viernes, 19 de julio de 2013

Las conjuras del Penitente

No transcurría por idílicos derroteros aquella reunión en el despacho de la alcaldía portuense. La convocatoria, al menos en esos primeros veinticinco minutos, no respondía al interés que la primera autoridad municipal había pergeñado cuando dictaba las instrucciones precisas a su secretaria acerca de cómo debía contactar con los que ahora se hallaban sentados ante él. Algo estrechos, pues hubo que trasladar cuatro sillas de la antesala para que la totalidad de la concurrencia contara con un espacio en el que depositar sus anatomías. Algunas bastante abultadas, por cierto. El cierre de las dos ventanas exteriores, por temor a las filtraciones –y no por las humedades propias de la zona– que en El Puerto podían correr como la pólvora, provocaba ya la clásica sensación de agobio del Salón Noble durante las tediosas sesiones plenarias o las lecturas de pregones, amenos pero un pelín extensos.
–Qué me importa a mí que Isaac y Ricardo hayan decidido marcharse…
–Pero Marcos, razona –insistía Sandra, casi arrojando la toalla–. No te das cuenta de que la situación es bastante complicada. Fíjate que en El Realejo ya se les fue de las manos y el enfrentamiento está en los medios de comunicación, en la calle.
–¿Y qué quieren? ¿Tirarme por El Penitente a la marea? Háganlo y verán que se llevan una sorpresa.
–No te entiendo. Además, nadie pretende marginarte…
–No, qué va; no se te nota nada. Una vez aparcado yo, el camino lo hallarás expedito. Pero resistiré como si en ello me fuera el sueldo; perdón, la vida. Y si quieren tirarme…
–¡Otra vez! Tú no estás hoy muy católico. ¿Viste anoche El chanchullo?
–¿Y a qué viene eso ahora, a cuento de qué? Claro, como tienen a Lope de protector, después de lo que yo he hecho y he cedido ante peticiones inverosímiles, ya les estorbo. Otros que también quieren tirarme. Y no sería la primera vez, que yo llevo mucho tiempo y sé mucho de las historias, dimes y diretes de este pueblo marinero.
–Por eso, Marcos, por eso. Y la gente ya está cansada. Pero me tienes intrigada con la insistencia de arrojarte al mar, parece que lo deseas.
Ledesma, Luismi y Lope, en representación de los populares portuenses-realejeros, se miraban extrañados ante aquel cruce dialéctico entre sus socios gubernamentales. El resto de ediles nacionalistas tampoco abría la boca. Bueno, uno sí, cuyo nombre no estoy autorizado a desvelar, pero fue para bostezar. Sin ruido de acompañamiento, menos mal.
–Esto no es un problema del equipo de gobierno –se atrevió a manifestar Sebastián– sino que lo intuyo como una cuestión de sucesión entre ustedes. Y está muy mal que debatan sus diferencias delante de nosotros. Deberían tomarnos como modelo de cierre de filas en torno a nuestro jefe supremo…
–Cállate, que también estás bonito con el follón que me armas con el muro de San Telmo. Que hasta Melecio está peleado conmigo. Y el otro que me tiene frito con tanto gasto de teléfono. Y tú no te rías –se dirigía a Lope Afonso–, que los concursitos de belleza que patrocinas no los ven ni los familiares de las candidatas. Bueno, y de los candidatos, que este mundo ya no hay quién lo entienda y cada vez se parece más a un mariposario. Como el de Icod está cerrado…
–Modérate un fisco, Marcos –la voz de Marrero salía de su garganta en un tono menor parecido al de ciertos pasajes del Ave María de Chago Melián–. Como lo estamos mezclando todo, mejor sería que lo dejáramos y nos reuniéramos por separado…
–No, no y no. Si estamos aquí, hoy me van a escuchar. Llevo en esto desde los años setenta y nadie me va a enseñar cómo debo llevar los temas. Y me iré cuando a mí me dé la gana, ni un segundo antes. Después, puede ser.
En un instante en el que Brito bajó la cabeza, juntó sus manos sobre los botones de la camisa y pareció entrar en uno de sus tantos momentos de embeleso, los unos y los otros cruzaron miradas y parecieron ver esfumadas sus esperanzas de conjura.
–Si al menos estuviera aquí Carlos Alonso –pensó Sandra.
Cuando el pulgar de la mano derecha se encontró con el índice de la mano izquierda en su movimiento giratorio circular número cincuenta y cinco, Marcos, sin que se sepa si por un pronto o por un despertar unas milésimas de segundo antes de lo previsto, recita de carrerilla:
–Un cuerpo total o parcialmente sumergido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja. Ajá, el principio hidrostático de Arquímedes. Yo soy de Historia, pero guardo celosamente en mi exquisita memoria aquellos hechos físicos que he podido experimentar a lo largo de mis ya dilatados años en la Playa Chica de Punta Brava. Sí, antes de que Manrique pisara la ciudad por primera vez. Tírenme, voy a flotar, ji, ji, ji, ja.
Tal y como arrancó debió parársele el motor. Diríase que se quedó sin combustible. Y volvió a ausentarse otro buen rato. Ledesma aprovechó la coyuntura favorable y le dio un ligero y sutil toquito (como cuando jugaba en el Cruz Santa) con su pie derecho a Rodríguez. Este repitió la jugada, pero al no poseer la habilidad de aquel (en lo que a fútbol se refiere, que diría el enterado, porque en otros menesteres era alumno aventajado: manejar los pulgares, mero ejemplo) se equivocó y le pegó una patada al somnoliento en el mismísimo tobillo derecho del pie derecho, quien, ipso facto, algo impropio por sus características físicas propias de él mismo y que a la vista saltan, da increíble salto y queda de pie derecho, justo dos palmos debajo de la lámpara. Le echa una visual a la concurrencia, se pone la chaqueta y se marcha sin despedirse siquiera. Te puedes imaginar la cara que se les quedó a los asistentes.
–Habrá que cambiar de táctica –pensaron todos al unísono. Y sin mediar palabra alguna arrancaron la caña igualmente.
Cuatro de ellos tuvieron la misma idea porque a los cinco minutos se hallaban en una mesa del Dinámico echándose un leche y leche.
–Corran, algo pasa en el muelle que hay una movida parecida a la embarcación de la Virgen Chiquita –casi les gritaba un policía local que salió detrás de la ñamera, mientras salía disparado hacia la zona del chorro, allí por donde bañan las cabras.
Efectivamente, una muchedumbre se había congregado en los alrededores. Abajo, con el auxilio de la pleamar, Marcos Brito, alcalde de la ciudad de (o del) Puerto de la Cruz, luciendo las orondas carnes que aquellos calzoncillos de pata dejaban fuera de sus dominios, flotaba de manera plácida en las tranquilas aguas de la ensenada, a la vez que a voz en grito recitaba sin trabucarse:
–Un cuerpo… experimenta un empuje… Floto, floto y floto. Y aunque a esto lo llamen hacer el muerto, a mí no me hunde nadie. Pues no tengo aguante yo, ji, ji, ji, ja.