinados todos en la antesala, se miraban extrañados, sorprendidos y confusos. Y la incertidumbre se había contagiado a las oficinas contiguas por lo que el ambiente hallábase tan tenso que parecía poder cortarse con una podona. De repente:
–Tú me engañas, Adolfo.
La voz de Manolo sonaba bien diferente. Diríase que estaba enfadado, molesto, o séase, cabreado. Y ello suponía un cambio radical en su personalidad. ¿Cómo era posible que una transformación de tal calibre se hubiera o hubiese producido en apenas dos años de tomar las riendas de los asuntos municipales?
–¡Ay, madre mía! –acertó a desembuchar la secretaria particular del primer teniente de alcalde, quien había percibido con nitidez meridiana el órdago de la primera autoridad, que no primer edil.
La otra secretaria, la que siempre estuvo allí, al pie del cañón, desde los tiempos en que la democracia aún no había hecho acto de presencia en el viejo edificio de la Plaza de la Unión, recordó, para sus interiores íntimos de adentro –es decir, no lo puso en conocimiento de toda la concurrencia que tenía en su derredor, ¿o a su alrededor?, y yo qué sé, haz el favor de no distraerme que esto se está poniendo bueno–, una serie de aconteceres que su ya dilatada experiencia habíale permitido acumular en aquel magín extraordinario todo lleno de fechas, números de teléfono y nombres de empresarios a los que se le debía alguna factura. Y rememoró con diáfana transparencia…
Qué gritos los habidos aquí mismo cuando Oswaldo ganó las elecciones –y Vicente las perdió– y tuvo la infeliz ocurrencia de nombrar a José Vicente como gerente de la Mancomunidad del Norte. Qué bocinazos, ¡qué descándalo! (que patentara años después el ínclito ramblero Manolo Reyes). Eso es una traición a los santos mandamientos del partido, tú solo quieres salvar el pellejo y no volver a pisar un aula… Y tal y cual.
Qué enfrentamientos entres los dos gallos, o quíqueres, que hubo en este mismo gallinero, cuando Quico y el citado Oswaldo intentaron al unísono acomodarse en el mismo echadero. Qué cacaridos (canarismo: cacareo fuerte. Alarido, grito de queja o lamento, por aplicación metafórica), qué alborotos… Y Quico se fue al dulce destierro de una Dirección General. Como Alfonso tiempo atrás. Y otros tantos cuyo único mérito había sido, precisamente, alcanzar una meniada en el escrutinio electoral.
–Y yo que te ha hecho, Manolo –acertó a balbucear un desconcertado Adolfo, que no daba crédito a lo que su jefe (insular orgánico y local de la institución pública) le reprochaba.
–No te hagas el zorrito, que a mí no me engañas. Hasta Jesús, ese que escribe en la mierda de blog…
–Sé comedido, alcalde, que cada cual se entretiene en las boberías que estime oportuno.
–Ya estás otra vez con palabras bonitas y haciéndote el niño bueno. Me llegan comentarios cada día de que no pierdes la oportunidad de promocionarte, aun a costa de mi imagen tan bien labrada, y ya la gente te ve como el hado padrino, como el conseguidor. Y el alcalde soy yo, no te olvides.
–No te sulfures y habla bajito. Afuera está la tropa preocupada y sabes que dependen de que nuestras relaciones sean lo más correctas posibles.
–Sí, pero no quiero que me hagas sombra.
–¿No quedamos en las fiestas de La Sombrera –¿te gustó el pregón?–, después de mandarnos los vasos de vino, que ya era el momento adecuado para ir lanzando mi candidatura al ayuntamiento, mientras tú te moverías a otras escalas, a nivel insular (como mínimo)? Recapacita, Manolo, ¿te imaginas tú de presidente del Cabildo, o como presidente del Gobierno, por qué no, y yo como alcalde de este pueblo que tanto amamos y queremos?
–Ya vuelves con ese déjame entrar a llevarme a tu terreno con esa labia que te gastas, pero en el fondo con mala leche; mira que utilizar lo de La Sombrera… ¿No te dije que me molestaba que hasta en Facebook comenten que me haces sombra?
–Yo solo intento cumplir con los cometidos que me delegaste. Quítame unos cuantos.
–Sí, y que tengas más ratos libres para lucirte. ¿Tú crees que yo soy bobo?
–No grites.
–…
–Chicas, parece que se acabó. Cada una a su puesto. Aparenten normalidad, que nos va el sueldo.
–¿Qué hacen todas aquí? –preguntó Noelia–, ¿está el señor alcalde?
–Sí –le contestaron al alimón–, está reunido con Adolfo.
–Vendré luego, entonces.
–Sí, mejor.
Fin del capítulo I. ¿El II? I don´t know, que para algo me apunté en los talleres de inmersión ligüística. Los acontecimientos lo dirán. ¿Ficticio? ¡Ah!