lunes, 24 de junio de 2013

Llegó la hora

Llevan sermoneándonos, sobre todo (que no sobretodo) los del PP, bastantes años. Esa melodía monocorde que nos ha zumbado los oídos y cuya letra, en las cuatro frases estereotipadas, siempre contenía la tan odiada ‘crisis’. Y en todo ese tiempo, mucho más de un lustro, siempre fueron los ciudadanos no dedicados a la política los que sufrían los embates de los viernes. Se llevaron la palma los funcionarios, pero no se quedaron atrás los miembros de ese conglomerado importante llamado clase media. Quedaban excluidos del sacrificio los que ya lo pasaban mal en épocas de bonanza y los que estaban por arriba del bien y del mal. Entre estos últimos, banqueros y políticos.
Hace unos instantes apenas doña Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno y chica para todo, ha creído conveniente declarar solemnemente que “ha llegado la hora del sacrificio de los políticos”. O lo que es lo mismo, ha reconocido públicamente que hasta ahora mismo han venido haciendo lo que les ha salido del forro, explotando la crisis y, lo que es peor, viviendo de la crisis.
Hemos elaborado un plan (como los de Paulino) por el que pasaremos la pelota al resto de instituciones públicas, y como ellos, obviamente, nos van a contestar que ‘y una mierda’, todo seguirá igual, pero hemos hecho el paripé ante una sociedad de gilipollas y sumisos borreguitos.
Tras el anuncio –con risas a mandíbula batiente de la susodicha y don Cristóbal, el de los tics faciales– del pasado viernes, una vez concluida la reunión del Consejo de Ministros, han reunido a los suyos, les han entregado el tocho –que nadie leerá, porque no hay bicho viviente que se meta eso entre pecho y espalda– y absolutamente todos pensaron por lo bajini: Qué lista nuestra jefa, de cara a la galería hemos quedado de pe de la eme, pero no pretenderá que nuestros hijos, allegados y parientes más cercanos pasen por el difícil trance de los brutales ajustes (recortes) que ha soportado el populacho. Claro que no. Además, cada Autonomía, cada Diputación, cada Cabildo (también había canarios en el cónclave), cada Ayuntamiento, en consonancia con sus propias normas de funcionamiento, se pasarán las recomendaciones por el arco del triunfo y bendito sea el cambio para que todo siga igual. Y lo han cuantificado, que es buena fórmula de llamarnos imbéciles con la cantidad que están despilfarrando.
¡Ay!, Sorayita, cuánto te queremos, cuánto apreciamos esa sonrisa burlona con la que entras a la sala de prensa, cuánto estimamos esos piropos que lanzas a Montoro cuando le susurras que jamás equivoca sus apreciaciones numéricas. Ahora que lo tienen todo copado (hasta el Tribunal Constitucional), nos vienes con estas montadas. Quién te va a creer, angelito. Además, un lego como yo se atreve a vaticinar que ese paquete (bien les gusta la palabreja) de medidas no va a suprimir cargo alguno político (llámalo concejal, consejero o como prefieras), ni todo ese conglomerado que se han montado en cualquier consistorio, por muy pequeño que sea. No los tiros no van por ahí. Con la pretendida reforma de las administraciones solo conseguirán incrementar la lista del paro, porque la obsesión se llama ataque funcionarial. No contentos con los hachazos  sus sueldos, ahora van directamente a por ellos.
Lanzo una propuesta a los populares tinerfeños. Que personalizo en la figura de su presidente insular, y alcalde de mi pueblo. Ya estás tardando, Manolo, en publicar –algo que te encanta porque ante cualquier ‘bobería’ ya nos estás intentando vender la moto– cuál va a ser la reducción que piensas acometer en el organigrama municipal. Te doy ideas:
Sobran concejales liberados, máxime cuando todos los servicios municipales están concentrados en las empresas públicas. Y encargados (ahí meto a dichos ediles) existen más que operarios (digno ejemplo, por cierto, de la visión que tiene el ciudadano del respeto a los dineros públicos: uno trabaja y ocho miran). La canción de que estando al pie del cañón vale para que vengan millones de otras administraciones, ya suena a disco rayado. Si el ayuntamiento gravita sobre los hombros de Adolfo y de usted mismo, las marionetas para los festejos populares.
Sobra ese entramado que gira en torno a los mentados en el apartado anterior. Me dijo en cierta ocasión que iba a poner a una funcionaria como secretaria particular de la alcaldía (algo que cumplió) para racionalizar el gasto, pero después tuvo que contentar a demasiado estómago agradecido y pululan por pasillos y despachos más seres vivientes extraños que los que forman parte del personal de plantilla.
Sobran muchas más facetas que son completamente innecesarias y que solo han conducido a llenar los edificios consistoriales con tutores (por no escribir comisarios), que han desembocado en situaciones tan esperpénticas como las de no saber a qué atenerse el funcionario en su quehacer diario. Y cuando llegan estas propuestas de reforma, los culpables son los que han estado currando décadas en las oficinas municipales, mientras los advenedizos, y sus cohortes de satélites, seguirán campando a sus anchas por el mero hecho de ser afiliado de la agrupación.
En fin, da para mucho más, pero esbozado queda. No moverán un dedo. La vaca lechera requiere mimos y carantoñas. Al final, cuando la cuerda se rompa, escucharemos una vez más la melodía aludida al inicio del post. Cuánto privilegio hemos disfrutado aquellos que ganamos nuestros sueldos de la hucha de los dineros públicos. Ustedes, los sacrificados –qué ironía– tienen acceso igualmente a esa caja del turrón y, como es legal, a otros sobresueldos para compensar tanta abnegación.
Si a los electores nos diera por cambiar, el milagro consistiría en tener que habituarnos a nuevas caras, porque el tinglado permanecería. El cambio que siempre se esgrime no va por ahí. Qué ganas tengo de que una fuerza política lance un órdago en tal sentido y nos convenza con un verdadero plan de austeridad. Y que sea capaz de llevarlo a la práctica, por supuesto.
Por mucho que haya cambiado la situación (en demasiados aspectos a peor), me sigo preguntando cómo sobrevivieron las corporaciones de los años ochenta del pasado siglo. Con unas cuantas máquinas de escribir y generosas dosis de ilusión y voluntad. Hasta la memoria histórica ha quedado relegada a papeles. Demasiado fácil, y cómodo, ser en la actualidad cargo público. Tanto que lo puede hacer, y ser, cualquiera. Y como nosotros lo hemos permitido, y lo seguimos haciendo, la mediocridad se ha instalado… ¿Para qué seguir?
Hoy en Día de San Juan. Felicidades a todos ellos. Y ellas (vaya mariconada).