viernes, 21 de junio de 2013

Menudo chollo

No me refiero a ese portentoso invento de la tele canaria por el que tiene entretenidas a las noveleras de turno en las tardes supuestamente laborables. Qué antiguo me estoy volviendo. Y mientras los presentadores sostienen que se trata de una campaña para reactivar la decaída economía –como el trescientos noventa y cinco plan de empleo del presidente–, yo me apuesto –vaya manía me ha entrado por aventurarme con 50 céntimos– la cantidad estipulada que a los mandamases del susodicho programa lo que realmente les importa es ganar audiencias. Y como nos gusta saludar en riguroso directo y mostrar nuestra mejor sonrisa en abierto… vamos todas como locas que lo dan por la tele.
No, van los tiros por otro lado bien diferente. Una discoteca alicantina ha tenido la infeliz ocurrencia de ofrecer una copa gratis por cada suspenso que muestre el estudiante (?) en su boletín de calificaciones. Original idea para luchar contra el fracaso escolar. Como nos hallamos en tiempo de entrega de notas finales, ya me imagino lo contentos que estarán todos aquellos que no dieron gongo durante el curso. Cogerán su papelito, cuantos más insuficientes, mucho mejor, se lo restregarán por los bezos a los que se esforzaron e intentaron cumplir con la obligación contraída, y saldrán a toda mecha en busca de las consumiciones. Todas suspendidas equivaldrá a coger una merluza de las que hacen época. Otro adepto de la cofradía de los borrachos conocidos. Que ya habrá lugar, con el paso del tiempo, para formar parte de la de alcohólicos anónimos. Eso será cuando haya cogido un fisco de vergüenza.
En estos patéticos casos, con tan dignos modelos y ejemplos, las autoridades de todo tipo –también la fiscalía, por supuesto– seguirán velando por los sagrados intereses de la infanta. Hoy va todo con minúscula. Y como lo peor ya ha pasado –hasta el Banco de España se ha sumado a la buena nueva–, no tardaremos demasiado para volver a embarcarnos en mayores despropósitos. Como cuando se abandonaban los institutos para ir a ganar mucho dinero al Sur –con el torso descubierto para ponerse moreno de paso–, bastante más que el que percibía el abnegado profesor, que, a decir del desertor, seguía haciendo el gilipollas entre las cuatro paredes del aula.
Dicen que la crisis ha obligado al retorno. Sobre todo a los ciclos de la Formación Profesional. Y que las matrículas se han desbordado. Claro, no era cuestión de que los vendedores de ‘altas graduaciones’ dejaran pasar la oportunidad que se les brindaba. Y ahí está ese portento en Alicante. Que me hizo recordar cierto hecho real –que no anécdota– acaecido en un centro docente de este pueblo de Los Realejos. Fue, asimismo, en esta época de fin de curso y te la cuento:
Cierto alumno, por decir algo, de los primeros cursos de la ESO (para no concretar que era de segundo), tras un exitoso periplo de diez meses por pasillos, cuartos de baño, patio de recreo, despachos de la dirección y jefatura de estudios, amén de la totalidad de tutorías, recibió el correspondiente premio en forma de un suspenso global (todas las áreas). Cuando acude el padre del angelito a recoger aquel esplendoroso regalo, armó la de Dios en Cristo (con mayúscula y dedicado al nuevo plan de educación y al mismísimo Wert). No sé en qué mundo vivía el progenitor (del angelito), ni si fue consciente a lo largo del curso de la cantidad de veces que se le llamó o de si tuvo en su poder, al menos, las calificaciones de las evaluaciones parciales que les fueron enviadas. Firmadas volvían al centro.
Tras las desavenencias de rigor, el culpar a todo bicho viviente que pasara por su imaginación, y el remate con el clásico “yo te mato”, se fueron apaciguando los ánimos y reconduciendo la situación. Hasta que en cierto instante del melodrama al chaval no se le ocurre mejor salida que solicitarle al padre que le compre una moto, con la promesa de que su actitud iba a cambiar radicalmente y se pondría a estudiar como el mejor de los alumnos aventajados.
Concluye la reunión en el IES, viene el periodo vacacional, y a la vuelta, en los primeros días de septiembre, se nos presenta nuestro protagonista a examinarse medio cojo, y tras dejar mal aparcada, para variar, el objeto de su deseo: la moto. A la que, por las averiguaciones de rigor, había dado tres o cuatro estampidos en los meses de julio y agosto durante sus excursiones playeras y a fiestas varias, que el estío se presta para tales jolgorios.
El éxito obtenido en esta convocatoria te lo puedes imaginar: ni una. Fue tanto lo que estudió en el curso siguiente que en noviembre se le perdió la pista al mozalbete y nunca más se supo. Bueno, de entrada, porque unas semanas después llegó la solicitud de traslado de matrícula a un instituto sureño, que jamás debió pisar el aventajado. Y es que el chollo de un padre así –desconozco la situación más reciente– era bastante frecuente. Lo de la motocicleta y otros artilugios fue moneda de cambio habitual para que ciertos padres (que de tal solo tenían el hecho de haber procreado y para eso no es menester cursillo alguno) se quitaran de encima problemas añadidos de una vida de sacrificios y problemas.
No me extraña, pues, lo de la discoteca. Música de tal calibre hemos gozado aquellos que estuvimos décadas en el gremio. Y no te creas tú que ni siquiera nos queda el consuelo de los alumnos que aprueban, porque tal circunstancia es mérito exclusivo de sus mentes prodigiosas, a decir del tipo de padres restante. La nuestra es una profesión de inmensas satisfacciones. ¿O era? Menudo chollo.